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Egle, diosa del esplendor y del brillo sanador

Egle, la diosa del esplendor y del brillo sanador, es otra de las hijas de Asclepio y Epione y parte del grupo de diosas relacionadas con la salud y la curación. Su nombre proviene de Αἴγλη que significa "brillo" o "esplendor". Es también conocida como Aglaea, denominación que puede confundirla con una de las tres Cárites, hijas de Zeus y Eurínome.

El epíteto de Αἴγλη  también la vincula con la belleza, un componente trascendental de la cultura y la espiritualidad dodecateísta. Vale la pena recordar el importante papel en la formación de los cánones de belleza que jugó la filosofía griega. Los filósofos como Platón y Aristóteles creían que la belleza era una manifestación de la virtud y que las proporciones perfectas del cuerpo humano reflejaban un orden cósmico y divino. Esta idea de que la belleza estaba intrínsecamente ligada a la moralidad y el orden universal influyó en la manera en que los artistas griegos representaban el cuerpo humano. 

De hecho, los cánones de belleza escultóricos griegos nacieron de una combinación de observación de la naturaleza, filosofía y matemáticas. Durante el periodo clásico -siglos V y IV a.n.e.-, los griegos desarrollaron un ideal estético basado en la armonía, la simetría y las proporciones perfectas del cuerpo humano.

Uno de los escultores más influyentes en este desarrollo fue Policleto, quien estableció normas precisas para representar el cuerpo humano basándose en proporciones matemáticas. Su obra más famosa, el "Doríforo" -Portador de lanza-, es un ejemplo de estas proporciones ideales. Policleto escribió un tratado llamado "El Canon", en el que describía las proporciones ideales del cuerpo humano, que debían seguirse para lograr la belleza perfecta.

Las esculturas griegas evolucionaron desde las formas rígidas y simétricas del periodo arcaico hasta las representaciones más realistas y dinámicas del periodo helenístico. Estos cánones omnipresentes se aplican tanto en temáticas religiosas como deportivas. Y es que la búsqueda de la belleza ideal no solo se reflejaba en el arte y la escultura, sino también en la vida cotidiana y en el deporte.

En la Antigua Grecia, los espectáculos públicos incluían competiciones atléticas como los Juegos Olímpicos, donde los atletas competían en disciplinas como la carrera, el lanzamiento de disco y la lucha libre. Aunque los griegos valoraban la belleza, la destreza física, y la fortaleza, no tenían una tradición de combates de gladiadores como los romanos. Es un error muy común en la cultura popular y una diferencia trascendental entre ambos pueblos.

Los gladiadores eran una característica distintiva de la antigua Roma y eran combatientes armados que entretenían al público romano en confrontaciones violentas contra otros gladiadores, animales salvajes y condenados a muerte. Esta práctica se originó en los ritos funerarios romanos y se convirtió en un espectáculo popular durante la República y el Imperio romano.

Sorprendentemente, los gladiadores nos reconducen al esplendor y al brillo sanador, dado que en la antigua Roma, se creía que beber la sangre de los gladiadores muertos tenía propiedades curativas. Se creía que el consumo de sangre humana podía transferir propiedades curativas o espirituales. La práctica muy conocida de beber la sangre de gladiadores muertos en combate, era un tratamiento médico considerado especialmente pertinente en el caso de personas que sufrían de epilepsia. Según el historiador Plinio el Viejo, se pensaba que la sangre contenía una esencia vital que podía equilibrar el cuerpo del enfermo.

El acto de beber sangre gladiatoria estaba asociado con la creencia de que los gladiadores poseían un vigor especial debido a su fortaleza y contacto constante con la muerte. Este ritual no era exclusivo de los estratos populares; incluso médicos romanos de renombre, como Celso, mencionaron la sangre en sus tratados médicos como un remedio poco convencional pero utilizado en casos desesperados.

Si bien la práctica de consumir sangre humana en Roma se limitaba a contextos médicos o rituales, también reflejaba una conexión con tradiciones más antiguas que vinculaban la sangre con la vida y el poder divino.

El cristianismo heredó, en parte, la idea de la sangre como elemento purificador y curativo. Sin embargo, al situar la sangre en el contexto de un sacrificio divino único, el mensaje cristiano transformó la narrativa: la sangre ya no era un elemento que los humanos debían consumir físicamente para sanar o purificar, sino un símbolo de la unión espiritual con Jesús y su sacrificio.

El uso metafórico de la sangre en el cristianismo reflejó una evolución cultural que abandonó las prácticas literales, como beber sangre gladiatoria, y las recontextualizó en una esfera espiritual. No obstante, es posible que la resonancia de esta simbología en las comunidades cristianas tempranas haya sido más fuerte debido a la familiaridad previa con las prácticas romanas.

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