Helios: Solsticio de verano


Desnúdate. Deja que Helios descubra tu cuerpo y siente su rigor. Desde lo alto del monte, la brisa es aún fresca sobre el Mediterráneo y aliviará la inclemencia de sus rayos.

Es un mediodía de adoración. Haz una ligera muestra de tu devoción hacia la potencia de Helios a la hora elegida en este solsticio, dedícale una canción o una construcción, manifiesta con tu minúscula existencia el hecho de que comprendes ante lo que estás presente.

Varias religiones lo han adorado con distintos nombres, pero tú, desde lo alto, sabes que ello no altera en absoluto el hecho de que estás ante una de las mayores fuerzas que conoce tu pequeño planeta. La fuerza de todas las fuerzas: Helio. 

Un dios inclemente, eterno -comparado con tu minúscula existencia-, incombustible. No necesitas fe para entender que el solsticio es un momento mágico. Abre los ojos. Mira a tu alrededor. Ciérralos y siéntelo en tu piel. Con esa acción celebras el origen del Helenismo y el día 1 de muchos calendarios ya desaparecidos. 

Tú ya lo sabes, nada de lo que conoces existiría sin el Sol, sin su luz. En la más absoluta oscuridad, reina la nada. Deja que un poco de su potencia desnude tu condición de mortal. Extiende tus brazos, ahora comprendes porqué tantos soñaron tomarlo con dos manos.  

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Apolo, un dios con CV


 Ἀπόλλων no es el dios del Sol, tampoco lo era para los helenos. Apolo representa la peste, la plaga y la epidemia, pero también la creación y la vida. Es una antítesis y como toda entidad compleja, con el paso del tiempo cobró cada vez más significado hasta que, hacia comienzos del I milenio, acabó acaparando la figura de Helio, el dios del sol.


Es curioso porque hay, en el panteón, figuras que representan las mismas fuerzas que Apolo encarna. Para ser tutor de las Artes, están las Musas; para ser dios de la salud, tenemos a Asclepio; para dios de la destrucción, está Hades.
  

La novedad es que Apolo es el dios oracular por excelencia y el dios de la armonía. Y es que hay en el ciclo de creación y destrucción una evidente armonía de fuerzas -que en el 98% de las veces se salda con la extinción- evolutivas.

Apolo tiene un origen que dista de poder considerarlo “el más griego de los dioses”, hay referencias bíblicas que lo identifican con el demonio o con otras deidades de Medio Oriente.


Aunque sólo sea una aproximación sin base científica, intentemos devolverle, como a otros Olímpicos, su aspecto original.

Padre de Asclepio, Apolo es el dios de la curación. En sus manos la vida se debate entre la sanación y la destrucción.

 También es el dios de la adivinación por antonomasia. El dios oracular que acerca el futuro a los ciegos ojos de la humanidad.

Y por último, está en la naturaleza de todo lo constructivo que hacemos: en la belleza que engendramos, en la armonía que conseguimos, apadrinando los pasos hacia la luz, alejando la muerte y la destrucción. Apolo es un camino de luz, pero no es el dios del sol. En la semana próxima celebraremos a Helio.  


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Lux Æterna


Muchísimas semanas, todos estos meses, esperando el retorno del calor y, finalmente, sobre la arena de la playa un sol abrasador trepa por nuestros hombros desnudos.
Los días de abrigo sobre abrigo han acabado, en su lugar se alzan plazas y jardines de perfumes y colores. El azul océano del cielo se ve interrumpido por ráfagas de vuelos y trinos. No es tiempo de paz pero, al menos, es primavera.
La silenciosa serenidad del frío, el rigor invernal de aquellas noches de Hécate ha dado paso a un enjambre de noctámbulos, carcajadas ebrias, cantos y gritos. Ha encendido las discos de bullicio y baile. Toda una ciudad transformada y viva, que invita a los turistas a disfrutar de las terrazas.
Las mesas se coronan de tragos y cualquier mezcla vale con tal de chispear las miradas y explorar los escotes. ¡Qué placer soltar prenda en estas noches húmedas! ¡Aflojar la venda de nuestra moral recalcitrante! Y por la madrugada, vistiendo colores y claros, descubrirse frente a los otros. "En el calor de un momento así, te atreves a decir, que hay mucho más dentro de ti aún por descubrir".

Es la soberbia de Apolo, la eterna juventud del dios solar incombustible corona el mes de Junio. El momento es único y ha llegado. La mayor responsabilidad, por una vez, es disfrutar plenamente de la vida. La única obligación: no aburrirte. El hedonismo y la lírica del placer hace nido en Europa: que haga corrillo quien crea que no es tarde para pensar de este modo.
Las fiestas solares, al contrario de lo que pueda pensarse, celebran cosas que no nacen y mueren en una misma jornada. La noche de San Juan o el solsticio de verano la oportunidad de pecar sin culpa; de ser frívolo, arrogante, descarado, en definitiva, de tomarte las cosas con más liviandad sin que nadie salga dañado como en "Sueño de una noche de verano". Y lo único horrible es no saber ni poder disfrutarlo.

