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Sarpedón, psychaí o eidōla

I. Sarpedón 

La figura de Sarpedón presenta dos tradiciones de nacimiento que conviven sin contradecirse, porque cada una responde a una necesidad distinta dentro del imaginario griego. La versión más antigua, la que aparece en "La Ilíada", afirma que Sarpedón nació de la unión entre Zeus y Laodamía, hija del héroe Belerofonte. En este relato, Sarpedón es un hijo mortal de Zeus, amado pero no inmortal, lo que explica la tensión dramática del canto XVI: Zeus desea salvarlo, pero no puede alterar el destino sin romper el orden divino. Esta genealogía subraya la fragilidad heroica y la inevitabilidad del moira incluso para los descendientes del dios supremo.

Una segunda tradición, muy arraigada en Creta, presenta a Sarpedón como uno de los tres hijos que Europa tuvo con Zeus, junto con Minos y Radamantis. En este relato, los tres hermanos gobiernan Creta hasta que un conflicto por el poder provoca la expulsión de Sarpedón. Exiliado, viaja a Licia, donde funda una nueva dinastía y se convierte en un héroe epónimo. Esta versión no contradice la homérica, sino que cumple otra función: legitimar la realeza licia mediante un linaje directo con Zeus y vincularla a la prestigiosa tradición cretense.

El episodio de la muerte de Sarpedón en "La Ilíada" presenta un conflicto entre el deseo personal de Zeus y las limitaciones impuestas por el orden cósmico. Cuando Sarpedón, aliado de los troyanos, es herido de muerte por Patroclo, Zeus expresa a Hera su deseo de salvar a su hijo del destino. Hera le responde que tal acción sería una transgresión grave, señalando que ni siquiera los demás dioses lo aprobarían. Este diálogo establece una distinción clara en la teología homérica: la autoridad suprema de Zeus está sujeta a la jurisdicción de las Moiras y al consenso tácito del orden divino.

La respuesta de Zeus no es la de anular la muerte, sino la de dignificarla ritualmente. Ordena a Apolo que limpie y unja el cuerpo del héroe, y luego encarga a los gemelos Tánatos e Hipnos que transporten el cadáver a su patria, Licia, para que reciba los honores fúnebres correspondientes. Aquí, Tánatos no actúa como una fuerza ciega e implacable, sino como un agente que ejecuta la voluntad de Zeus dentro del marco del destino. La escena ilustra cómo la muerte heroica puede ser mediada y solemnizada por la intervención divina, transformando un fin violento en un tránsito ritualmente ordenado. El cuerpo de Sarpedón es así rescatado de la profanación y la putrefacción en el campo de batalla, asegurando su integridad para el culto funerario.

II. El estado de los muertos: psychaí y eidōla

En la concepción homérica y arcaica griega, los habitantes del Hades son fundamentalmente las ψυχαί -psychaí-, entendidas como el principio vital o el aliento que abandona el cuerpo en el momento de la muerte. 

En los poemas homéricos, la psyché no constituye una personalidad consciente completa; es una sombra -skiá- o un doble evanescente que conserva la apariencia y la voz del difunto, pero carece de fuerza física y de plena conciencia. Se la representa huyendo del cuerpo "como un sueño" o "como humo".

Paralelamente, se emplea el término εἴδωλον -eidōlon-, que significa "imagen", "sombra" o "simulacro". En Homero, el eidōlon es esencialmente lo mismo que la psyché: la forma visible pero intangible del muerto. Este concepto se desarrollará posteriormente en la literatura, adquiriendo matices más complejos, como el eidōlon de Heracles que desciende al Hades mientras su verdadero ser disfruta de la inmortalidad en el Olimposegún aparece en fuentes posteriores a Homero.

Tras la época homérica, el concepto de eidōlon se vuelve más complejo y adquiere una dimensión ontológica más rica. En la lírica arcaica y la tragedia, el eidōlon deja de ser solo la sombra pasiva del muerto y empieza a funcionar como una “imagen autónoma”, capaz de aparecer en sueños, visiones o epifanías. Autores como Píndaro y Esquilo exploran la idea de que el eidōlon puede manifestarse a los vivos para reclamar justicia, exigir ritos funerarios o transmitir un mensaje. Esta evolución convierte al eidōlon en un intermediario entre mundos, una presencia que no es simplemente la psyché debilitada del Hades, sino una forma activa que conserva intención, memoria y agencia ritual.

