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Cratos: Yo soy el poder



I. Cratos/ Kratos

Cratos -Κράτος-, cuyo nombre significa literalmente «poder», «fuerza» o «dominio» es la personificación del poder soberano, especialmente del poder ejecutivo e irresistible que emana de la autoridad legítima. A diferencia de su hermana Bía, Cratos representaba el poder institucional y coactivo, aquel que no solo impone la fuerza, sino que también manda, ordena y hace cumplir la ley divina.

Según la "Teogonía" de Hesíodo, Cratos era hijo del titán Palas y de la oceánide Estigia, hermano de Niké, Zelos y Bía. Hesíodo narra que Estigia acudió con sus hijos junto a Zeus durante la Titanomaquia, y que el dios los honró perpetuamente, concediéndoles privilegios inmortales y la morada en el Olimpo. Desde entonces, Cratos se convirtió en uno de los compañeros inseparables de Zeus, encarnando la autoridad inquebrantable del rey de los dioses.

Como vimos, la fuente principal donde aparece Cratos actuando es el "Prometeo encadenado" de Esquilo. En el prólogo de la tragedia, Cratos y Bía irrumpen en escena junto al dios Hefesto para ejecutar el castigo de Prometeo. Cratos es él quien da las órdenes, quien insulta a Prometeo, quien amenaza a Hefesto y quien justifica la acción de Zeus. El texto es explícito en este sentido: «Hemos llegado a la tierra última, a la escitia región solitaria, / Cratos y Bía, servidores del dios que manda». Más adelante, Cratos censura la compasión de Hefesto y le recuerda que «el poder de Zeus es severo». Cratos representa la «fuerza del mandato» frente a la «fuerza pura y ejecutora» de Bía.

Cratos pertenece al ámbito de la soberanía legítima, mientras que Ares pertenece al ámbito del combate y la violencia desordenada.

A diferencia de Niké -la Victoria-, que tuvo culto extendido en Atenas, especialmente con el templo de Atenea Niké en la Acrópolis, descrito por Pausanias, Cratos no recibió culto público propio. Su presencia era más bien conceptual y literaria, aunque su figura fue recuperada en la tradición filosófica neoplatónica, como en Plutarco cuando utiliza el término kratos como principio político y divino.

En el arte griego, Cratos aparece representado ocasionalmente en contextos representativos junto a Zeus o en escenas de castigo divino, aunque su iconografía no es tan frecuente como la de Niké. En la actualidad, el nombre Κράτος ha pervivido en términos como democracia -δημοκρατία, poder del demos-, aristocracia -ἀριστοκρατία, poder de los mejores- o teocracia -θεοκρατία, poder de dios-, testimoniando la profunda impronta de esta personificación en el pensamiento político occidental.

II. Kratos en democracia 

Según los testimonios históricos, fue el historiador Heródoto quien utilizó por primera vez el término democracia en sus escritos. Es importante subrayar que el término kratos no designa cualquier tipo de poder. A diferencia de otras palabras griegas como arjé -gobierno, mando- o bía -violencia física, fuerza bruta.-, kratos implica un poder institucional, legítimo y sostenido: el poder que emana de una autoridad reconocida y que se ejerce dentro de un marco normativo. Por ello, resultó la elección léxica idónea para expresar la soberanía popular como fundamento del régimen político ateniense.

La democracia surgió como sistema político en la Antigua Grecia, específicamente en Atenas, a comienzos del siglo V a.n.e. y su instauración fue el resultado de un largo y complejo proceso de reformas que se extendió a lo largo de más de un siglo. 

La Atenas arcaica se hallaba sumida en una profunda crisis social, con un conflicto permanente entre la aristocracia terrateniente -los eupátridas- y el resto del pueblo, que sufría la esclavitud por deudas y la falta de derechos políticos. 

El historiador Aristóteles resumió esta situación señalando que "la mayoría era esclavizada por unos pocos". Para poner fin a esta situación y evitar una guerra civil, los atenienses decidieron otorgar plenos poderes a Solón en el año 594 a.n.e., nombrándolo arconte y legislador. Solón sentó las bases de la democracia: abolió la esclavitud por deudas, instauró el derecho de epigrafía -cualquier ciudadano podía denunciar una injusticia ante los tribunales-, dividió a la ciudadanía en clases según su riqueza -no su alcurnia- y creó la Ekklesía -asamblea ciudadana- y la Bulé -Consejo de los Cuatrocientos-.