Antes que Apolo vuelva sobre sus pasos, encuentra tu propio modo de sentirte mejor sin hacer sentir mal a nadie. Todo intento es válido. Que sea la realidad la que marque los límites, no tu mente.

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Plenilunio de Hermes


La noche de Hermes del año es, sin duda, la noche más singular por el carácter materialista que pueden tener ciertas ofrendas. No nos referimos al incienso, ni a las velas doradas típicas de esta noche, sino a los ruegos. 

Afirman que Hermes es el dios más cercano de todo el Olimpo al género humano. De ahí que, esta noche, las súplicas y las notitas lleven escondidas frases pidiendo ganancias materiales y trabajo, agradeciendo los bienes disfrutados. Todos caminos que distan de la espiritualidad que se le atribuye a otras celebraciones. Es el conjuro a Hermes Erionios. 

A lo largo de los últimos artículos, hemos dejado en evidencia la naturaleza de Hermes como el dios-diosa que está detrás de cada puerta, de cada cambio, de cada transformación y en la entrada y salida de las dimensiones más trascendentales: la vida y la muerte. 

Pero también Έρμῆς es lo más mundano, lo más cercano y también lo más necesario. Es el Dios del trabajo, padrino de los viajes, presencia en cada pequeña mejora... una oportunidad irrepetible para alzar un ruego al cielo ante sus múltiples dones. 

Es curioso que un dios olímpico que hace referencia a un aspecto inmaterial de nuestras vidas, que no representa ni al mar ni a la lluvia, sea el receptor de las peticiones más mundanas. 

Durante unos cuantos meses estuvimos cultivando una ofrenda de Mercurialis perennis para que esta noche arda en nuestro pequeño altar. Dando comienzo a una noche mágica, pero sin la solemnidad de otros plenilunios. La noche de los deseos y los pedigüeños.

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Etálides: la puerta a Oriente


Cuenta Apolonio de Rodas que Hermes tuvo un hijo a quien le confió una vara de mágicos poderes: Etálides. Gracias a ella, por más que pisaba el Hades, las aguas de Lete no lo hacían olvidar y tenía, además de vivir estancias entre muertos y vivos, la maravillosa capacidad de recordar imperecederamente cada momento… y cada vida.

Etálides es, para el Helenismo, una puerta a la reencarnación. Pues es el único que, siendo mortal, recordaba cada muerte y cada vida como una sucesión. 


No es la única puerta que mira a Oriente. Recordemos que Dionisio pasa un período de su transformación en la India lo suficientemente extenso como para ser considerado un “dios extranjero” para el panteonismo, pero no sobrevive una evidencia firme que permita reconocer en Él el culto de Oriente.


Etálides sí que, en cambio, nos lleva al Este. Si pensamos en la triología Zeus-Poseidón-Hades, el mundo se dividió en tres dominios claros: el cielo, el inframundo y el mar. En un mismo período histórico el Rigveda postulaba a Indra-Agni-Soma como dioses del cielo, el fuego y la luna respectivamente.


El budismo también discurre con cierto paralelismo al panteísmo griego. Esta conexión no es arbitraria ni imaginada, el grecobudismo fue un producto histórico de ocho siglos de vida y se extendió por extensas zonas de Asia central. 


Evidentemente, el hinduismo traza similitudes extraordinarias -sobre todo antes de ser abrazado por la corriente Upanishad- con el Helenismo. La simbología de Zeus y la de Indra transcurren paralelas. Ambos son el Señor de los Cielos, ambos son representados por el águila, ambos beben un néctar que los fortalece, ambrosía o soma. Y, para volver al comienzo, ambos tienen como hijo a un mensajero Hermes/Sarma.


Lógicamente la religión comparada es mucho compleja y laboriosa de analizar que lo que estos párrafos pretenden, pero nuestra intención es únicamente anunciar una puerta de embarque de Hellás a Bhārat.


El hinduismo sufrió una enorme transformación filosófica con los Upanishads que probablemente el helenismo también hubiera alcanzado de haber sobrevivido lo suficiente como para adentrarse en la ahimsa -no violencia- de no haber sufrido un sometimiento militar tan basto por parte de sus vecinos.


Pero no ocurrió: el final del helenismo sentenciado por Constantino hasta su completa prohibición en manos de Justiniano, permanece bien documentado. El final lo trazó una cruz. Pero, como Etálides, siempre hay un nuevo comienzo.


Los orígenes de la religión que profesaría la Grecia clásica, nos conectan con Oriente.

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