I. Los dioses reducidos a un cómic gamberro
"Destripando la historia", la exitosa saga de Álvaro Pascual y Rodrigo Septién y -Pascu y Rodri- el panteón heleno se presenta como un grupo de “colegas” con personalidades exageradas, rasgos grotescos y dinámicas de pandilla. Afrodita es una ninfómana que “da asco”, Hestia “te parte la cara”, Ares es un bruto, Hera es una arpía, Zeus es un salido. No es una lectura del helenismo: es una traducción al código humorístico juvenil, donde la irreverencia funciona como marca de estilo. Una vez más, asistimos a un tipo de representaciones que se convierten en la imagen dominante para generaciones que no tienen contacto con la complejidad conceptual del helenismo.
Esta forma de actualizar las narrativas helenistas le hace un flaco favor a la comprensión del panteón. Solo para responder a una caricaturización, Hestia es una figura excepcional precisamente porque, al contrario de lo que enseña "Destripando la historia", no tiene ningún conflicto con otra deidad olímpica y es extremadamente pacífica. La pérdida de la dimensión ritual y espiritual del helenismo permite que lo divino se convierta en material estético disponible para cualquier exageración. Así, el panteón acaba en un puñado de caricaturas adolescentes, casi personajes de sitcom, reducido a personajes de cómic gamberro.
II. El arquetipo contemporáneo como relato único
La cultura del cómic y la animación ha reforzado esta tendencia durante décadas. Marvel, DC, videojuegos, anime, series infantiles: todos han usado a los dioses griegos como personajes intercambiables, simplificados y adaptados a arquetipos contemporáneos. Ares como macho viril y ciclado, Afrodita como femme fatale, Hermes como bromista hiperactivo. Son máscaras modernas que no tienen nada que ver con las características, los epítetos, los cultos locales o las funciones rituales que definían a estas potencias en su contexto original.
Lo sorprendente es que estas caricaturas no solo circulan en el entretenimiento, sino que impactan en la divulgación, la conversación cotidiana e incluso la forma en que algunas personas se acercan al helenismo contemporáneo. El imaginario reconstruye estas versiones como si fueran “la personalidad real” de los dioses, sin darse cuenta de que están citando a YouTube, a un cómic o a una serie animada, no a Pausanias, no a Calímaco, no a los himnos, no a los cultos.
III. Deshistorizar a los dioses para transformarlos en un producto
La operación de deshistorizar -tal vez como consecuencia de "destripar la historia" - funciona como una forma de amputación simbólica. Al separar a los dioses de los episodios que los generaron, de las visiones colectivas que los moldearon y de las prácticas que les daban cuerpo, se los convierte en abstracciones flotantes, figuras sin fricción. Esa extracción no es inocente: borra la materialidad ritual, la dimensión política y la textura contradictoria que definían su presencia en la vida común.
Cuando un dios se reduce a personaje, la construcción se aplana para transformarse en un producto. Los dioses dejan de ser fuerzas que atraviesan la agricultura, la guerra, la enfermedad, la sexualidad o la justicia, y pasan a ser figuritas intercambiables, útiles para ilustrar emociones contemporáneas o para adornar relatos sin riesgo. En ese gesto se pierde la tensión entre lo humano y lo divino. Se pierde, en definitiva, la capacidad del Helenismo para ser una religión.
Y es ahí donde la espiritualidad helénica se convierte en decorado: un repertorio de imágenes reconocibles, desactivadas, listas para ser consumidas sin implicación. Lo que antes era un sistema vivo -un entramado de prácticas, relatos, gestos, silencios y negociaciones con lo sagrado- queda reducido a estética. Un dios deja de operar como tecnología simbólica y pasa a funcionar como ornamento. Y cuando eso sucede, no solo se empobrece la comprensión del mundo antiguo: también se empobrece nuestra capacidad de leer lo sagrado como algo que todavía puede interpelar, transformar o desestabilizar.
IV. La polisemia ignorada
Cuando hablamos de polisemia en relación con los dioses griegos, nos referimos a que cada dios no tiene un solo significado, una sola función o una sola “personalidad”, sino un abanico de sentidos que se activan según la polis, el rito, la época, la comunidad y la necesidad simbólica. No son personajes coherentes y unificados, sino nudos de fuerzas que cambian de matiz según el contexto.
En la práctica, esto significa que no existe “Atenea” en abstracto, sino Atenea Polias en Atenas, Atenea Ergane en los talleres, Atenea Promachos en la guerra, Atenea Hygieia en la sanación. Cada epíteto no es un apellido decorativo: es una función ritual distinta, con su propio culto, su propio espacio, su propio tipo de relación con la comunidad. Lo mismo ocurre con Dioniso -que puede ser liberador, destructivo, agrícola, teatral, iniciático- o con Apolo -sanador, profético, purificador, vengativo, pastoril-. Esa multiplicidad no es un caos: es la forma en que lo divino se inscribe en la vida social.
Por ello, la caricatura desactiva esa polisemia. Cuando un dios se convierte en un personaje plano -el “dios del vino”- se pierde la tensión entre sus capas, sus contradicciones, sus usos rituales y sus efectos sociales. Se pierde la posibilidad de que un mismo dios sea protector y peligroso, luminoso y oscuro, normativo y transgresor. Y al perder esa complejidad, el helenismo deja de ser una herramienta viva para pensar el mundo y se convierte en un decorado narrativo sin espesor.

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