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"Hermes con el niño Dioniso" por Praxíteles

I. Contexto histórico 

El "Hermes con el niño Dioniso", conocido también como el "Hermes de Olimpia", constituye una de las producciones más refinadas de la estatuaria griega de la antigüedad. La pieza fue descubierta en el año 1877 por el arqueólogo alemán Ernst Curtius, sepultada entre las ruinas del Templo de Hera en el santuario de Olimpia. La historiografía tradicional ha atribuido de forma unánime esta autoría a Praxíteles, uno de los máximos exponentes del Clasicismo tardío durante el siglo IV a.n.e., fundamentándose en los testimonios literarios del geógrafo Pausanias en el siglo II.
No obstante, la pieza genera un intenso debate entre los especialistas en arqueología clásica. Historiadores del arte como Carl Blümel han propuesto que la escultura visible hoy en día podría ser una copia romana de extraordinaria factura ejecutada en el siglo I, o bien una recreación de época helenística. Esta postura crítica se apoya en anomalías técnicas como el uso del cincel de gradina, el retoque inacabado de la espalda y el tipo de soporte empleado. 
Más allá de esta disputa sobre su ejecución material, la obra refleja a la perfección la crisis de la polis griega tras las guerras del Peloponeso en el siglo IV a.n.e., un momento de desencanto donde el arte abandona la grandiosidad heroica del Alto clasicismo para refugiarse en el intimismo, la lírica y la exploración psicológica.

II. Características formales 

Desde el punto de vista de su configuración formal, la escultura destaca por una superación definitiva de la rigidez tectónica mediante la aplicación de la célebre curva praxiteliana. 
El contoneo sinuoso en forma de "S" que describe la columna vertebral acentúa el contrapposto tradicional, desplazando el centro de gravedad de tal modo que el escultor se ve obligado a introducir un elemento de apoyo externo, resuelto mediante un tronco de árbol cubierto por una densa túnica.
El tratamiento anatómico de la superficie del mármol de Paros se aleja de la musculatura atlética y geométrica que había teorizado Policleto en el siglo anterior. Praxíteles opta por una transición sumamente fluida y blanda entre los planos musculares, aplicando una suerte de sfumato escultórico que difumina los contornos y permite que la luz resbale de manera homogénea sobre la piel. 
El rostro de Hermes muestra las facciones idealizadas del perfil griego, pero introduce una mirada melancólica y ensimismada que evita el contacto visual directo con el espectador o con el propio infante, sumiendo la escena en un misticismo poético. 
Este modelado terso de la epidermis contrasta magistralmente con la rugosidad dinámica del cabello, trabajado a base de mechones fuertemente horadados, y con los pliegues profundos, geométricos y cortantes del ropaje que cuelga del soporte.

III. Significado y función 

La composición escultórica ilustra un episodio específico de la mitología griega clásica, en el cual Hermes, actuando como mensajero divino, transporta al niño Dioniso para ponerlo a salvo de los celos destructivos de la diosa Hera. El infante es hijo de Zeus y de la mortal Sémele, y su destino es ser criado en secreto por las ninfas del monte Nisa. La obra captura un instante de descanso y distensión durante este trayecto.
La verdadera innovación de la pieza radica en la profunda humanización de la leyenda, despojando a las deidades de sus atributos de imperturbabilidad e inaccesibilidad para presentarlas en una actitud de ternura cotidiana e íntima. 
Aunque se ha perdido, se sabe que el brazo derecho de Hermes se elevaba para mostrar un racimo de uvas al pequeño Dioniso, quien extiende sus brazos en un ademán infantil de capturar el fruto. Las uvas operan aquí como una prefiguración iconográfica del futuro papel de Dioniso como dios del vino, el delirio y la naturaleza. 
La función original de la escultura era de carácter puramente votivo y sagrado, diseñada para ser entronizada en el interior de la cella del templo y recordar a los fieles la proximidad y la benevolencia de los dioses protectores.

IV. Conservación y copias 

En la actualidad, la obra se custodia y exhibe en una posición de honor dentro del Museo Arqueológico de Olimpia, en Grecia. A diferencia de la inmensa mayoría de las creaciones de los grandes maestros de la estatuaria griega, que se conocen únicamente a través de traducciones seriadas en época romana, el Hermes de Olimpia goza de la consideración generalizada de ser un documento original del siglo IV a.n.e., circunstancia que incrementa de forma extraordinaria su relevancia dentro de la historia de la cultura material.
El estado de conservación del mármol es notable, si bien la estatua ha llegado hasta nuestros días con evidentes mutilaciones provocadas por el colapso del templo antiguo. 
Faltan por completo el brazo derecho del dios desde la articulación del codo, así como ambas piernas por debajo de las rodillas, de las cuales solo la sección izquierda ha sido objeto de una restitución parcial moderna. El cuerpo del niño Dioniso se encuentra igualmente fragmentado, careciendo de sus extremidades superiores y de los pies. 
Asimismo, el reverso de la pieza muestra un acabado apenas bosquejado con puntero, lo que demuestra que la estatua fue concebida para una contemplación estrictamente frontal, probablemente adosada a uno de los muros o pilastras del espacio sagrado.

V. Relevancia en la historia del arte

La trascendencia del "Hermes con el niño Dioniso" en el devenir de las artes plásticas estriba en su consolidación como el canon alternativo. 
La obra propone una estilización de las proporciones humanas que rompe con el sistema de siete cabezas de la centuria anterior, aproximándose a una modulación de una cabeza respecto a ocho partes del cuerpo que servirá de antesala inmediata para las experiencias estéticas del periodo helenístico.
Praxíteles logró la proeza técnica de insuflar una apariencia de carne viva y maleable a la frialdad de la piedra, sustituyendo la antigua estética del poder y la fuerza por la denominada estética de la gracia o charis
Esta sutil revolución formal abrió la senda hacia la expresión del pathos y la vulnerabilidad en el arte occidental. Desde los maestros del Alto Renacimiento como Miguel Ángel, pasando por el Manierismo, hasta los escultores del Neoclasicismo como Antonio Canova, la lección praxiteliana contenida en este grupo escultórico ha permanecido como el arquetipo absoluto de la belleza idealizada en perfecta comunión con la sensibilidad de la psique humana.


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