Fordicidia


En la última fiesta en honor a Deméter enseñamos nuestra gratitud sacrificando una vaca. Para ello, rellenamos de dulces -gominolas, cacahuetes cubiertos de chocolate, mini-barritas y caramelos) una vaca de cerámica. Se la(s) ofrendaremos a nuestros seres más cercanos con el objetivo de que ellos la estrellen y accedan gustosos al contenido. Es de cautos envolver el contenido en una bolsa para que los pequeños trozos de cerámica no queden adheridos al chocolate.

El dulce sacrificio se vive con alegría en nuestro entorno y da fin a la Fordicidia. La vaca cerámica representa las reses preñada que en la antigüedad se solían sacrificar en honor a la antigua diosa de la fertilidad romana. La similitud entre Tellus y “la de la inmensa corona” nos parece establecer un paralelismo lógico. 

Es una fiesta que coincide astronomicamente con la celebración del punto de intersección del tránsito solar en el analema. Sin duda, el ciclo “pequeño” que dibuja el sol del 15 de abril hasta el 1 de septiembre marca los días más largos y calurosos del año en el hemisferio norte.

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Deméter


En relación a su culto en la Antigüedad probablemente Deméter es una de las figuras del panteón de la cual menos conocimiento hemos podido rescatar. Tanto los misterios eleusinos cómo muchas fiestas agrícolas han quedado guardadas bajo secreto, sepultadas por milenios. 

 Lo que conocemos a día de hoy, todavía relaciona a Deméter directamente con Perséfone y con su secuestro, como rasgo distintivo y característica principal de la psicología de la diosa. Muchos conocedores del "origen de las estaciones" aún no se han preguntado que implica que la hija de la fecundidad sea la mujer de la muerte. 

Su unión con Zeus, padre de Perséfone, la vincula aún más con el dios de los dioses, dejando sobre ella una impronta de mayor trascendencia si cabe. Deméter es la figura de la Diosa Madre. Una madre que da los frutos que mantienen con vida a sus hijos, pero que también perdura y los sobrevive. 

El eterno ciclo de la fecundidad que celebramos estas semanas de primavera tiene una importancia va mucho más allá de las necesidades satisfechas de hoy. ¿Qué diosa puede ser más trascendental para la vida que la fecundidad misma? Y, sin embargo, el culto y el conocimiento sobre la diosa parece haberse quedado silenciado en esta era. 

A la espera de que los rituales que celebran la fecundidad vuelvan a encenderse en las sociedades modernas. Hasta entonces, impertérrita, poderosa, indiferente y generosa: sus dones continúan alimentando generaciones. Gracias, madre.

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Plenilunio de Deméter


“Fue entonces cuando al fin la escuchó su venerada madre; sintió ésta que un agudo dolor que traspasaba el corazón, destrozó con las manos la cinta que sujetaba su cabellera inmortal, echóse sobre los hombros un manto negruzco y salió presurosa, a la manera de las aves, en busca de su hija por tierra y por mar. Mas ninguno de los dioses ni de los mortales quiso reverlarle la verdad; ni siquiera se le presentó algún ave que con sus augurios le anunciara algo con certeza”. 

El himno homérico a Deméter nos habla de cómo la diosa inicia una búsqueda oscura y desamparada.

En la noche de luna llena más cercana al equinoccio de primavera, revivimos la imagen de una madre que busca a su hija perdida y de una diosa que destruye su corona para vagar por la tierra entre los humanos como una anciana desposeída.


El caos de la naturaleza es Deméter sin Perséfone, una madre sin su hija, dispuesta a adoptar a un humano y transformarlo en dios. Es una diosa enloquecida, que está a punto de cambiar todo el orden del cosmos y que causará la gran hambre del que hablan varios textos de la Edad Antigua al “dejar de trabajar” y causar una era de suelos yermos.


En esta noche, la ofrenda, además de las velas e inciensos de rigor, consiste en tejer un antígono contra la maldición. Consiste en bordear la imagen de la diosa de migas de pan o semillas para que las aves puedan, al amanecer, servirle de pájaro de mal agüero y guiarla en su búsqueda.


El segundo significado es que, en primavera, la semilla vuelve a la tierra, como vuelve Perséfone, y de ambas nace otra vez la vida. El ciclo se reinicia y nos indica que la Fecundidad sigue haciendo su trabajo. Tenemos razones para agradecer no pasar hambre ni vivir otra era de desolación.


