En muchas narrativas de la antigüedad, el poder divino parece diluirse con cada generación. Mientras los dioses primordiales como Caos, Gea y Urano poseían una fuerza absoluta y caótica, los Titanes ya tenían un poder más estructurado pero menos ilimitado. Luego, los Olímpicos lograron establecer el orden definitivo, pero sus descendientes ya no fueron tan poderosos como ellos. La quinta generación, entonces, parece ser demasiado débil para desafiar a los dioses olímpicos.
Muchos de estos personajes comparten un destino difícil, lo que podría reflejar un patrón literario dentro de la tradición antigua. Puede estar vinculado a la naturaleza híbrida de los hijos de dioses y mortales, a su rol dentro de narrativas heroicas o a la idea de que los descendientes de dioses tienen un destino especial, no siempre afortunado.
Zeus estableció un orden en el cosmos que debía mantenerse. En generaciones previas, los hijos derrocaban a sus padres -Cronos desbancó a Urano y Zeus venció a Cronos-, pero Zeus rompió ese ciclo al asegurarse de que ningún hijo suyo, ni de los demás dioses, tuviera la fuerza suficiente para destronarlo. De hecho, hay relatos en los que se profetiza que un hijo suyo podría haberlo destronado -como lo habría sido Atenea o Dioniso si hubieran nacido de una diosa en lugar de Zeus mismo, pero el cronida lo evitó estratégicamente. La generación de semidioses y héroes nunca representó una amenaza real para los Olímpicos.
Muchos de estos hijos de dioses, semi dioses, cumplen un papel intermedio entre lo divino y lo humano. No son dioses plenos ni mortales comunes, por lo que a menudo están atrapados en un destino de sufrimiento. Los héroes trágicos de la quinta generación sirven para ilustrar la fragilidad de la existencia y la dificultad de pertenecer a ambos mundos sin encajar completamente en ninguno.
Cuando hemos recorrido la vida de estos personajes, descubrimos que sufren porque desafían de algún modo las reglas establecidas por los dioses mayores. Por ejemplo: el gigante Caco, hijo de Hefesto, murió estrangulado por Hércules; Asclepio, hijo de Apolo, es fulminado por Zeus, la Casa de otro hijo de Apolo, Cíniras, sufre muerte y destrucción al despertar la ira de los dioses; todas las hijas de Harmonía, hija de Afrodita y Ares, ven morir a su prole, condenadas por el collar que le obsequió el dios de la forja y una maldición de Ares.
En muchos casos, su sufrimiento parece reforzar la idea de que ningún ser, por más noble o semidivino que sea, puede igualarse a los dioses olímpicos.
Esta quinta generación de semidioses y descendientes divinos está atrapada en un mundo donde quienes han alcanzado la cúspide del poder, no tolerarán ser reemplazados. Por lo tanto, sus vidas están marcadas por la penuria, la tragedia y, en muchos casos, la aniquilación. Su destino solo parece ser demostrar la supremacía divina consolidada y servir como ejemplos de lo que ocurre cuando los mortales, incluso los de sangre divina, intentan desafiar el orden cósmico.
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