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Hades, el Innombrable

I. El Innombrable y las prácticas rituales de elusión

En la cultura antigua, Hades representa una figura de profunda complejidad y múltiples facetas. Como divinidad soberana del inframundo, su nombre evocaba un temor reverencial -phrikódēs- entre los griegos, lo que llevaba a una práctica cultural extendida: la evitación directa de su pronunciación. Este tabú onomástico, común con las deidades ctónicas asociadas con la muerte y el más allá, se fundamentaba en el miedo a atraer su atención inexorable o a desencadenar una desgracia prematura, "aoídos". Hades, en su calidad de gobernante absoluto del reino de los muertos, era el principal destinatario de esta cautela.

Esta reticencia ritualizada a articular su nombre llevó a los antiguos griegos a desarrollar un sofisticado sistema de referencias indirectas. Se empleaban epítetos eufemísticos -prosenēgoríai- o acciones simbólicas, como el acto de golpear el suelo con el pie durante un juramento o una plegaria. Esta acción no era casual; servía como una invocación tácita y un reconocimiento de su autoridad, comunicándose con el dios a través de la vibración en la tierra, su dominio, sin la necesidad de nombrarlo. El poeta Estesícoro (siglo VII a.n.e.) ya alude a esta práctica. Esta conducta refleja la dualidad de phóbos -miedo- y aïdōs -respeto sagrado- que los griegos sentían hacia los poderes que regían los aspectos más inevitables y misteriosos de la existencia.

II. Plutón: La faceta de proveedor de riquezas y la evolución cultural

Hades era igualmente conocido, e incluso más comúnmente invocado, bajo la denominación de Plutón -Πλούτων-, que significa "el rico" o "el dador de riquezas". Este epíteto, central en cultos mistéricos como los de Eleusis, no era una mera alegoría. Constituía una referencia directa a las riquezas minerales -ploûtos- de la tierra: el oro, la plata, y el hierro, así como a la abundancia agrícola que brota del subsuelo, todos ellos considerados dones bajo su potestad. Este nombre alternativo, ampliamente atestiguado en fuentes como el "Himno Homérico a Deméter" y las obras de Píndaro, refleja una evolución teológica crucial: transformar la percepción del dios de una deidad temible de la muerte a un benéfico proveedor de los recursos necesarios para la vida -zoē-, enfatizando su papel como custodio de la fertilidad latente de la tierra.

Esta conceptualización de Plutón permitió su asimilación con divinidades agrarias más antiguas y su inclusión en ritos de prosperidad. El historiador Diodoro Sículo, aunque posterior, recoge esta tradición, señalando que los sicilianos honraban a Plutón por la riqueza de sus volcanes y minas de azufre. Así, el dios encarnaba el ciclo completo: la vida que surge de la tierra y el retorno final a ella.

III. La topografía compleja del Inframundo y su denominación

El inframundo, gobernado por Hades, era denominado homónimamente "el Hades" -Haídēs-, pero también "la Casa de Hades" -"Dōmata Haídoio", en Homero- o "el camino invisible". Lejos de ser un lugar homogéneo de castigo, se conceptualizaba como un vasto Reino de existencia post mortem con una geografía e hidrografía moralmente estratificada. Fuentes primarias como la "Odisea" de Homero (c. 750 a.n.e.) y la "Teogonía" de Hesíodo (c. 700 a.n.e.) ofrecen las descripciones más antiguas, que luego fueron elaboradas por poetas como Virgilio y por Platón en sus relatos y alegorías sobre el destino del alma.

Se dividía en regiones distintivas: la Llanura de Asfódelos -Ἀσφοδελὸς λειμών-, una pradera neutra para la mayoría de las almas; los Campos Elíseos -Ἠλύσιον πεδίον-, un paraíso de bienaventuranza para los héroes y los virtuosos; y el Tártaro -Τάρταρος-, un abismo profundísimo de tormento eterno para los impíos y aquellos que desafiaron a los dioses, como los Titanes. La complejidad de este reino, con sus ríos y sus jueces de los muertos, refleja la elaborada estructuración ética y espiritual de las creencias sobre el Más Allá, donde el destino del alma -psychē- estaba intrínsecamente ligado a sus acciones en vida.

IV. Hades Polidegmón: El receptor universal y la soberanía tripartita

La figura de Hades– Ἅιδης en griego antiguo, “el invisible” –  y su reino continúan fascinando por su profundidad conceptual. Como bien registra Homero en la "Ilíada", Hades es denominado polidegmōn, "el que recibe a muchos" o "el de los muchos huéspedes". Este epíteto subraya la universalidad e inevitabilidad de su dominio: acoge a todos, sin distinción de rango o virtud en vida, pues la muerte es el destino común -moirade toda la humanidad. Esta conceptualización lo presenta no solo como un carcelero, sino como el anfitrión forzoso de incontables almas.