En la literatura helenística y posterior, el eidōlon se transforma aún más, acercándose a la noción de “doble espiritual”. Se vuelve posible que una persona tenga simultáneamente un eidōlon en el inframundo y otra forma de existencia en otro plano, como ocurre con Heracles, pero también con figuras como Helena en la versión de Eurípides, donde un eidōlon suyo participa en la Guerra de Troya mientras la verdadera Helena permanece en Egipto. Este uso del término revela una concepción plural de la identidad: el ser humano puede desdoblarse, proyectarse o fragmentarse en distintas realidades. El eidōlon deja de ser solo la sombra del muerto para convertirse en un mecanismo narrativo y teológico que permite pensar la multiplicidad del Yo, la supervivencia simbólica y la permeabilidad entre los mundos. Todo ello sin remontarnos a realidades paralelas ni al multiverso.

III. El culto a los muertos y los dioses ctónicos

El mantenimiento del vínculo con los difuntos era una obligación religiosa y social fundamental en la Grecia antigua, recayendo principalmente en el hogar familiar, el oikos. El culto funerario tenía como objetivo apaciguar a la psyché y asegurar su estancia tranquila en el Hades, evitando que se convirtiera en un espíritu agitado y peligroso.

Sobre las prácticas rituales, tras el entierro o la cremación, las ofrendas a los muertos -ἐναγίσματα, enagísmata- se realizaban directamente en la tumba. Estas consistían típicamente en libaciones de líquidos como leche, miel, vino y agua, que se vertían en la tierra para que llegaran al difunto. También se ofrecían alimentos sólidos. A diferencia de los sacrificios a los dioses olímpicos -θυσίαι, thysíai-, donde la comunidad compartía la carne del animal, las ofrendas a los muertos eran holocaustos quemados por completo o derramadas en la tierra, destinadas íntegramente a los habitantes del mundo inferior.

Descuidar estos ritos podía provocar la ira de la psyché, que podía regresar como un espíritu vengativo -ἀλάστωρ, alástōr- para perturbar a los vivos con enfermedades, pesadillas o desgracias. El culto regular en aniversarios y festivales era, por tanto, una forma de gestión de la memoria y la armonía entre ambos mundos.

El ámbito fúnebre estaba regido por los χθόνιοι θεοί -chthónioi theoí-, los dioses de la tierra y del Inframundo, cuyos cultos diferían notablemente de los de los dioses olímpicos. Las deidades principales eran Hades y Perséfone. Hermes, en su faceta de Ψυχοπομπός -Psychopompós-, actuaba como guía de las almas. Hécate -o en su faceta de Brimo- como diosa liminal asociada a las encrucijadas, los fantasmas y los poderes ocultos Estos dioses recibían culto por la noche, con sacrificios y rituales que implicaban contacto directo con la tierra. También se les invocaba en juramentos solemnes y maldiciones -ἀραί, araí-, donde se pedía su intervención para castigar transgresiones.

IV. Contextos rituales de interacción con los muertos

La relación con los difuntos se institucionalizaba en festividades colectivas que regulaban y limitaban el contacto entre vivos y muertos.

Las Antesterias: Hoy, en el tercer día, llamado Chytroi, es un día marcado por un profundo carácter lúgubre. Se cree que las psychaí de los ancestros abandonan temporalmente el Hades y vagan por la ciudad. Los vivos realizan rituales apotropaicos: mastican hojas de espino blanco y untan brea en las puertas de sus casas para protegerse. Las familias ofrecen panspermia a Hermes Ctónico para los difuntos. Al final del festival, se expulsa ritualmente a los muertos y reestableciendo el orden. 

Durante las Antesterias se creía que las psychaí de los muertos regresaban temporalmente al mundo de los vivos. Al final del festival, la fórmula ritual ‘¡Fuera, Káres!’ no expulsa a las Kêres -daimones de la muerte-, sino a los Káres, los espíritus ajenos a la comunidad. Los antepasados familiares no son llamados así, pero igualmente forman parte del colectivo de los muertos que debe retornar al Hades cuando se cierra el Chytroi.

Las Genesia: Una festividad ática de carácter más privado y familiar, dedicada específicamente a los difuntos de la propia casa. Se realiza en una fecha fija anual, del 19 al 25 de septiembre y consiste en visitas a las tumbas y ofrendas, reforzando los lazos del oikos con sus antepasados o lares.

Las Nemesias: El culto a la diosa Némesis, personificación de la distribución justa, la indignación ante la hybris y la venganza divina, podía vincularse indirectamente con los muertos. Se la invocaba para restaurar el equilibrio tras un crimen, lo que incluía ofensas contra los difuntos o la falta de cumplimiento de los ritos funerarios. Su santuario principal en Ática -Rhamnus- era un lugar de peregrinación para quienes buscaban justicia, a veces en nombre de ancestros agraviados.

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