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Olenos

I. Olenos, hijo de Hefesto 

Olenos aparece en las genealogías antiguas como hijo de Hefesto, sin una madre claramente establecida y sin un linaje posterior. Su presencia está asociada a regiones del oeste del Peloponeso, especialmente en torno a Acaia y las rutas que conectaban el continente con las islas del Egeo. No pertenece a una gran ciudad ni a un centro político, sino a un territorio periférico, acorde con la naturaleza de su padre: zonas donde la artesanía, la piedra y el trabajo manual tenían más peso que la vida cortesana.

II. El orgullo ajeno y la carga asumida

Las fuentes presentan a Lethaea como una mujer cuya belleza la lleva a compararse con los dioses. No se conserva nada más: ni su origen, ni su familia, ni su destino previo. Solo ese gesto de orgullo que desencadena la metamorfosis. Su figura es mínima, pero suficiente para entender el lugar que ocupa en la historia de Olenos. Lethaea pronuncia una afirmación desmedida y queda atrapada en su propia declaración. Su nombre queda asociado a la ligereza de una palabra que no mide sus consecuencias.

Olenos entra en escena cuando esa afirmación recibe respuesta. Él decide asumir la falta de Lethaea como si fuera propia. No intenta corregirla ni distanciarse. Acepta acompañarla en la transformación y quedar fijado a su lado. Ese gesto convierte a Olenos en una figura de responsabilidad extrema, decide no abandonarla. Transformados en piedra, no queda más que ese vínculo. Lethaea queda unida a Olenos no por la arrogancia inicial, sino por la decisión de él de compartir su destino.

Cuando alguien asume la responsabilidad del error de su pareja, realiza un sacrificio que altera el orden natural del cuidado. No antepone su bienestar ni su vida a la del otro; decide sostener una carga que no le corresponde. Ese gesto no es justo ni noble por muy definitorio que sea. Es una forma de lealtad que no busca recompensa, una entrega que se vuelve irreversible en el momento en que se pronuncia. En ese desplazamiento -poner el cuerpo donde debería ir la consecuencia ajena- aparece una deriva siniestra: la identidad individual se disuelve en nombre de la lealtad, incluso cuando el precio es volverse de piedra. Las lealtades sin límites sanos, más que hablar de un amor infinito, revelan un escaso espíritu de supervivencia. En el caso de Olenos, su sacrificio no beneficia a nadie: no ayuda a Lethaea, no protege a la comunidad, no repara nada. Solo fija en el paisaje la forma extrema de una entrega sin futuro alguno.

III. Atrevimiento y castigo

El gesto de Lethaea -compararse con los dioses por su belleza- no es un caso aislado. A lo largo de la tradición antigua, varias figuras femeninas reciben un castigo similar por la misma afirmación desmedida. La estructura se repite: una mujer declara que su belleza supera la de una divinidad, y esa declaración desencadena una respuesta que transforma su cuerpo o su destino. No se trata de violencia gratuita, sino de un patrón cultural que convierte la desmesura en forma.

Aracne es transformada en araña tras afirmar que su destreza supera la de una diosa. Niobe pierde a sus hijos por proclamar que su fertilidad la hace superior. Casiopea, madre de Andrómeda condenó a toda la población por presumir de la belleza de su hija. En todas ellas, el castigo adopta una forma que prolonga la falta: la araña que teje sin descanso, la madre que queda sin hijos, la reina que debe entregar a su hija a un monstruo marino. 

Lethaea se inscribe en esa misma lógica, pero con una diferencia notable. No queda sola en su castigo. Olenos decide acompañarla y aceptar la misma transformación. Mientras otras figuras femeninas quedan aisladas, Lethaea permanece unida a alguien que asume su falta como propia. En ese contraste, su historia adquiere un matiz que las otras no tienen: la presencia de un vínculo que resiste inútilmente, incluso cuando el cuerpo deja de ser cuerpo.

IV. El destino sellado y la posición de Olenos dentro de la quinta generación de dioses

Como vimos, los descendientes tardíos de los dioses ya no heredan poder, sino fragilidad, penurias y una vida marcada por la imposibilidad de desafiar el orden Olímpico. Son figuras atrapadas entre dos mundos, demasiado humanas para pertenecer al ámbito divino y demasiado excepcionales para vivir sin consecuencias. Olenos encaja de manera precisa en ese paisaje. No posee fuerza, no funda linajes, no deja huellas heroicas. Su destino es breve y definitivo: convertirse en piedra por asumir la falta de Lethaea.

Mientras otros descendientes de esta generación -como Caco, Asclepio o los jóvenes de la Casa de Cadmo- sufren muertes violentas, destrucciones familiares o castigos que prolongan su dolor, Olenos queda fijado en una forma pétrea en la que culmina su existencia. Inmóvil, es un fósil que ya no puede intervenir en el mundo. Esa inmovilidad es coherente con la posición de la quinta generación divina: ningún descendiente tardío puede avanzar más allá del lugar que le ha sido asignado.

La historia de Olenos demuestra que la divinidad heredada no protege, no eleva, no transforma en algo superior. Al contrario: se convierte en un recordatorio de que el orden olímpico está cerrado y que cualquier figura que lo roce -por orgullo, por error o por lealtad- queda atrapada en un destino que no podrá negociar para contarlo. 

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