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Dioses de la primera generación


En el principio primordial del Universo, existía el
Caos, una entidad abstracta que representa el vacío y la ausencia de orden. De Caos nacen los primeros seres primordiales que forman la base del cosmos griego: el Tártaro, Nix y Gea, 
Tártaro es la personificación y el lugar del abismo más profundo en el universo. Es tanto un dios primordial como el inframundo más oscuro y profundo. Se asocia con el confinamiento y el castigo eterno, siendo el lugar donde los Titanes y otras criaturas desafiantes fueron encarceladas tras su derrota. Es incluso más profundo que el Hades.
Gea es la Tierra misma, la gran madre primordial que da forma a todo lo físico, como las montañas -Ourea- o el mar -Ponto-. Gea es la fuente de toda vida y juega un papel central en las genealogías divinas. Fue una de las primeras deidades verdaderamente activas y procreativas, uno de estos descendientes de Gea, era el cielo estrellado, Urano

Durante la primera época, mientras Urano abrazaba cada noche a Gea, algo muy distinto se gestaba de la misma oscuridad. Nix, diosa de la noche, oscuridad primordial, se apareaba con Erebo, la oscuridad, engendrando a Éter -la luz celestial- y a Hemera -el día-. 
Pero además, por sí sola, Nix tuvo una descendencia rigurosa: Eris -la discordia-, Tánatos -la muerte-, Hipnos -el sueño-, las Moiras -las tejedoras del destino-, Geras -la vejez-, Ápate -el engaño- y Némesis. Todas formas previas a los olímpicos, cuyo dominio resulta implacable para los mortales e inmorales. Exceptuando Tánatos y Geras, que no afectan a los dioses, pero sí al género mundano que los rodea, estas fuerzas ejercen su poder más allá de toda voluntad y control.

Las Moiras son las tejedoras del destino. Estas tres deidades son conocidas por su poder absoluto sobre el destino de toda existencia. Cada una de ellas desempeña un papel crucial en el ciclo de la vida y la muerte, y juntas forman un trío inseparable que gobierna el frágil hilo de la existencia.

Cloto, la hilandera, es la encargada de hilar el hilo de la vida desde su rueca. Ella decide cuándo comienza la vida de cada ser, y con cada giro de su rueca, un nuevo destino se entrelaza en el tapiz del universo. Láquesis, la medidora, toma el hilo hilado por Cloto y lo mide, determinando la longitud de cada vida. Es ella quien decide los eventos y las circunstancias que cada individuo enfrentará a lo largo de su existencia. Finalmente, Átropos, la inflexible, corta el hilo de la vida con sus tijeras, poniendo fin a la existencia de cada ser cuando llega su momento.

Las Moiras son imparciales y su poder es inquebrantable. Ni siquiera los dioses olímpicos pueden alterar el destino que ellas han tejido. Reconocer que nuestra vida está en manos de estas tejedoras, significa aceptar su rol como guardianas del destino y del orden cósmico. Los seguidores del dodecateísmo reconocen la importancia del destino como fuerza primordial y la importancia de vivir en armonía con el orden natural del universo.

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