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Anemoi

I. Bóreas

Bóreas, cuyo nombre procede del griego Βορέας, es el viento del norte, asociado al frío, las tormentas y el invierno. A veces se le vincula también al noreste, equivalente al Aquilo o Septentrio romano. Se representa como una figura poderosa, alada y envuelta en un manto agitado por el viento. 

En la península ibérica su equivalente es la tramontana, el viento que desciende desde los Pirineos hacia Cataluña, temido por su intensidad y su frío extremo.

Su presencia está documentada desde Hesíodo hasta los poemas atribuidos a Homero, y aparece en cerámicas, relieves y en la Torre de los Vientos de Atenas. Su episodio más célebre es el rapto de Oritía, con quien engendró a los Boréadas -Zetes, Calais, Quíone y Cleopatra-, figuras relacionadas con relatos sobre la nieve, el norte y la genealogía heroica. 

Diversas fuentes antiguas relatan que un temporal atribuido a Bóreas destruyó parte de la flota persa de Jerjes frente a Magnesia y el cabo Sepias, alterando el curso de la campaña previa a Artemisio

Su vínculo con el viento lo relaciona también con los molinos, desde los modelos persas de eje vertical hasta las torres de las islas griegas, ejemplo de cómo las comunidades aprovecharon la energía del aire durante siglos.

II. Caecias

Caecias, o Kaikías, es el viento del nordeste dentro del conjunto de los Anemoi, hijos de Eos y Astraeo. Se asocia a los vientos fríos, húmedos y tormentosos que llegan desde el noreste del Egeo y las tierras balcánicas. 

En la península ibérica su equivalente es el Gregal, conocido en Cataluña por traer humedad y mala mar.

En la iconografía aparece como un hombre barbado con túnica y manto agitados por el viento, a veces sosteniendo una urna de granizo. 

En la Torre de los Vientos figura como uno de los ocho vientos señalados por la veleta de bronce en forma de Tritón. 

Durante siglos, distinguir cada dirección del aire fue esencial para navegar, cultivar y construir; recuperar esa sensibilidad -saber leer el cielo y reconocer un cambio de tiempo- es volver a un conocimiento cotidiano en la Antigüedad.

III. Apeliotes

Apeliotes, del griego Apēliṓtēs, “el que viene del sol naciente”, designa el viento del sudeste. Aunque en la Torre de los Vientos aparece en el este, la tradición literaria lo sitúa en el SE, reservando el este estricto para Eurus

Representa una brisa templada y húmeda que trae lluvias suaves y anuncia el cambio estacional. 

En Cataluña su equivalente es el Xaloc o Siroco, cálido y cargado de polvo sahariano.

En la iconografía antigua aparece como un joven que sostiene frutas y espigas, símbolo de fertilidad y abundancia. Su llegada marcaba el renacer de los cultivos tras el invierno. 

Desde el III milenio a. n. e., comunidades cicládicas y minoicas aprovecharon estos vientos para conectar islas y costas, y en época clásica Atenas los integró en su estrategia marítima, facilitando rutas hacia el Egeo oriental, las Cícladas, Jonia o Egipto.

IV. Eurus

Eurus, Εὖρος, es el viento del este, asociado al amanecer, la humedad y los cambios atmosféricos. Su nombre tiene un origen discutido, pero funciona como etiqueta direccional y climática. 

En el arte aparece con expresión seria, ropajes pesados y una ánfora inclinada de la que cae agua, símbolo de las lluvias persistentes del este. 

 En la tradición romana se relaciona con Vulturnus, y en la cultura hispana con el Levante, viento que trae nubosidad, lloviznas y mar agitado. 

Refranes como “viento del este, lluvias a peste” reflejan su impacto en la vida cotidiana. 

En la Antigüedad, la velocidad del viento se estimaba mediante veletas, plumas o la observación del mar, hasta la llegada de la escala de Francis Beaufort.

V. Notos

Notos, Νότος, representa el viento del sur, asociado al calor, la humedad y las tormentas de final de verano. Su llegada marca la madurez del ciclo estacional. 

En el arte aparece como un hombre robusto con una ánfora de la que brota lluvia. En Roma se identificaba con Auster, famoso por traer bochorno y brumas. En Cataluña corresponde al Migjorn, cálido y seco, aunque capaz de generar oleaje corto.

Utilizando el viento como energía, las torres de viento persas -badgirs- y los malqaf egipcios, formaron sistemas de climatización pasiva que aprovechaban diferencias de presión y el efecto chimenea. Estudios de la UNESCO y el trabajo de Hassan Fathy muestran cómo estas técnicas antiguas inspiran soluciones sostenibles actuales.

VI. Libis y los medicanes

Libis, Λίβις, es el viento del suroeste, templado y estable, apreciado en el Egeo para la navegación.

En la península ibérica se identifica a Libis con el Ábrego o Áfrico, cálido y húmedo. En Andalucía trae lluvias abundantes; en la Meseta suaviza temperaturas; en el Cantábrico se recalienta por efecto Foehn.

En torno a Atenas se registran ciclones mediterráneos conocidos como medicanes, similares a huracanes: Daniel (2023), Ianos (2020) o Harry (2026). Las tormentas de arena de 2024 y 2026 tiñeron el cielo de rojo por el polvo del Sahara. 

Para los atenienses, fenómenos extremos podían interpretarse mediante miasma, demagogia y hubris, señales de desequilibrio con lo divino.

VII. Céfiro

Céfiro, Ζέφυρος, es el viento suave y cálido del oeste, asociado a la primavera, la fertilidad y la abundancia. Su figura se vincula a Cloris -o Flora- y a su hija Carpo

Céfiro también protagoniza un episodio trágico con Jacinto y Apolo, que muestra su carácter dual. En la Torre de los Vientos aparece como un joven imberbe que esparce flores.

En Hispania corresponde al Poniente, húmedo en la vertiente atlántica pero seco y abrasador para el Mediterráneo tras cruzar la península. Las sociedades antiguas aprovecharon estos vientos para secar alimentos en hórreos y secaderos, y para almacenar grano en silos y pithoi.

VIII. Escirón

EscirónΣκείρων, representa el viento del noroeste, frío, seco y violento. En la iconografía se le representa como un hombre maduro que arroja brasas, símbolo del viento polvoriento. 

En Cataluña corresponde al Mestral o Cierzo, capaz de superar los 100 km/h y dejar cielos despejados. No debe confundirse con el bandido Escirón de los relatos de bandidos que enfrentó Teseo.

Los teatros griegos eran espacios abiertos: si llovía, el público se mojaba, salvo en tormentas severas cuando las funciones podían cancelarse. Para protegerse del sol, los espectadores usaban el petasos o el skiadeion

Siglos después, los romanos desarrollaron el velarium, mientras que el toldo moderno de brazo articulado no apareció hasta el siglo XIX con Antoine Fabré.



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