Posteriormente, Clistenes (508-507 a.n.e.), considerado el "padre de la democracia ateniense", redistribuyó el territorio en diez tribus mezclando a la población para acabar con los clanes aristocráticos, creó el

Consejo de los Quinientos: cincuenta representantes por tribu, elegidos por sorteo) e instauró el ostracismo: un mecanismo mediante el cual la Asamblea podía exiliar a un político peligroso durante diez años para proteger la democracia. 

Finalmente, Pericles (461-429 a..e.) llevó la democracia a su máximo esplendor durante la llamada "Era de Pericles", introduciendo el pago por el desempeño de cargos públicos -mistoforia-, lo que permitió que los ciudadanos más pobres pudieran participar en la política sin tener que preocuparse por su sustento.

III. Anatomía de una democracia ateniense

El verdadero legado de Atenas fue la creación de instituciones donde residía ese kratos del pueblo. La Ekklesía o Asamblea, compuesta por todos los ciudadanos varones mayores de veinte años, decidía sobre la guerra, la paz, las leyes y los presupuestos, reuniéndose unas cuarenta veces al año en la colina de Pnyx

La Bulé o Consejo, integrado por quinientos ciudadanos elegidos por sorteo cada año, funcionaba como el "comité ejecutivo" diario que preparaba los temas para la Asamblea y gestionaba la rutina del Estado. 

La Heliea o tribunales populares estaban compuestos por seis mil jueces populares elegidos por sorteo, de modo que las decisiones judiciales no las tomaba un juez profesional, sino centenares de ciudadanos seleccionados al azar para emitir un veredicto. 

Por último, la Estrategia o cuerpo de generales estaba formada por diez generales elegidos por voto a mano alzada, siendo esta la única magistratura que no se sorteaba, pues se requería experiencia militar.

IV. Principios filosóficos y políticos

Más allá de la organización institucional, existían principios filosóficos y políticos que definían cómo funcionaba este poder del pueblo. 

La isonomía o igualdad ante la ley establecía que todos los ciudadanos tenían los mismos derechos para intervenir en la política: no importaba si uno era rico o pobre, en la Asamblea su voto valía lo mismo.

La isegoría o igualdad de palabra garantizaba que cualquier ciudadano tuviera el derecho de subirse a la tribuna para proponer una ley, criticar a un general o discutir sobre el presupuesto, sin importar su condición social. 

Existía también un principio de anarquía anual, por el cual todos los cargos públicos -excepto los generales- tenían una duración máxima de un año: si alguien había sido consejero un año, no podía repetir al siguiente, lo que impedía la acumulación de poder personal. 

Los atenienses desconfiaban de las votaciones porque pensaban que favorecían a los ricos o a los que sabían hablar bonito -los sofistas-; por ello, para la mayoría de los cargos -como la Bulé o los jueces-, utilizaban el sorteo, considerándolo la forma más democrática de entender que cualquier ciudadano podía gobernar. Finalmente, regía el principio de rotación conocido como arjein kai arjesthai -gobernar y ser gobernado-: el ciudadano de hoy era el funcionario de ayer, y mañana volvería a ser un ciudadano común obedeciendo las leyes que él mismo ayudó a crear.

V. Democracia directa o representativa 

El sistema democrático actual no es una copia exacta de la Atenas clásica, pero hereda el concepto de kratos

Dada la diferencia de escala -Atenas tenía unos cuarenta mil ciudadanos, mientras que los Estados modernos cuentan con millones de habitantes-, el poder del pueblo se ha dividido en dos grandes modelos. Por un lado, la democracia representativa es el modelo más extendido en Occidente -España, México, Alemania, etc.-, en el cual los ciudadanos ejercen su kratos cada pocos años para elegir a unos representantes que gobernarán en su nombre, aunque con el riesgo de que pueda degenerar en una oligarquía de elegidos donde la gente corriente se limite a votar sin una participación más activa.

Por otro lado, la democracia directa permite que los ciudadanos ejerzan el kratos constantemente sin intermediarios, como ocurre en Suiza o en algunos estados de Estados Unidos a través de referendos, si bien el riesgo es que resulta complicado gestionar que millones de personas voten cada día sobre todas las decisiones. 

En la actualidad, se habla mucho de la crisis de representación, pues la gente siente que los políticos sirven a intereses de partido y han perdido el contacto con lo que ocurre en la calle. Por eso, está resurgiendo la idea de combinar la democracia representativa con mecanismos de participación directa, utilizando tecnología como el voto electrónico y las consultas populares vinculantes para recuperar el kratos real que poseía el ciudadano ateniense en la cima de su democracia.


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