I. Aqueloo
Iniciamos el ciclo con un Ínaco dios del río y lo terminamos con otro: Aqueloo. El potamos nació en los albores de la creación como el hijo primogénito de los Titanes Océano, el gran cuerpo de agua que circundaba el mundo conocido, y Tetis, la diosa protectora de las aguas dulces.
Esta unión cósmica lo convirtió en el hermano mayor de una vasta estirpe compuesta por tres mil deidades fluviales menores.
Aqueloo personifica al río homónimo -conocido hoy como el río Aspropótamos-, que es el curso de agua más largo e importante de toda Grecia. Venerado de manera unánime como el soberano indiscutible de las aguas dulces.
Su estatus religioso era tan elevado en la Antigüedad que su propio nombre se utilizaba con frecuencia en la literatura clásica como un sinónimo poético de la palabra "agua", especialmente en el contexto de las libaciones sagradas.
De hecho, el mismísimo Oráculo de Delfos ordenaba realizar sacrificios directos en su honor, un privilegio que pocos dioses fluviales compartían.
II. Descendencia de Aqueloo
La descendencia de Aqueloo es célebre. Sus hijas más famosas son las sirenas, aquellas temibles criaturas devoradoras de marineros que combinaban el don de una voz celestial y el dominio del entorno marino; estas nacieron de la unión del dios fluvial con una de las Musas, que según las distintas fuentes clásicas pudo ser Melpómene o Terpsícore.
Asimismo, Aqueloo engendró a la ninfa Castalia, deidad protectora de la famosa fuente de Delfos cuyas aguas purificaban a los peregrinos e inspiraban las profecías de la Pitia.
Otra de sus hijas notables -y por lo que lo incluimos en el ciclo de Argos- fue Calírroe, quien, como vimos, se convirtió en la segunda esposa del héroe Alcmeón y protagonizó el célebre conflicto por el collar de Harmonía.
A este ilustre linaje se suman también las ninfas Pirene y Dirce, quienes dieron nombre y protección divina a dos de las fuentes hidrológicas más importantes y veneradas de las regiones de Corinto y Tebas, respectivamente.
III. Iconografía del gran potamos
En el plano iconográfico, los antiguos griegos plasmaron la dualidad de su naturaleza a través de dos representaciones artísticas muy definidas que reflejaban el comportamiento de sus aguas. Por un lado, se le retrataba habitualmente como un toro con cabeza de hombre barbudo, una metáfora visual utilizada para ilustrar la fuerza salvaje, el estruendoso rugido y las corrientes destructivas del río durante sus épocas de crecida.
Por otro lado, en vasijas y monedas de la época, Aqueloo también adoptaba la forma apacible de un anciano sabio de abundante barba de la cual goteaba agua limpia y cristalina. En esta última faceta, el dios aparecía coronado con juncos y plantas fluviales, simbolizando la fertilidad, el orden y el sustento vital que el cauce del río proporcionaba a las tierras y a los habitantes de sus riberas.
VI. Aqueloo vs. Heracles
Aqueloo y el héroe Heracles compitieron por conseguir la mano y el amor de la bella princesa Deyanira
Al verse Aqueloo superado por la fuerza bruta del semidiós, el potamos usó sus poderes para transformarse primero en una serpiente y luego en un feroz toro.
Durante el brutal combate físico, Hércules le arrancó uno de sus cuernos. Las ninfas lo recogieron y lo consagraron, convirtiéndolo en el legendario cuerno de la abundancia o Cuernocopia.
El colosal combate fue brillantemente retratado por Auguste-Jean-Marie Carbonneaux en bronce en el año 1824. La escultura retrata el instante de tensión máxima en el que Heracles somete al dios del río, quien aparece completamente transmutado en una gigantesca criatura serpentiforme que se retuerce bajo el yugo del héroe.
La magnífica pieza, tras haber adornado los Jardines de las Tullerías encontró su hogar definitivo es la prestigiosa colección de escultura francesa en el Museo del Louvre.
Gracias a la contienda Heracles ganó la mano de Deyanira y Aqueloo tuvo que retirase. Una victoria que el tiempo demostraría amarga pues ella sería quien condenaría al héroe a su final -mediante la capa impregnada de la sangre de Neso- antes de quitarse la vida.
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