Pasé una hora abrazándote, susurrándote al oído mis temores y deseos, mis pasiones y delirios. Mientras dormías profundo, compartí todo mi mundo, confesiones que he admitido. Estuve toda la noche, despierto y agradecido. A tu valentía de estar, le di un sincero cumplido. A tus ganas de quererme, las llené de besos tibios. Era ya la madrugada, y trinó una golondrina de envidia al ver nuestro nido. Puede que durmiera poco, si es que algo había dormido. Tal vez fue solo un ensueño al que el cansancio ha cedido, pero estaba amaneciendo, y yo, feliz, bendecido.