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Adonis y las anémonas

En la isla de Chipre nació Adonis, un joven cuya belleza era tan extraordinaria que se decía que ni siquiera los dioses podían apartar la mirada de él. Su madre, Mirra, había sufrido la ira divina, lo que la llevó a transformarse en un árbol de mirra antes de dar a luz a Adonis. A pesar de su origen trágico, el niño fue recibido como un regalo del destino y quedó al cuidado de Perséfone, la reina del Inframundo.

Desde su infancia, Adonis creció rodeado de maravillas. Afrodita, la diosa del amor, quedó cautivada por él desde el primer momento en que lo vio y decidió llevarlo consigo para protegerlo. Pero al compartir este privilegio con Perséfone, surgió una disputa entre ambas diosas. Perséfone se negaba a devolverlo, afirmando que el Inframundo era su hogar, mientras que Afrodita argumentaba que la belleza de Adonis era un don que debía iluminar más allá del reino de los muertos.

Zeus, testigo de la discordia, intervino para resolver el conflicto. Decidió que Adonis pasaría un tercio del año con Afrodita, otro tercio con Perséfone y el resto donde él deseara. Adonis, cautivado por Afrodita, eligió pasar el tiempo restante con ella, y juntos disfrutaban de días idílicos en los bosques y praderas.

Sin embargo, la belleza de Adonis no solo atraía el amor, sino también la envidia. Ares, el dios de la guerra y amante de Afrodita, celoso de la atención que ella le brindaba al joven, decidió poner fin a su vida. Durante una cacería, Adonis fue atacado por un jabalí salvaje, una bestia enviada por Ares o, según otros, por Artemisa, la cazadora. El animal lo hirió de muerte, y Adonis cayó al suelo, su sangre tiñendo de rojo la tierra.

Afrodita llegó demasiado tarde, solo para encontrar a su amado agonizando. Con lágrimas en los ojos, rogó a Zeus y a las Moiras que Adonis no fuera olvidado. Las flores comenzaron a brotar de donde caían las gotas de sangre: las anémonas, símbolos de efímera belleza. Zeus, conmovido por el dolor de Afrodita, permitió que Adonis pasara parte del año en el inframundo con Perséfone y la otra parte en el Olimpo con Afrodita. El mirto también quedó asociado con Afrodita. Se dice que surgió de las lágrimas de Afrodita cuando mataron a su amante, Adonis. También se utilizaba en ceremonias de matrimonio como símbolo de amor y fidelidad.

Así, Adonis se convirtió en el emblema del ciclo de la vida y la muerte, de la renovación de la naturaleza y de la fragilidad de la belleza mortal. Su memoria fue honrada con festivales, las Adonias, en los que los hombres y las mujeres lloraban su partida y celebraban su regreso, reflejando en su destino la eterna danza entre la vida, la pérdida y la esperanza.

El nombre de Alexander McQueen quedó profundamente vinculado a su trágico fallecimiento en febrero de 2010. El brillante diseñador inglés fue hallado sin vida en su residencia de Londres a los 40 años, tan solo diez días después de la muerte de su madre. Una década más tarde, la firma McQueen presentó una colección que destacaba las anémonas como motivo floral, con diseños en los que los intensos tonos rojo sangre impregnaban las telas, fundiéndose hasta por las faldas como si estuvieran empapadas de carmín. Esta poderosa alegoría de la muerte y la sangre evoca no solo el desgarrador final de McQueen, sino también el destino de Adonis, cuyas gotas de sangre, según vimos, dieron origen a esta flor.

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