I. Hermafrodito, la ambigüedad divina de una metamorfosis
Según autores como Diodoro Sículo y Ovidio, Hermafrodito nace de la unión entre Hermes, dios de los caminos y los mensajes, y Afrodita, diosa del amor y la belleza. Su nombre es literalmente la fusión de ambos: Hermes + Aphroditus. Desde su nacimiento, se le atribuye una belleza extraordinaria, mezcla de la gracia femenina y la elegancia masculina.
Algunas fuentes, como Luciano de Samosata, sugieren que nació ya con una anatomía mixta, mientras que otras, como Ovidio, narran una transformación posterior.
Hermafrodito fue criado por las náyades del monte Ida, en Frigia, lejos del Olimpo y de sus padres. En su adolescencia, con unos quince años, decide abandonar el monte y emprender un viaje por el mundo. Esta etapa representa el tránsito de la inocencia al heroísmo y la trascendencia, algo que se suele estructurar a través de un viaje, siguiendo la naturaleza paterna y los recursos literarios de la época.
Durante su camino, llega a Halicarnaso, donde se encuentra con la fuente de Salmacis, una ninfa acuática que se enamora perdidamente de él. Hermafrodito, sin embargo, rechaza sus avances.
Sin embargo, algo impensable ocurre cuando Hermafrodito se sumerge en el lago para nadar. Salmacis se lanza tras él, lo abraza con fuerza y suplica a los dioses que nunca los separen. Los dioses, atendiendo su ruego, fusionan sus cuerpos en uno solo, dando origen a un ser andrógino, con rasgos masculinos y femeninos.
Hermafrodito, horrorizado por la pérdida de su forma, pide entonces que todo aquel que se bañe en esas aguas sufra la misma transformación. Así, el lago de Salmacis se convierte en un lugar maldito, símbolo de la ambigüedad y del deseo no correspondido.
A partir de ese entonces, Hermafrodito trasciende como símbolo. Su historia se convierte en una explicación etiológica del hermafroditismo, y su figura aparece en esculturas, rituales y textos como representación de la unión de los géneros, del amor que trasciende la forma, y de la ambivalencia divina. Algunas fuentes menores mencionan que fue amado por Dioniso, lo que sugiere que su belleza y ambigüedad lo hacían objeto de deseo divino. Sin embargo, no se desarrollan historias de pareja ni se le atribuyen hijos, como ocurre con otros dioses o semidioses.En algunas tradiciones, se le rinde culto como una divinidad menor, asociada a la fertilidad, la belleza y la transgresión de los límites binarios.
II. Hermes, más allá de la genitalidad
A Hermes se le atribuye una progenie donde la fuerza vital de la genitalidad se exalta hasta lo divino. El falo descomunal de Príapo, su hijo, no era meramente un atributo grotesco, sino un símbolo potente de fertilidad apotropaica, destinado a alejar el mal y propiciar la abundancia. Este aspecto lo confirman autores como Pausanias en su "Descripción de Grecia", donde describe el culto a figuras de madera de Priapo en los jardines. La sexualidad heredera de Hermes es, por tanto, una fuerza primordial y protectora.
La fusión absoluta de Hermafrodito con la ninfa Salmacis, narrada por Ovidio en las "Metamorfosis", resulta en un ser que es la encarnación misma de la unión indisoluble de los géneros. Lejos de ser un castigo, esta fusión crea una nueva y completa forma de ser. Asimismo, la desbordante energía sexual de Pan, documentada en los "Himnos Homéricos", no es simple lujuria, sino la expresión cruda y natural del impulso generativo que recorre el mundo salvaje del cual formamos parte y del cual Hermes es también señor.
III. La fertilidad integral sin convencionalismos
Aunque, como otras deidades arcaicas, Hermes está ligado a la fertilidad, la manera en que la encarna es única. No se limita a un papel agrícola o pastoral convencional, sino que personifica una fecundidad que es a la vez conceptual y material. Es el dios de la fertilidad material, del comercio y de los rebaños. Esta multifuncionalidad queda atestiguada en los "Himnos Homéricos", donde el recién nacido dios demuestra su ingenio inventando la lira y luego mostrando su astucia robando el ganado de Apolo. No renuncia a ser masculino y femenino, falo y vulva, porque su poder generativo abarca toda forma de creación e intercambio.
Esta visión de Hermes a través de su hija/o Hermafrodito como integrador de contrarios fue magistralmente sintetizada por el filósofo Andrés Ortiz Osés (1986): "el dios griego Hermes, sucesor del egipcio Thot y predecesor del romano Mercurio, es el dios de la comunicación de los contrarios, el dios intérprete mediador entre el inframundo matriarcal femenino del que procede y el supramundo olímpico celeste al que accede. Precisamente por esta intermediación de los contrarios aparece simbólicamente como andrógino, bifronte, ambivalente, como el 'higo' 'higa' del poema de Lawrence, parece macho, pero es también en su fondo hondo hembra".IV. El mediador supremo entre la muerte y la vida
La androginia simbólica de Hermes es solo una faceta de su rol de mediador. Su dominio se extiende, de manera exclusiva en el Olimpo, sobre el mundo de los vivos y el de los muertos. Es el psychopompos, el guía de las almas hacia el Hades, función esencial que subraya su tránsito constante entre ambos reinos. Este papel queda confirmado en obras fundamentales como la "Odisea" de Homero, donde Hermes conduce las almas de los pretendientes muertos.
Tras la matanza de los pretendientes por parte de Odiseo, es Hermes quien desciende para conducir sus almas al Hades. No es Hades quien los recibe, ni Perséfone quien los convoca: es Hermes quien los guía, como si su presencia fuera necesaria para que el alma encuentre su destino. Este pasaje no solo legitima su papel como psychopompos, sino que lo consagra como el único dios capaz de moverse libremente entre los reinos de la vida y la muerte sin perder su esencia.
Esta faceta no es secundaria ni simbólica, sino esencial y exclusiva entre los dioses olímpicos. Su capacidad para transitar entre el mundo de los vivos y el de los muertos lo convierte en una figura liminal, mediadora entre planos, entre estados del ser, entre lo visible y lo invisible. No es casual que su iconografía incluya el caduceo, bastón que separa y reconcilia, que abre caminos y disuelve fronteras.
La androginia de hermafrodito, no es una anomalía, sino una expresión coherente de su naturaleza mediadora. En él convergen lo masculino y lo femenino, el deseo y la concesión, lo divino y lo humano. Esta ambivalencia no lo debilita, sino que lo fortalece como figura capaz de comprender y transitar todos los extremos. Como su padre, Hermes, que no pertenece a un solo mundo: es el dios de los caminos, y por tanto, de todos los trayectos posibles.
Hermes no juzga, no condena, no transforma: acompaña. En él, el Olimpo se abre hacia lo humano, y lo humano se eleva hacia lo divino. Por eso, en cada puerta, en cada cruce, en cada despedida, Hermes está presente.

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