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El gallo y su eterna omnipresencia


El gallo -Gallus gallus domesticus- tiene sus raíces en el sudeste asiático, descendiendo del gallo salvaje, Gallus gallus, que aún habita en regiones boscosas de India, Tailandia, Malasia e Indonesia. Se estima que su domesticación comenzó hace más de 7.000 años, cuando las comunidades humanas empezaron a criar estas aves tanto por su carne como por su producción de huevos. Desde Asia, el gallo fue introducido en Oriente Próximo y Europa durante la prehistoria. Los restos arqueológicos más antiguos que confirman su presencia en Europa se datan hacia el 5.000 a.C., llegando por rutas comerciales que conectaban Asia y el Mediterráneo.

El gallo fue un animal significativo en el mundo clásico. En la tradición griega, el gallo estaba profundamente ligado al culto a Asclepio, el dios de la medicina y la sanación. En la "Apología de Sócrates" de Platón, el filósofo moribundo solicita ofrecer un gallo como ofrenda a Asclepio, antes de beber la cicuta: "Critón, debemos un gallo a Asclepio; págalo y no lo descuides". Estas palabras, cargadas de simbolismo, sugieren que el gallo representaba el agradecimiento por la liberación del alma, ya fuera de las dolencias del cuerpo o del ciclo de la vida misma.

Los gallos no solo fueron valorados por su utilidad práctica, sino también por su comportamiento distintivo, especialmente su canto al amanecer, que pronto se asoció con el paso del tiempo y los ciclos de la vida. En Roma, el gallo ocupaba un lugar destacado como presagio, y su comportamiento era observado en los rituales de augurios.

Durante la Edad Media, el gallo adquirió un papel central en el simbolismo cristiano. Se le asociaba con la vigilancia espiritual y la fidelidad, temas reflejados en su vínculo con la figura de Pedro, el apóstol que negó a Cristo tres veces antes de que cantara el gallo. Esta asociación convirtió al gallo en un emblema de arrepentimiento y redención. Manuscritos iluminados y obras de arte también muestran al gallo como un símbolo de la victoria del alma sobre la oscuridad y el pecado.

En las creencias populares, el gallo también era un protector contra espíritus malignos y conjuros. Se pensaba que su canto ahuyentaba a las fuerzas oscuras y marcaba el fin de la actividad de lo sobrenatural, simbolizando la llegada de la luz sobre las tinieblas.

En las religiones animistas, el gallo ocupa un lugar destacado en los rituales de sacrificio y purificación. En África occidental, el gallo rojo es considerado un intermediario entre los vivos y los muertos, y su sacrificio se utiliza para apaciguar a los espíritus o para realizar peticiones en momentos de crisis.

En Haití, dentro del contexto del vudú, el gallo es parte de ceremonias que buscan la protección de las deidades y la comunidad. Su sacrificio es visto no como un acto violento, sino como una ofrenda de respeto a los espíritus. Del mismo modo, en ciertas culturas del sudeste asiático, los gallos son sacrificados en rituales agrícolas para garantizar buenas cosechas.

En la tradición china, el gallo ocupa un lugar especial como uno de los doce animales del zodíaco. Representa la puntualidad, la energía y la confianza. Según la leyenda, el gallo fue reconocido por Buda para formar parte del zodíaco gracias a su carácter trabajador. Es un símbolo de buena fortuna y protección contra los malos espíritus. Las imágenes de gallos adornan templos y hogares, y se cree que su figura espanta la mala suerte. En el Año del Gallo -1969, 1981, 1993, 2005, 2017-, aquellos nacidos bajo este signo son considerados ambiciosos, meticulosos y responsables.

En la actualidad, el gallo se ha convertido en un símbolo universal, asociado tanto con su origen rural como con valores modernos. Es el emblema nacional de Francia, conocido como el "gallo galo", representando la vigilancia, la resistencia y la audacia del pueblo francés. Su imagen aparece en camisetas deportivas, monedas y sellos oficiales.

En el ámbito comercial, el gallo se utiliza ampliamente como logotipo en marcas relacionadas con el deporte, la gastronomía y la agricultura, evocando fuerza, calidad y autenticidad. Asombra su omnipresencia en productos y campañas publicitarias. Esto sin contar su explotación industrial, ya que millones de estos animales son criados en condiciones intensivas para satisfacer la demanda global de carne y huevos.  Según datos de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 2020 la población mundial de estos animales superaba los 33.000 millones de ejemplares. En comparación, la población humana alcanzó los 8.000 millones a mediados de noviembre de 2022.  Esto indica que la cantidad de estos animales en el mundo es más de cuatro veces superior a la población humana. En España, aún son utilizados en peleas de gallos, legales en algunas regiones como Andalucía y Canarias.

Dejemos que el canto del gallo nos sirva para dar lugar a un nuevo período religioso, el de Asclepio, cumpliendo su lugar como ave predilecta.

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