I. El buen anfitrión Volvimos del mercado con los frutos de la tierra, el pan aún tibio y el vino -o los zumos- recién prensados. La mesa está dispuesta con cuidado, las copas aguardan el primer brindis y el fuego del hogar arde con una constancia que parece antigua, casi eterna. Nuestro invitado está por llegar. Puede ser un conocido o un viajero errante; poco importa: esta noche, su destino es nuestra casa. Las almohadas mullidas, las sábanas tendidas con esmero, la limpieza de cada rincón no son simples gestos domésticos, sino una ofrenda silenciosa a Hestia , guardiana serena del hogar. Su presencia, invisible y firme, sostiene lo que somos aquí dentro; sin ella, estas paredes no serían más que piedra. Como recuerda Hesíodo , Hestia ocupa el primer y el último lugar en toda libación: preside el inicio y bendice la despedida. Tras la comida y la bebida, dejaremos que la conversación acompañe el postre. Porque la hospitalidad no es solo un deber: es un reflejo del orden sagrado....