Para el mundo antiguo helénico las aves podían anunciar el futuro tanto como los oráculos, asegurémonos de que llegarán al amanecer y alimentémoslas esta noche para tal fin. 
No se trata de cazar y buscar en las tripas de los pájaros el futuro, sino rescatar un simbolismo que es más importante que su literalidad.

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Equinoccio de primavera


Las fiestas de Deméter son las primeras fiestas que celebramos a una deidad crónida. Finalmente, una de las hermanas de Zeus llega al altar doméstico y lo cubriremos de trigo para celebrarlo.

 El acontecimiento más importante de esta época del año es esta fiesta en honor a la gran diosa madre y se divide en tres partes. La primera, hoy, es el reencuentro de la fertilidad con una promesa amada, Perséfone -la semilla-, que la hace germinar en un ciclo perfecto. Ambas, madre e hija, forman una dualidad única como la Tierra, fuente de vida y alimento. Las otras dos fiestas son el plenilunio de Deméter y la Fordicidia.

 El Equinoccio marca el retorno de Perséfone, amada hija, con el sol de la primavera. Pero más allá de la alegórica explicación sobre el origen de las estaciones, este reencuentro es el momento del año en el cual agradecemos que hemos sobrevivido al rigor del invierno y a su oscuridad.

Además de llenar el altar de espigas de trigo, entonamos los himnos homéricos a Deméter ante una representación de la Diosa. Una buena elección es el libro "El camino a Eleusis" (1978), de Hofmann, Ruck y Wasson. Este ejemplar nos permitirá adentrarnos en los misterios eleusinos, las teorías sobre la naturaleza múltiple de Deméter y su relación con Perséfone y Hécate.

Una vez completado un breve análisis retrospectivo de lo que fue el invierno, bajo el calor del sol, le dejamos una pequeña ofrenda a la diosa: una corona de olivo y trigo. Mientras suenan los últimos versos de Homero: "Dadme, benévolas, una vida agradable como recompensa a este canto y yo volveré acordarme de ti en otro canto".

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Parentalia


Independientemente del origen patricio y romano de la Parentalia, la luna llena de hoy merece ser celebrada con los ojos puestos en los ancestros.

Es simple: nosotros somos porque ellos fueron y gracias al esfuerzo y el sufrimiento de muchos miles de seres humanos que lograron sobrevivir y ayudaron a vivir a otros, es que estamos vivos en este preciso momento.


No todos los padres son buenos padres, ni todos los hijos son buenos hijos y no todas las familias son funcionales. Sin embargo, es innegable que, si al nacer no hubiésemos contado con la asistencia de otro ser humano, no sobreviviríamos.

Tal es la fragilidad de nuestra especie que contamos con los otros para poder llegar a ser adultos. En nuestra interdependencia hay, también, belleza y generosidad. 

Más allá de las los casos particulares, la especie humana es una gran familia multitudinaria. Los lazos de aquellos que consiguieron llegar a edad reproductiva y dar a luz, los de aquellos que cuidaron a su prole -o a una prole-, los esfuerzos de todos merecen un mes en el calendario dodecateísta donde desempolvar los retratos y hacer ofrendas. Un mes para salvar a los nombres del olvido.


Como planta, la violeta africana es una especie idónea para adornar los altares y como actividad, nada mejor que la genealogía.


Todos somos gracias a alguien en una cadena que parece casi infinita, que se extiende a través de los parientes más próximos, extiende ramas cruzando familias, uniendo clanes hasta llegar al origen de la especie, hasta el mismo origen del tiempo y de la vida.


Difícilmente desde nuestra individualidad comprendemos que estamos relacionados con los distintos tiempos -Edad Contemporánea, Moderna, Medieval, Antigua- a través de numerosas culturas y, sobre todo, a través de innumerables esfuerzos.


Exceptuando el código genético, todo lo que ellos fueron se va desdibujando con las décadas y los siglos, hasta que nosotros mismos seamos, también, olvidados.

En nombre de todos ellos, un mes de agradecimiento y reconocimiento porque, aún sin querer, la vida se perpetúa a sí misma casi indistintamente como un milagro y como una maldición.

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