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Melampo

I. Melampo 

 Melampo es hijo Amitaón, su madre es Aglaya o Idómena, dependiendo de la tradición que se consulte. Amitaón fue un príncipe de la casa de Creteo. Melampo tiene a Biante por hermano.

Melampo llega a Argos durante el reinado del rey Preto, quien gobernaba en la región de la Argólida. Para situarlo en la cronología exacta que venimos armando, Melampo aparece en la generación de los nietos de Linceo, convirtiéndose en contemporáneo directo de los gemelos enfrentados. 
Su llegada y ascenso al poder ocurren a través de un famoso relato que exalta sus cualidades como médico y político.

II. Las Prétides 

Melampo, originario de Pilosia, viaja a la región de Argos cuando el rey Preto busca desesperadamente ayuda. Las fuentes lo sitúan en la región de Pilosia -Πυλός / Πυλωσία-, que no es la misma que la famosa Pilos micénica. Las hijas del rey -las Prétides- habían enloquecido por un castigo divino, ya fuera por rechazar el culto a Dioniso o por ofender a la diosa Hera. Las princesas vagaban por los campos de Argos desnudas y mugiendo, firmemente convencidas de que eran vacas.  
Gracias a sus dones sobrenaturales de sanación y su capacidad para entender a los animales, promete curar a las princesas a cambio de una parte del reino, concretamente un tercio del territorio. Preto se niega a quedarse únicamente con dos tercios del reino y no llegan a un acuerdo.
La maldición se agrava: la locura se contagia al resto de las mujeres de Argos, quienes comienzan a devorar a sus propios hijos y a huir al desierto. Desesperado, Preto vuelve a llamar a Melampo.
Esta vez, el adivino eleva el precio por el desprecio recibido: exige un tercio del reino para él y otro tercio para su hermano Biante. Preto no tiene más remedio que aceptar.

III. Sanación e impacto en la corona de Argos

Tras guiar a las mujeres en una danza ritual y purificarlas con heléboro, Melampo detiene la locura. A partir de ese momento histórico, el reino de Argos queda dividido permanentemente en tres dinastías que gobiernan en paralelo.
Los Anaxagóridas, la línea original de los descendientes de Linceo y rama del rey Preto; los Biántidas, la línea del hermano de Melampo, Biante; y los Melampódidas, la línea del propio Melampo, que es justamente la que dará origen a los adivinos Anfiarao y Alcmeón.

Melampo es el origen del linaje, el punto natural que inaugura la estirpe y que transmite a sus descendientes -Tálao, Adrasto, Erífile- la mezcla de clarividencia, violencia y destino que caracteriza a toda la familia. 

IV. Melampo, adivino arcaico

Melampo es, ante todo, un adivino arcaico, anterior a la hegemonía profética de Apolo. Su don no procede de un dios olímpico, sino de su capacidad para entender el lenguaje de los animales, especialmente de las serpientes. 

En la tradición más antigua, la que recoge Apolodoro y que subyace en Homero, Melampo adquiere su poder cuando unas serpientes lamen sus oídos mientras duerme. Este origen no es apolíneo: es ctónico, vinculado a la tierra, a la metamorfosis y a la sabiduría animal. Es un tipo de adivinación que Apolo, más tarde, absorberá y reorganizará, pero que en Melampo aparece en estado primitivo. 

Apolo, en cambio, representa la adivinación institucionalizada, el oráculo, la palabra clara, la profecía solar. Melampo no pertenece a ese mundo. Su adivinación es más cercana a la manía dionisíaca, a la curación extática y a la mediación con fuerzas irracionales. 

De hecho, el episodio de la curación de las mujeres argivas lo sitúa en un espacio ritual donde Apolo no interviene. Melampo es un sanador, un intérprete de signos naturales, un mediador con lo salvaje. Su relación con lo divino es directa, pero no olímpica.

Artemisa tampoco aparece vinculada a Melampo en las fuentes antiguas. Aunque ambos comparten un territorio simbólico: la naturaleza, los animales, lo salvaje. 

Sin embaego, no existe una relación narrativa o cultual entre ellos. Artemisa protege a las bestias y a las jóvenes, pero no otorga dones proféticos. Melampo, por su parte, no es cazador ni guardián del bosque: es un intérprete del mundo animal, no un servidor de la diosa. La afinidad temática no se traduce en una relación entre ambos.

Su genealogía conserva ese tono arcaico, marcado por la locura, la curación, la violencia ritual y la adivinación no institucionalizada. Por eso su linaje está tan cargado de maldiciones: no procede de un dios olímpico, sino de un saber peligroso, oscuro y profundamente antiguo.

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