I. Racismo
La palabra raza aparece en Europa entre la Baja Edad Media y el Renacimiento con el sentido de “linaje” o “descendencia”, y solo a partir del siglo XVIII empieza a aplicarse sistemáticamente a los seres humanos. El término racismo surge mucho más tarde, hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, para designar una doctrina ideológica basada en la superioridad de unas “razas” sobre otras.
La etimología de raza es incierta. Las fuentes coinciden en que podría proceder del italiano razza o del árabe rās, ambos asociados a la idea de origen o línea de descendencia.
Durante siglos, el término "raza" se usó en un sentido neutral para referirse a linajes, castas o grupos familiares, sin connotaciones biológicas estrictas. En la Edad Media y la Edad Moderna, "raza" podía significar tanto “linaje” como “mancha” o “impureza”, y se empleaba de forma intercambiable con casta.
El uso de raza aplicado a los seres humanos como categoría biológica surge con fuerza entre los siglos XVIII y XIX, cuando la antropología física intenta clasificar a la humanidad en grupos basados en rasgos visibles como el color de piel, la forma del cráneo o el cabello. La categorías, hasta el momento, no eran biológicas más allá de los linajes. Pero las diferencias culturales, las jerarquías sociales y la separación entre cristianos viejos y nuevos, existían desde hacía siglos.
Este impulso clasificatorio se intensifica con los viajes de exploración y la expansión colonial europea, que impulsan la categorizarización a los pueblos recién contactados.
Aun así, la ciencia contemporánea considera que estas clasificaciones carecen de fundamento biológico y que no existen “razas humanas” en sentido científico.
El término "racismo" aparece mucho más tarde. Procede del francés racisme de finales del siglo XIX y del italiano razzismo de primeras décadas del siglo XX. El sufijo -ismo, indica una doctrina o ideología. Su desarrollo está ligado a teorías pseudocientíficas que pretendían justificar jerarquías entre grupos humanos, especialmente en Europa, y que alcanzaron su expresión más extrema en el pensamiento racial del siglo XX.
II. Racismo en la Gracia clásica
Por lo expuesto anteriormente se entiende que hablar de racismo en la Antigüedad requiere matizar mucho, porque aplicar categorías modernas a sociedades antiguas puede conducirnos a un error.
Los helenoss tenían prejuicios, jerarquías étnicas y estereotipos muy marcados, pero no un racismo biológico como el que surgió en la modernidad. Su visión del “otro” era más cultural que racial: lo decisivo no era el color de piel, sino si alguien hablaba griego, compartía costumbres helénicas y participaba de la paideía. Para ellos, la frontera fundamental era entre griegos y bárbaros, y “bárbaro” significaba, ante todo, “el que no habla griego”.
Eso no significa que no tuvieran prejuicios. Los griegos atribuían rasgos morales a distintos pueblos: los persas eran vistos como afeminados y decadentes, los tracios como violentos, los egipcios como sabios pero extraños, y los etíopes como exóticos y cercanos a los dioses.
Pero estas ideas no se basaban en una teoría racial de superioridad biológica, sino en estereotipos culturales y geográficos. De hecho, autores como Heródoto describen a los etíopes con admiración, y Homero menciona que los dioses visitan a los “etíopes perfectos” en los confines del mundo.
III. Racismo en la representación de la divinidad
En cuanto a la posibilidad de que un dios fuera negro, rubio o de cualquier otro aspecto, los griegos eran sorprendentemente flexibles. Los dioses no tenían un cuerpo fijo: podían metamorfosearse, adoptar formas animales, aparecer como ancianos, jóvenes, extranjeros o incluso como mortales de cualquier región.
En el arte, sin embargo, se les representaba con rasgos helénicos porque la escultura buscaba expresar un ideal estético, no documentar la diversidad humana. El color de piel en las representaciones no pretendía ser realista, sino simbólico: los héroes y dioses se pintaban con tonos claros porque eso encajaba en el canon artístico, no porque se negara la existencia de otras apariencias.
El canon artístico griego no nace de prejuicios raciales en el sentido moderno, porque, como vimos, la idea de raza como categoría biológica jerarquizada no existía en la Grecia clásica. Sin embargo, sí nace de una jerarquía estética profundamente normativa, que más tarde sería reinterpretada como jerarquía racial por las sociedades europeas modernas.
En Grecia, la belleza se entendía como proporción, simetría y armonía, y esos criterios se aplicaban a cuerpos idealizados que pretendían representar un modelo abstracto de excelencia. La piel clara en las figuras femeninas o heroicas tenía un valor simbólico y social, no biológico: pureza, estatus, vida interior o divinidad, no superioridad racial.
Aun así, ese canon sí establecía un tipo de cuerpo considerado superior en términos estéticos y morales. Aunque no fuera racista, sí era excluyente: privilegiaba ciertos rasgos y convertía un tipo corporal en norma universal.
Esa normatividad estética -no racial en origen- se convirtió en un terreno fértil para que, siglos después, Europa la reinterpretara como prueba de una supuesta superioridad física y cultural de los pueblos europeos.
El Renacimiento, la Ilustración y la antropología del siglo XIX tomaron ese ideal artístico y lo transformaron en argumento racial, mezclando belleza con biología y estética con jerarquía humana.
Por eso, aunque el canon griego no obedece a prejuicios raciales en su origen, sí contiene una estructura jerárquica que permitió que, más tarde, se racializara. La estética clásica no fue racista, pero sí fue utilizada como fundamento para construir discursos raciales posteriores.
En resumen, los griegos tenían prejuicios y jerarquías culturales, pero no un racismo biológico como el moderno. Y aunque en el arte monumental los dioses aparecen con rasgos helénicos, en su mitología podían adoptar cualquier forma, incluida la de pueblos africanos o de otras regiones. La limitación no estaba en la imaginación religiosa, sino en el canon artístico que buscaba representar la perfección según criterios griegos.
IV. Esclavitud vs. racismo
En el mundo griego muchos esclavos procedían de pueblos extranjeros -tracios, escitas, lidios, frigios-, la justificación de su esclavitud no era racial, sino militar, económica o circunstancial.
También existían esclavos griegos, sobre todo como resultado de deudas, guerras internas o piratería. La condición de esclavo no era hereditaria en todos los casos ni estaba asociada a un grupo humano fijo. Un griego podía caer en esclavitud y un extranjero podía ser libre y respetado. Esto muestra que la esclavitud (ver imagen superior) no se apoyaba en una alteridad biológica, sino en la vulnerabilidad social y política.
Sin embargo, la práctica de esclavizar a pueblos extranjeros sí contribuyó a construir una imagen del “otro” como inferior o disponible para la dominación, aunque no en términos raciales. Esa alteridad cultural -el bárbaro como alguien menos civilizado, menos racional o menos apto para la vida política- proporcionó un marco conceptual que siglos después sería reinterpretado por Europa como alteridad racial. La idea moderna de raza no nace en Grecia, pero encuentra en estas jerarquías culturales un terreno fértil para su posterior transformación en jerarquías biológicas.
Es correcto afirmar entonces que los griegos esclavizaban sobre todo a extranjeros, pero no porque los consideraran una “raza” distinta, sino porque eran enemigos capturados, pueblos sometidos o individuos sin protección política. La esclavitud griega no fue racial, aunque su lógica de alteridad cultural sería más tarde utilizada para construir discursos raciales en la modernidad.

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