"Ninfas de Nisa" por Julius LeBlanc Stewart (1900)
I. La relación del vino con Dioniso
Para los griegos, casi todo lo que venía de Oriente -Frigia, Lidia, Siria, Arabia, incluso la India en versiones tardías- tenía un aura de antigüedad, misterio y exceso. Situar el origen del vino en esas regiones permitía reforzar la idea de que Dioniso no era un dios doméstico, sino un dios que llegaba desde fuera con prácticas nuevas, intensas y difíciles de domesticar..
En ese marco, decir que Dioniso “trajo el vino” significa que trajo una forma de experiencia, no solo vid y técnicas de fermentación. En muchas versiones, después de su rerenacimiento, Dioniso es criado lejos de Grecia por Rea en Frigia; por ninfas en el monte Nisa -ubicado simbólicamente en Oriente-, o en regiones que los griegos consideraban exóticas.
Las ninfas que crían a Dioniso en Nisa -las Nísides o Niseidas- cumplen un papel estrictamente vinculado a su infancia divina. Actúan como nodrizas o cuidadoras y rara vez permanecen junto al dios una vez que este alcanza la madurez. Su papel se cierra en el momento en que el dios ya no necesita protección, y él las deja atrás sin integrarlas en su cortejo posterior .En algunas versiones, esto sucede cuando Zeus lo reconoce públicamente como hijo; en otras, cuando emprende su viaje hacia Oriente para aprender ritos y establecer su culto. En todas las tradiciones, el paso de la infancia a la adultez marca el final de la presencia de las ninfas.
En Oriente aprende a cultivar la vid, a fermentar el vino y, sobre todo, a usarlo ritualmente. Cuando regresa a Grecia, trae consigo ese conocimiento. Por eso, en algunos himnos, Dioniso es literalmente llamado “el que enseñó a los mortales el vino”. No es que los griegos no conocieran la vid antes: es que Dioniso introduce el uso ritual, la dimensión extática, la transformación del vino en vehículo del dios.
Cuando Dioniso vuelve a Grecia es el "dios extranjero que es nativo", el "llegado" -ἐπιδημήσας asociado a la difusión del vino y de su culto. En la tragedia, en la lírica y en la iconografía, el dios aparece como portador de la vid, como si su retorno fuera inseparable de la expansión de esta bebida.
El vino no es simplemente un atributo de Dioniso: es la materia misma a través de la cual el dios se manifiesta. En los relatos más antiguos, Dioniso no aparece como un dios del vino en sentido agrícola, sino como la fuerza que transforma la uva en algo vivo, capaz de alterar la percepción y abrir un espacio distinto dentro de la experiencia humana. El vino es, en ese sentido, un vehículo: un medio por el cual el dios entra en el cuerpo, lo afloja, lo desarma y lo vuelve permeable a lo que normalmente permanece oculto.
Esa relación no es metafórica. Para los griegos, el vino fermentado era una presencia activa, casi animada, que burbujeaba, se agitaba y “respiraba”. Esa vitalidad era interpretada como un signo de Dioniso. Allí donde el vino se movía, el dios estaba presente. Por eso su culto no se separa nunca del acto de beber, más que un consumo recreativo, es una forma de contacto. El vino es la frontera que Dioniso atraviesa para entrar en la comunidad.
La iconografía lo confirma: Dioniso aparece rodeado de copas, cráteras, odres y racimos, pero nunca como un simple patrono agrícola. Su relación con el vino es ritual, corporal y transformadora. El vino es símbolo y presencia espiritual. Como experiencia, cuando se comparte, crea un espacio común donde la identidad se flexibiliza y la norma se vuelve más porosa.
II. La omnipresencia del vino en la dieta griega
El vino era una constante en la dieta griega, pero no en la forma en que lo imaginamos hoy. No se bebía puro: se mezclaba con agua en proporciones variables, y esa mezcla era un marcador cultural. Beber vino sin mezclar era considerado bárbaro, un exceso impropio de la moderación griega. La arqueología confirma esta práctica: las cráteras -grandes recipientes para mezclar vino y agua- aparecen en banquetes, tumbas y santuarios, siempre como piezas centrales del ritual social.
