¡Qué hermosa está la mañana! La luz del sol centellea; las flores dan sus perfumes, sus rumores la arboleda. De rama en rama cantando, sin cesar revolotean los alegres pajarillos, cuyos trinos me embelesan. Va entre flores el arroyo, rico en perfume y cadencia, y van saltando sus limpias aguas entre guijarros y piedras. Se escucha el tierno balido de los rebaños de ovejas, que, como copos de nieve, se destacan en la hierba. Aquí se eleva una choza que es de pastores vivienda; allá, una casita blanca, más blanca que la azucena. Más adelante, un cortijo; junto al cortijo, la huerta; junto a la huerta, una casa, y junto a la casa, la iglesia. Lleno de encinas está el monte, rica de fruta la vega; el río, con muchos árboles... ¿No lo sabéis? Es mi aldea.