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Perifetes y la seguridad en la Antigüedad

"Duelo a garrotazos" por Francisco de Goya (1820-1823)

I. Perifetes

Perifetes aparece en las tradiciones más antiguas como un personaje de linaje ambiguo, situado en los tiempos remotos anteriores a la consolidación del poder ateniense. Algunas versiones lo presentan como hijo de Hefesto, lo que explicaría su cojera y la dependencia de un bastón o maza para sostenerse; otras lo vinculan a Poseidón, aunque esta filiación es menos frecuente. Su figura se ubica en el periodo previo a la llegada de Teseo a Atenas, un tiempo en el que los caminos del Ática y del Peloponeso estaban dominados por individuos que imponían su fuerza en zonas de paso estratégicas.

II. Un bandido y las peleas populares

La vida de Perifetes se define por su actividad como asaltante en la región de Epidauro, donde controlaba un tramo de la ruta que unía Trecén con Atenas. Su arma característica era una pesada maza de bronce o hierro, que utilizaba tanto para apoyarse como para atacar. Se dedicaba a detener a los viajeros, despojarlos de sus pertenencias y, con frecuencia, acabar con ellos a golpes. No se le atribuye descendencia ni vínculos familiares relevantes: su función en la tradición es la de un obstáculo humano, un individuo que encarna la violencia de los caminos y la fragilidad de quienes se aventuraban a viajar solos.

Los combates con palos, bastones o garrotes son tan antiguos como las propias comunidades humanas, y en muchas culturas antiguas aparecen tanto como forma de violencia real como en contextos rituales, festivos o de entrenamiento militar.

A diferencia de la escena de Goya -que condensa la brutalidad rural española del XIX-, en la Antigüedad estos enfrentamientos podían adoptar formas muy distintas, desde duelos espontáneos hasta prácticas regladas. En el ámbito griego, el combate con bastones aparece mencionado en varias fuentes como parte del entrenamiento juvenil o como forma de riña popular. No era un arma “noble” como la lanza o la espada, pero sí un instrumento cotidiano: bastones de pastor, varas de caminante, palos de escolta, todos susceptibles de convertirse en armas improvisadas.

En las ciudades, especialmente en contextos festivos o de borracheras, las peleas con palos eran comunes. Los propios filósofos y comediógrafos se burlan de los jóvenes que se enfrentan con bastones en las calles o en los gimnasios.

III. La seguridad en los tiempos de Perifetes

Para comprender su figura, conviene recordar cómo eran los desplazamientos en la Antigüedad. Viajar por tierra implicaba exponerse a hurtos, emboscadas y agresiones, especialmente en zonas boscosas o montañosas donde nadie garantizaba la protección del viajero. En los siglos anteriores a Pericles no existía un cuerpo policial centralizado: la seguridad dependía de comunidades locales, milicias improvisadas o la simple prudencia de quienes se movían de un lugar a otro. Incluso en el siglo V a.n.e., los caminos seguían siendo espacios inciertos. 

Los esclavos públicos se llamaban dēmosioi  y actuaban como fuerza policial básica. En la Atenas en pleno siglo V a.n.e., una ciudad que presume de libertad, debate público y tribunales abiertos, pero donde el orden cotidiano —el que se ejerce en la calle, en el mercado, en las asambleas abarrotadas— no lo imponen los ciudadanos, ni los magistrados, ni los estrategas. Lo impone alguien que, en la escala social, está casi en el subsuelo: los esclavos públicos.
Los arqueros escitas constituian un cuerpo de unos 300–1200 esclavos, según las fuentes, encargado del control urbano, detenciones y mantenimiento del orden. 
La escena hoy sería desconcertante. El pueblo se agolpa en el ágora, discute, empuja, se arremolina. Y entonces aparecen los arqueros escitas, con su arco curvado y su gorro puntiagudo, y basta un gesto suyo -un tirón de la cuerda, un empujón con el bastón, una orden seca- para que la multitud se abra como si obedeciera a un magistrado. No tiene derechos políticos, no puede hablar en la asamblea, no puede poseer tierras, no puede decidir nada sobre su propia vida… pero puede ordenar a los ciudadanos que se aparten, que guarden silencio, que esperen su turno.

Esa paradoja es profundamente ateniense: una democracia orgullosa que delega su autoridad visible en quienes no forman parte de ella. Los ciudadanos deciden, sí, pero quien hace cumplir esas decisiones -quien toca el cuerpo del infractor, quien lo reduce, quien lo arrastra ante los jueces- es alguien que, jurídicamente, está por debajo de todos. Y, sin embargo, en el espacio público, es él quien manda.

Aunque la justicia actuaba sobre delitos cometidos dentro de la ciudad o en casos denunciados, la vigilancia sistemática de rutas era inexistente. En ese contexto, figuras como Perifetes representaban un peligro real para quienes intentaban atravesar territorios poco controlados.

IV. El fin, de la mano de Teseo

La caída de Perifetes se produce cuando Teseo, aún joven, emprende su viaje hacia Atenas y decide enfrentarse a quienes dominaban los pasos del camino. Al llegar a Epidauro, se encuentra con el bandido y acepta el desafío. En unas versiones, Perifetes intenta golpearlo con su maza y Teseo lo vence en combate directo; en otras, el joven héroe le pide examinar la maza para comprobar si realmente era de bronce, y al recibirla aprovecha para derribarlo. En cualquier caso, la muerte de Perifetes marca el inicio de una serie de enfrentamientos que transforman el viaje de Teseo en una limpieza simbólica de los caminos, y la maza arrebatada al bandido se convierte en uno de los emblemas del propio Teseo.Teseo lo mata en combate y toma su maza como arma propia, del mismo modo que Heracles adopta la piel del león de Nemea.   

Teseo, con su secuencia de bandidos (Perifetes, Sinis, Escirón, Procrustes…), refleja simbólicamente la “limpieza” de las rutas que un héroe civilizador realiza para permitir la integración política del Ática.
Tanto Caco -otro hijo de Hefesto- como Perifetes cumplen una función muy precisa: son la violencia primitiva que un héroe debe derrotar para que el mundo se vuelva habitable. Ni Caco ni Perifetes son indignos: representan lo salvaje que precede al orden. Ambos son guardianes de un territorio sin ley, figuras que marcan el paso entre un espacio salvaje y un espacio civilizado. Que ambos sean hijos de Hefesto subraya que no son simples bandidos, sino fuerzas primarias, que heredan cualidades aisladas de su padre. Representantes de la violencia del mundo antes de la polis.

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