Los hallazgos arqueológicos muestran que el vino estaba presente en todos los estratos sociales. Se han encontrado ánforas con restos de resina, hierbas y miel, lo que indica que los griegos aromatizaban y modificaban el vino según la ocasión. También sabemos que existían vinos dulces, secos, espesos, incluso vinos que se calentaban o se mezclaban con especias. La variedad era enorme, y cada región tenía su estilo propio, desde los vinos densos de Quíos hasta los más ligeros del Ática.
Pero lo más revelador es la dimensión ritual que la arqueología confirma. En santuarios dedicados a Dioniso, se han encontrado copas rotas deliberadamente, como si el acto de beber culminara en un gesto de entrega. En tumbas, el vino aparece como acompañamiento para el tránsito al más allá. Y en los simposios -espacios de conversación, música y filosofía- el vino era el eje que articulaba la experiencia. No era un alimento: era un mediador.
Existe mucha confusión entre la cultura griega y la romana en relación a la comida y la bebida, y eso es, en parte, a la creación de una visión peyorativa sobre las religiones politeístas como religiones infantiles, absurdas, abocadas a los excesos. Sin embargo, cuando vemos cómo era cocinar y comer como un ateniense, descubrimos que, incluso a la hora de beber, la realidad era bastante diferente a lo imaginado.
III. El vino y la bacanal. El aspecto ritual del consumo
El consumo ritual del vino en las bacanales no tenía nada que ver con la embriaguez descontrolada que la imaginación moderna proyecta. Era un proceso cuidadosamente estructurado, donde el vino se convertía en un instrumento para alterar la conciencia sin perderla por completo. El objetivo no era el exceso, sino la apertura: permitir que el individuo se desbordara lo justo para entrar en contacto con Dioniso.
En las bacanales, el vino se acompañaba de música, danza y un ritmo colectivo que modulaba la intensidad del trance. Las ménades no bebían para emborracharse, sino para entrar en un estado donde el cuerpo se volvía receptivo. El vino era el umbral. Y ese umbral permitía que la comunidad experimentara una forma de unidad que no dependía de la razón, sino de la vibración compartida. El vino, en ese contexto, era un catalizador de comunión y esta comunión no era sexual.
El ritual incluía también momentos de contención. El vino se servía en fases, se mezclaba con agua, se acompañaba de cantos y fórmulas que marcaban el ritmo del ascenso y del descenso. La bacanal no era un caos: era una coreografía. Y en esa coreografía, el vino era el hilo conductor que permitía que el dios se hiciera presente sin destruir a quienes lo invocaban.
IV. Otras bebidas alcohólicas y depurativas
Aunque el vino era la bebida por excelencia, no era la única. La cerveza existía en Grecia, pero se consideraba una bebida extranjera, asociada a egipcios y tracios. Los griegos la miraban con cierta distancia, como algo que no encajaba en su identidad cultural. Aun así, hay testimonios de su consumo en contextos marginales o militares, donde la disponibilidad de vino era limitada. La cerveza no tenía un lugar ritual: era una bebida funcional.
Más interesante es el oxýkraton, -oxicrato, de oxý- “ácido” y krátos “mezclar”-, la mezcla de agua y vinagre que los griegos bebían como bebida refrescante, medicinal o depurativa. Los soldados la usaban para hidratarse, los atletas para recuperarse y los médicos para tratar fiebres y problemas digestivos. No tenía la dimensión simbólica del vino, pero sí una presencia cotidiana que la arqueología confirma en recipientes específicos y en textos médicos.
También existían bebidas fermentadas a base de miel, como el hidromiel -hydromeli-, y mezclas herbales que funcionaban como tónicos. Ninguna de ellas compitió con el vino en el plano ritual, pero todas formaban parte del paisaje líquido de la vida griega. El vino era el vínculo con Dioniso; las otras bebidas eran herramientas para el cuerpo. Esa diferencia explica por qué el vino ocupa un lugar central en la cultura griega: no solo alimenta, sino que transforma.

Comentarios
Publicar un comentario