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Canícula

Hacia el mediodía, el chirrido de las cigarras se acelera sobre la avenida. El calor aprieta y en lo alto de las copas de los árboles los rayos del sol caen inclementes.
Por la tarde, un batallón de moscas invade las sombras, una horda de golondrinas aprovecha el festín.
Ya es de noche, pero noche húmeda y sin viento, el termómetro todavía supera los 25°C. Desde las sombras, los murciélagos aletean a la captura de infinidad de mosquitos.
Es la canícula pero no viene sola, un hervidero de insectos la acompaña día y noche, reproduciéndose en el calor del verano.

Este momento del año se atribuía al calor abrasador que anunciaba Sirio, la estrella del Canis Major, asomado sobre el horizonte antes de salir el Sol.

Los campos están secos y la tierra resquebrajada. La hostilidad del clima acelera el afán de supervivencia de muchas especies. En el Mediterráneo escasean las lluvias y se secan arbustos y pastos.

Es complicado sobrevivir sin provisiones. Es duro dormir de noche entre el sudor y las sábanas pegadas. Apollo parece señalar otro punto difícil del calendario: de plagas y luz, de extremos.

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