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"La bacanal" por Salvador Rueda


"La bacanal de los andrios"
por Tiziano (1523–1526)

Desierto y mudo su elocuente foro;

con estallar de estrépito sonoro

la delirante bacanal asoma.


No importa que minando la carcoma

esté su base de sillares de oro,

ni que entre mares de imborrable lloro

caiga como la impúdica sodoma.


El festival con su esplendor la baña,

y sus noches magnificas recrea,

y con báquicos bailes le acompaña.


Y Roma, entre el festín que la rodea,

vacila como tronco en la montaña

que, antes de herirlo, el viento bambolea.


2


Abren la marcha grupos numerosos

de silenos con pieles revestidos,

que adelantan el paso confundidos

con grupos de bacantes bulliciosos.


Agitando los tirsos primorosos

de cien lazos espléndidos ceñidos,

excitan y enardecen los sentidos

con sus bailes de ritmos cadenciosos.


De la noche rompiendo las tristezas,

van antorchas de rayos penetrantes

que del cuadro destacan las bellezas.


Y un escuadrón de sátiros saltantes

conduce en las cornígeras cabezas

hojas de hiedra en círculos triunfantes.


3


Mujeres con figura de victoria

siguen vestidas de lujosas galas,

y abren en sus omóplatos las alas,

símbolo de su triunfo y de su gloria.


Vivas luces ardiendo a la memoria

del gran Dionisos brillan cual bengalas,

y de sus tonos tienden las escalas

sobre el festín de la romana escoria.


Un bello altar de perlas coronado,

que irradia como asiático tesoro,

va de frondosas pámpanas orlado.


Y en pos de cien niños a compás sonoro,

llevan como presente delicado

el azafrán en páteras de oro.


4


Tras de un tropel que rompe y desbarata,

libre de toda ley, lazos y frenos,

llegan en el tumulto dos silenos

en cuya piel la luz rayos desata.


Uno que e1 vivo júbilo retrata

va dando brincos de destreza llenos,

y el otro lanza vibradores truenos

de una trompeta de maciza plata.


Entre los dos, de trágico vestido,

un hombre va colérico accionando

y el rostro tras la máscara escondido.


Es el actor que avanza declamando,

y viene con acento enardecido

dáctilos y espondeos recitando.


5


Esparciendo, prolíficas, los dones

con que la madre tierra las dotara,

entre pompas que un rey ambicionara

avanzan las diversas estaciones.


Resuenan encomiásticas canciones

en las que va la perfección más rara,

y en copa enorme que de hervir no para

hacen sátiros mil sus libaciones.


Trípodes al de delfos semejantes

y piedras erizadas de facetas,

van mezclados con copas deslumbrantes.


Y ensalzan en su lira los poetas,

con ditirambos bellos y brillantes,

el premio destinado a los atletas.


6


Baco, encima de un carro reluciente,

va por torvas panteras arrastrado,

y en un vaso de plata cincelado

bebe la espuma del licor hirviente.


Un tazón de laconia transparente,

bajo el dosel de pámpanas formado,

luce su primoroso modelado

junto a jarros y perlas del oriente.


Muestran las cabelleras destrenzadas

en el carro triunfal nobles matronas

con las sacerdotisas inspiradas.


Y cubiertas de pieles de leonas,

van al pagano rito encadenadas

mujeres con laureles y coronas.


7


Cien brutos de otro carro van tirando:

es un lagar de áureos racimos lleno,

que están, al son de un canto de sileno,

enardecidos sátiros pisando.


Al brusco ritmo con que van bailando,

la uva derrama su jugoso seno,

y fingen sordo resonar de trueno

los duros pies el suelo golpeando.


Copas de plata el chorro desprendido

reciben en sus fondos deslumbrantes,

cual si el nácar hubiéralos bruñido.


Trasiéganlas las turbas delirantes,

y el carro lleva a su espaldar uncido

un reguero de lúbricas bacantes.


8


De la profusa bacanal liviana

avanza otro vehículo asombroso

bajo un odre gigante y portentoso

que de leopardas pieles se engalana.


Sobre su inmensa cima soberana,

como en hombros de homérico coloso,

en montón hacinado y prodigioso

junta sus artes la ciudad romana.


Jarros, trípodes, vasos a porfía,

bajo relieves de cincel divino,

asombran la exaltada fantasía.


Y a lo largo llevadas del camino,

al par que derramando la alegría,

van vertiendo las cráteras el vino.


9


Sigue un cuadro de gracia y de belleza:

niños vestidos de ideal blancura

muestran ceñidas en la frente pura

coronas que tejió naturaleza.


Sobre un carro cargado de riqueza

vierte una gruta esencias y frescura,

y hay un coro de ninfas que asegura

verde laurel a la gentil cabeza.


Dos fuentes de las peñas se desmandan

entre ramajes y aromadas pomas,

y leche y vino en sus raudales mandan.


Ungen el aire asiáticos aromas,

y por cima del carro se desbandan

espirales de espléndidas palomas.


10


Dos cazadores con venablos de oro,

de numerosos perros circundados,

que hircania regaló en sus collados

para ornamento del festín sonoro,


van escuchando el encendido coro

de entusiásticos himnos, dedicados

al Dios que lleva a su poder atados

tanto regio esplendor, tanto tesoro.


Árboles de magnífico follaje

ponen dosel de agreste poesía

al cuadro halagador con su ramaje.


Y en sus hojas estalla la armonía

de cien aves de espléndido plumaje

que en bellas jaulas regaló Etiopía.


11


Siguen el lento paso torvas fieras

de hirsuta piel en tintas salpicadas,

elefantes de trompas enroscadas,

las de diente voraz rubias panteras.


Con lanas como blondas cabelleras

van las llamas de formas delicadas,

y las alas de armiño inmaculadas

abren los cisnes como dos banderas.


Águilas de pupila rutilante,

de duras garras y de corvo pico,

nobleza prestan al festín brillante.


Y el pavo real, de tornasoles rico,

desata la baraja deslumbrante

de las plumas sin fin de su abanico.


12


Cierra la marcha, espléndido y grandioso,

un grupo de cien carros resonantes,

donde avestruces, ciervos y elefantes,

pasan en un desfile esplendoroso.


Baco, en medio, deslumbra victorioso

coronado de pámpanas flotantes,

entre sabias ciudades que triunfantes

simbolizó el artista prodigioso.


El vino en copas cinceladas prueban

sátiros que, beodos, van saltando

y a las bacantes lúbricas sublevan.


Y esclavos rudos a compás danzando,

ébano en troncos colosales llevan

sobre los recios hombros descansando.


13


Y entre esa orgía de placer profundo,

pasmo y asombro del cerebro humano,

que atraviesa en desfile soberano

con su tropel de carros rubicundo;


entre ese delirar vivo y jocundo

río que corre al lóbrego océano

donde revueltas en su estruendo vano

van a morir las glorias de este mundo,


la antigua sociedad, roto su cielo,

siente que en su espaldas se desploma,

y herida pliega el vacilante vuelo.


Borra el festín su embriagador aroma,

se apagan las antorchas, tiembla el suelo,

¡se abre el abismo y se sepulta Roma!

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