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Afrodita

Afrodita y la topografía del Deseo

En el corazón de la experiencia humana, entre el susurro de las olas que la vieron nacer y las armas de seducción y cortejo del mundo adulto, se encuentra Afrodita. Muchas veces el desconocimiento nos hace difícil dilucidar cuál es la deidad del amor: ¿Afrodita o Eros? En esta serie hemos intentado dar respuesta a esa y otras preguntas sobre el deseo, la belleza, el enamoramiento a través del séquito de la diosa y las historias en las que se ha involucrado. Conceptos, deidades y figuras que orbitan alrededor de su esencia.

Anteriormente habíamos hablado de las celebraciones de carácter social en honor a la diosa, las Afrodisias.
Dentro del culto, dioses como los Erotes, Eros, AnterosHímero, HedilogosPeito y Potos explican los distintos aspectos de un misterio eterno, el amor y la pasión. 

Como cada mes dedicado a una deidad dodecateísta, arrancamos con la luna llena, esta vez celebrando el plenilunio de Afrodita, donde se iluminan los altares caseros. Como principio fundamental, el amor es una fuerza que fluye lejos del caos, en ciclos reconocibles, digna de celebración en la vida cívica. Así es como existe hasta una forma institucionalizada, más allá del amor, con la leyenda de Himeneodios de las ceremonias nupciales, para formar los enlaces y auspiciarlos. 

Este orden cósmico se refuerza con las Horas -Eunomía, Dike, Irene- séquito primordial que vistió a Afrodita al nacer, ordenando socialmente el impulso erótico con Armonía, Justicia y Paz. Complementando esta comitiva, tenemos a las Cárites -Aglaya, Eufrósine, Talía-, dispensadoras del favor divino que hace la vida no solo posible, sino grata, bella y festiva. 

La misma biografía de Afrodita no está exenta de pasiones y desencuentros sorprendentes. Desde su matrimonio con Hefesto, pasando por sus escarceos con Ares, y el nacimiento de Harmonía; hasta su relación con Hermes y el fruto de la misma, Hermafrodito

La propia Afrodita desciende entre los mortales para unirse al pastor troyano Anquises, un acto de hieros gamos que engendra a Eneas, el héroe cuyo destino será fundar un linaje imperecedero: el origen de Roma. También tuvo una acalorada relación con Faón.

Intercede también para doblegar a los corazones más duros ante Hipómenes ayudando al joven a vencer a la voluntad férrea de la cazadora Atalanta. Con Pigmalión explora el deseo dirigido hacia la creación humana. Aquí, el anhelo del artista por su ideal de belleza se vuelve tan poderoso que convoca su intervención, transformando el arte en vida y consumando el deseo en un acto de divina complicidad.

Pero Afrodita no solo dispensa bendiciones; también puede desatar tormentas. El incesto de Mirra se adentra en la tragedia, donde un deseo prohibido y punitivo -el de Mirra por su padre, Cíniras- genera a Adonis, el joven destinado a convertirse en objeto de la disputa eterna entre Afrodita y Perséfone -las Adonias-. Revelando el lado oscuro y cíclico de la pasión, su vínculo inextricable con la pérdida y el duelo.

Otra represalia flagrante surgió a raíz de la fama de Psique que no fue una bendición. Los devotos comenzaron a desviar su adoración de los altares de Afrodita hacia la joven mortal, profanando los templos de la diosa. Finalmente se alcanza alegoría máxima: el alma humana -Psique-, purificada por el sufrimiento y la muerte, conquista al mismo Amor -Eros- y alcanza lo divino. 

Tal vez todo este corpus tan extenso y complejo nos ayuda a entender porqué el enamoramiento en la Antigua Grecia no era recibido con las puertas abiertas. La fidelidad y el compromiso se entendían probablemente de otra manera entre los matrimonios concertados y una homosexualidad femenina que carecía de reconocimiento. Muchos matrimonios estaban orientados a enlazar familias y procrear, mientras la pasión se escapaba por los tejados.

Culturalmente y espiritualmente, el mundo conoció muchas Afroditas, muchos hechizos de amor y movilizó muchas vidas. Pero aún con otros nombres, Afrodita es la energía fundamental que teje conexiones, inspira creación, provoca conflicto y, en última instancia, conquista y mueve el mundo. Leer esta serie es entender que, para los antiguos, el deseo era una topografía sagrada, y Afrodita, su soberana cartógrafa.

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