Sobre el orgullo gay


Señores míos: no espero que entiendan lo que pesaré a explicar a continuación sobre el orgullo gay ya que he sido testigo -nunca cómplice- de vuestra resistencia, de vuestro rechazo visceral hacia los homosexuales que vivimos nuestra cotidianidad sin culpa y sin miedo a ser descubiertos como tales. Aún así, aquí les explico una vez más aquello que no me explico por qué no entienden.

Es sencillo: muchos hombres y mujeres viven mutilados, algunos se han sentido toda su vida condenados a un deseo que les horroriza, otros sencillamente han desatendido las voces de sus propias fantasías. Hay allí fuera mucho miedo, demasiado. Tendemos a creer que ya no es tan así, como tendemos a creer que el mañana será mejor, pero es una esperanza injustificada, más bien falta de información.
Desde pequeños nos educan para ser buenos hijos, buenos padres, para mantener una serie de valores entre los que figura, accidentalmente, el miedo a la alteridad.
Hay una minoría de hombres y mujeres diferentes, que gustan de algunas personas de su mismo sexo. Hasta aquí, nada difícil de creer.

Algunas de esas personas homosexuales decidirán no explorar su sexualidad o vivirla de manera encubierta. Sienten miedo porque creen que su sexualidad es anormal –sólo porque creen que escapa de la norma- y hasta antinatural –sólo porque ignoran 150 000 años de nuestra especie-. Sea por lo que fuere, ellos vivirán, si se atreven, en la farsa y el disimulo: la llamada a escondidas por el móvil, el amigo recurrente, la compañera de piso, el polvo rápido y anónimo y otras espantosas situaciones carentes de la más básica dignidad.
Muchos gays sabemos que ese miedo paraliza, no ignoramos que es producto de nuestra educación y nuestro entorno y por más que conocemos las convenciones sociales, sencillamente nos las pasamos por el culo (sic.) ¿Por qué? Lo hacemos por nosotros y por los otros homosexuales.

En Fuerteventura, Franco construyó una cárcel donde envió a cientos de homosexuales a picar piedra. Hoy allí sólo verás hoteles de mediano lujo, es decir, que ese monumento a las víctimas de la homofobia no existe, el de Franco a caballo, sí. Hasta que Fuerteventura no alce un monumento por los muertos de la intolerancia, seguiremos luchando contra ella.

En Stonewall, New York, un 28 de Junio de 1969 unos 2000 gays combatieron durante cinco días a las fuerzas policiales que los perseguían y encarcelaban; sabiendo que la situación no ha cambiado mucho en la mayoría de los países del mundo, seguiremos gritando aquello de “we are queer, we are here, get used to it”. Eso se llama, en esta causa, solidaridad. Entonces, por comprender el espanto que vivieron quienes ya no están y la humillación a la que fueron sujetos, enseñamos nuestro orgullo.
Y también porque todos, alguna vez, vivimos ese miedo, por más que los que marchemos, mayoritariamente, ya nos liberamos de él, aún así reconocemos que la mejor forma de hacerle frente al rechazo es erguir el pecho, no acobardarse. Y como ya no vivimos mutilados, queremos enseñar un poco lo que nuestros padres jamás nos enseñaron de pequeños: a ser homosexuales orgullosos de nuestra condición.
Por eso existe el orgullo gay, porque es una forma eficaz de combatir la vergüenza con la que cubrieron nuestra condición. Y al que no le guste, que me coma la polla.