"El asesinato de César" o "La matanza de César", por Karl Theodor von Piloty (1865)
I. Idus de marzo
Los Idus de marzo, celebrados mañana, el 15 de marzo, quedaron históricamente asociados al asesinato de Julio César en 44 a.n.e. Célebres en la historia por ser una fecha que marcó el fin de la República Romana y alteró el curso de la antigüedad.
A mediados de cada mes, especialmente cuando coinciden con la luna llena, los días 13 o 15 eran percibidos por los romanos como momentos cargados de augurios y, a menudo, de malos presagios. Esto es así porque el calendario romano posterior fijó los Idus en días concretos -en marzo, mayo, julio y octubre los Idus caían el día 15; en los demás meses el día 13-. La coincidencia plenilunar no marcaba una regla práctica con el calendario romano tardío.
La noción de suerte y destino tenía un peso significativo en la espiritualidad y las creencias de los romanos. Los idus de marzo, en particular, quedaron asociados para siempre con la traición y el asesinato de César, un evento que nos sigue impactando como una historia inquietante llena de conspiraciones y tragedias humanas.
Plutarco recuerda que Julio César fue advertido por un vidente de que correría un gran peligro durante los Idus de Marzo, pero el estadista romano no tomó en serio la advertencia. Camino a su embocada en el Senado le dijo con mofa: "Los idus de marzo ya han llegado" y la réplica del adivino fue amarga: "Sí, pero aún no han acabado". La escena literaria es también conocida de la mano de Shakespeare. Plutarco recoge la respuesta dek adivino y Shakespeare la dramatiza a su manera, fiel a la recreación teatral.
Sobre la dimensión religiosa: la advertencia del adivino encaja en la práctica romana de augurios y adivinación, que sí tenía peso social y político, pero no hay evidencia de que César ignorara sistemáticamente todas las señales; las fuentes muestran ambigüedad sobre cuánto creyó o no en la advertencia. La evocación del Lupercal en la tradición teatral y biográfica es relevante, pero conviene explicitar que algunos detalles son reconstrucciones literarias.
II. Ista quidem vis est?
El grupo de conspiradores interceptó a César justo cuando se dirigía al Teatro de Pompeyo, lugar donde se reunía la curia romana. Lo apartaron hacia una estancia anexa al pórtico oriental y allí le entregaron la supuesta petición. Mientras el dictador comenzaba a leerla, Tulio Cimber -quien se la había presentado- tiró bruscamente de su túnica, lo que llevó a César a exclamar indignado: Ista quidem vis est? -«¿Qué clase de violencia es esta?»-. No hay que olvidar que, por su tribunicia potestas y su condición de Pontifex Maximus, César era legalmente inviolable.
En ese instante, Casca sacó una daga y le propinó un corte en el cuello. César reaccionó con rapidez y, clavando su punzón de escritura en el brazo del agresor, le reprochó: «¿Qué haces, Casca, villano?», pues portar armas en una sesión del Senado constituía un sacrilegio.
Aterrorizado, Casca gritó en griego ἀδελφέ, βοήθει! -«¡Ayuda, hermanos!»-. Esa llamada fue la señal para que todos los conspiradores se abalanzaran sobre el dictador, incluido Marco Junio Bruto. César intentó huir del edificio para pedir auxilio, pero, cegado por la sangre, tropezó y cayó. Los atacantes continuaron apuñalándolo mientras él yacía indefenso en los escalones del pórtico.
Según Eutropio y Suetonio, participaron en el magnicidio al menos sesenta senadores. César recibió veintitrés puñaladas, aunque, si damos crédito a Suetonio, solo una, la segunda, en el tórax, resultó realmente mortal.
La famosa frase "¡Tú también, hijo mío!" -Καὶ σὺ, τέκνον- pronunciada al ver a su protegido Marco Junio Bruto, simboliza la amarga decepción de su traición, recordándonos que, ante el poder, incluso los vínculos más cercanos pueden romperse. Plutarco, Suetonio y otros autores ofrecen variantes distintas. La línea tal como la conocemos es en gran parte literaria y su historicidad exacta es discutida.
Aún los testimonios antiguos transmiten tradiciones diversas y a menudo contradictorias. Las recreaciones literarias posteriores consolidaron imágenes dramáticas, sanguinarias y hasta poeticas de los momentos previos y del ataque mismo a que acabaron con la romantización del complot. La recepción posterior transformó la fecha en emblema histórico-cultural.
III. Divus Iulius
Julio César no era ajeno al resentimiento que muchos senadores sentían hacia él. Era plenamente consciente de que su ascenso político, su acumulación de cargos y su creciente autoridad habían despertado temores y hostilidad dentro de la élite romana. Aun así, confiaba en que su política de clemencia, su popularidad entre el pueblo y los favores que había concedido a varios de los futuros conspiradores serían suficientes para mantenerlos a raya. Más que ignorancia, lo que hubo fue una peligrosa mezcla de confianza excesiva y la convicción de que nadie se atrevería a desafiarlo abiertamente.
En cuanto a su relación con el poder, César nunca se consideró emperador en el sentido que más tarde tendría el término bajo Augusto. El título imperator existía ya en la República y se otorgaba a los generales victoriosos, sin implicar una monarquía. César lo utilizó, pero no como símbolo de un régimen imperial. Fue Augusto quien transformó ese título en la base del nuevo sistema político que hoy llamamos Imperio Romano.
Tampoco César se proclamó divino durante su vida. Sin embargo, aceptó honores que muchos romanos consideraron excesivos y cercanos a la realeza o incluso al culto religioso: estatuas entre las de los dioses, sacerdotes dedicados a su figura y privilegios que lo situaban por encima de cualquier otro ciudadano. Estos gestos alimentaron la percepción de que aspiraba a convertirse en rey, algo intolerable para buena parte del Senado. Solo tras su muerte fue oficialmente divinizado como Divus Iulius, un título que Augusto supo aprovechar para reforzar su propia legitimidad como “hijo del dios”.Las figuras de Julio César y Augusto dejaron una impronta tan profunda en la cultura romana que su legado persiste incluso en nuestro calendario, con los meses de julio y agosto honrando sus nombres y su impacto histórico.
IV. El destino del cuerpo de César
Julio César fue cremado públicamente en el Foro Romano, en el mismo lugar donde hoy se encuentra el Templo del Divino Julio. Tras su asesinato, su cuerpo fue llevado al Foro, donde la multitud, enardecida por el discurso de Marco Antonio, improvisó una pira funeraria y lo incineró allí mismo. Sus cenizas fueron depositadas en el lugar de la cremación, que más tarde Augusto monumentalizó construyendo el templo en su honor.
En la actualidad, los restos de César no se conservan como tal. Las cenizas, expuestas al aire libre en una pira improvisada, probablemente quedaron dispersas o integradas en el altar que se erigió posteriormente. Lo que sí permanece es el altar del Templo de César, un pequeño montículo de piedras dentro del Foro Romano donde los visitantes siguen dejando flores a diario. Este punto es considerado el memorial simbólico y el lugar tradicional donde se honra su memoria.

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