Su lugar en el cosmos griego era fundamental y estaba jurídicamente establecido. Según el relato de Hesíodo, tras la victoria sobre los Titanes, el mundo se dividió en tres soberanías -timai- por sorteo: Zeus obtuvo el cielo, Poseidón el mar, y Hades el inframundo. La tierra y el Olimpo eran territorios comunes. Esta tripartición lo consagra como uno de los tres pilares del universo, un soberano -"anax"- de estatus igualitario, aunque de dominio diferente. Su figura, por tanto, es indispensable para comprender la cosmovisión griega antigua, donde su reino no era un mero apéndice siniestro, sino una parte constitutiva y esencial del orden cósmico, equilibrando los dominios de sus hermanos y completando la comprensión cultural y espiritual del ciclo inexorable de la vida y la muerte.

V. El inexorable ciclo: Las Moiras y Hermes, guía de las almas

La autoridad de Hades sobre el inframundo, si bien absoluta dentro de su reino, no operaba de forma aislada sino como la etapa final de un sistema divino complejo y jerarquizado. Como ejemplo para entender esto, hablemos de dos de las fuerzas divinas que intervenían en el proceso de la muerte, delimitando y facilitando el tránsito de las almas hacia el dominio de Hades: las Moiras, que determinaban el momento del destino final, y Hermes Psicopompo, que actuaba como el conductor esencial.

Las Moiras -Μοῖραι o Parcas para los romanos-, son deidades de la primera generación, hijas de la Nyx, la Noche, según Hesíodo en su "Teogonía", o de Zeus y Temis según otras tradiciones. Ser parte de la primera generación enfatiza su poder incluso sobre los Olímpicos. Su nombre significa "las Repartidoras" o "las que asignan su parte". Esta triada de hermanas: Cloto -Κλωθώ, "la Hilandera"-, que hilaba el hilo de la vida; Láquesis -Λάχεσις, "la Distribuidora"-, que medía su longitud y determinaba el destino; y Átropos -Ἄτροπος, "la Inexorable"-, que lo cortaba con sus tijeras— personificaban el concepto de destino como una ley cósmica inmutable. Ellas fijaban el instante preciso de la muerte de cada mortal, un decreto que ni los dioses podían revocar sin provocar un grave desorden en el cosmos. Por tanto, ni Tánatos ni Hades decidían cuándo un alma llegaba a su reino; su función era intervenir en el momento exacto que las Moiras habían decretado. Hades es un soberano del destino cumplido, el receptor final del designio irrevocable tejido por estas deidades primordiales.

Una vez cortado el hilo de la vida, entraba en acción Hermes Psychopompós -Ἑρμῆς Ψυχοπομπός-. Su epíteto, "Guía o Conductor de Almas" describe su papel crucial. No era un mero mensajero en este contexto, sino el divino heraldo que, con su kerykeion -caduceo-, transcendía los límites entre los mundos. Su deber, ampliamente documentado en la literatura, desde los poemas homéricos hasta las tragedias de Esquilo y Eurípides, era localizar el alma liberada del cuerpo (*eidōlon*) y guiarla de manera segura hasta la entrada del inframundo, comúnmente la ribera del río Estigia, donde los esperaba  Caronte o, según otras tradiciones recogidas por geógrafos como Pausanias, la entrada situada cerca del lago de Lerna, en la Argólida, un lugar célebre por sus aguas oscuras y su conexión con lo subterráneo.

Hermes aseguraba que el alma no vagara eternamente como una sombra perdida entre el mundo de los vivos y el de los muertos, cumpliendo así una función de orden y transición esencial para el equilibrio cósmico.

Este sistema, iniciado por el decreto de las Moiras, ilustra la meticulosa distribución de funciones divinas que los griegos antiguos imaginaban para el Más Allá. Hades, en este esquema, no era un cazador de almas sino la autoridad terminal. Su reino era el depósito final, la consecuencia inevitable de un proceso iniciado por las inflexibles Moiras y facilitado por el infatigable Hermes, completando así el ciclo inexorable de la existencia mortal bajo un orden divino perfectamente estructurado.

En los próximos días recorreremos otras figuras elementales del Inframundo desde una perspectiva detallada: Los gemelos Hipnos y Tánatos, Caronte, Cerbero y Mentis. También abordaremos el destino de las almas según la metempsicosis

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