Pasé una hora abrazándote, susurrándote al oído mis temores y deseos, mis pasiones y delirios. Mientras dormías profundo, compartí todo mi mundo, confesiones que he admitido. Estuve toda la noche, despierto y agradecido. A tu valentía de estar, le di un sincero cumplido. A tus ganas de quererme, las llené de besos tibios. Era ya la madrugada, y trinó una golondrina de envidia al ver nuestro nido. Puede que durmiera poco, si es que algo había dormido. Tal vez fue solo un ensueño al que el cansancio ha cedido, pero estaba amaneciendo, y yo, feliz, bendecido.
La puerta estaba cerrada y llena de herrumbre, cuando así, desde la nada, llegó el derrumbe. Sin el verdor intenso de tu mirada, la senda no dio comienzo: quedó blindada. En manos de la frustración de no alcanzarte, qué frágil fue la ilusión que quiso amarte. Me vi golpeando el muro de tus adentros; un eco rebotó, oscuro, sin un “lo siento”. Ebrio de pasión vana, tan pasajera, sabiendo que tú, mañana, estarías fuera. ¿Qué hace un amante solo, enamorado, en un mundo de corazones desencantados?