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Higía

I. Higía o Higiea. Ὑγίειᾰ

Higía -también escrita Hygieia o Hygeia- es, en la tradición grecorromana, una de las hijas de Asclepio y Epione; su nombre dio origen al término higiene. En la iconografía clásica aparece como una joven que atiende a una serpiente que bebe de una copa o patera -pequeño cuenco o plato ritual-, atributo que la vincula al culto de Asclepio y que perduró como símbolo relacionado con la salud y la farmacia.
Higía no solía tener un culto completamente independiente y exclusivo en la misma medida que las grandes deidades olímpicas; su veneración estaba estrechamente integrada en los santuarios de Asclepio -los Asclepeia-, donde actuaba como figura complementaria encargada de la prevención y el mantenimiento de la salud.

En centros terapéuticos como Epidauro, Cos o Pérgamo, las estatuas de Asclepio solían aparecer acompañadas por imágenes de Higía. Los enfermos acudían a estos santuarios para encontrar el sueño terapéutico -incubatio-, o para hacer ofrendas y rituales que combinaban medicina, religión y prácticas de purificación., En ese marco Higía era honrada como símbolo de higiene y conservación de la salud.

La devoción a Higía se manifestaba mediante ofrendas votivas, inscripciones y estatuaria; en algunos lugares existieron templos o capillas dedicadas conjuntamente a Asclepio y a sus hijas, y monedas y relieves muestran su iconografía -mujer joven con copa y serpiente-.

Su culto tenía un carácter funcional y práctico: además de la dimensión religiosa, servía para legitimar y ritualizar prácticas médicas y preventivas, y su imagen se convirtió en emblema perdurable de la salud pública y la farmacia en la tradición occidental.

II. Orígenes prácticos de la higiene humana

En la prehistoria, las prácticas de limpieza corporal y de utensilios respondieron sobre todo a necesidades de supervivencia: eliminación de parásitos, conservación de piel y ropa, y control de infecciones. El uso de agua de ríos y arroyos para enjuagues y de abrasivos como ceniza o arena para frotar la piel aparece en registros arqueológicos y etnográficos como estrategias prácticas y repetidas en distintas regiones.

En el Egipto antiguo la limpieza y la cosmética tenían un componente ritual y otro práctico. Las élites empleaban aceites, ungüentos y pastas limpiadoras; el afeitado y el uso de pelucas eran prácticas documentadas tanto por razones higiénicas como estéticas. La frecuencia del baño variaba según el acceso al agua y la posición social, por lo que no puede afirmarse que todo el mundo se bañara diariamente de la misma manera.

Los baños públicos y las saunas no fueron una creación original de los griegos. Aunque los griegos desarrollaron prácticas de baño y ciertos espacios asociados a la higiene y el ejercicio, la idea de baños públicos estructurados y la tradición de la sauna tienen orígenes mucho más antiguos y diversos.

Los primeros sistemas de baño conocidos aparecen en civilizaciones como la del Indo o la Minoica, que ya contaban con drenajes, bañeras y espacios destinados al aseo colectivo. En la Grecia clásica la higiene se articuló con la medicina y la religión. 

Los griegos, por su parte, incorporaron baños fríos y calientes en gimnasios y santuarios, y desarrollaron el laconicum, una sala seca y caliente que recuerda a una sauna, pero no es su antecedente directo.

Los gimnasios y baños públicos eran espacios de ejercicio, limpieza y sociabilidad. La palabra gimnasio procede del griego γυμνάσιον -gymnásion-, que a su vez deriva del adjetivo γυμνός -gymnós-, que significa “desnudo”, dado que los ginmastas entrenaban desprovistos de ropa. Tras el ejercicio, los atletas usaban el estrígilo -raspador metálico, en la imagen- para retirar aceite, sudor y polvo. El residuo resultante -mezcla de aceite, sudor y tierra, a veces llamado gloios en estudios modernos- se recogía y, según fuentes antiguas y su interpretación, podía tener usos rituales o terapéuticos y, en algunos contextos, ser comercializado para aplicaciones tópicas.

Hoy siguen existiendo fragancias que incorporan ingredientes biológicos de origen animal,

III. Del Imperio Romano al Renacimiento 

Los romanos desarrollaron complejos sistemas de saneamiento y termas que transformaron la higiene pública en muchas ciudades del imperio. Las termas eran centros de baño, ejercicio y sociabilidad. El modelo de baño público monumental, con salas diferenciadas y calefacción sofisticada, fue una creación romana, que tomó elementos griegos y orientales y los llevó a un nivel arquitectónico y social completamente distinto. Y la sauna como tal -calor seco, ritual social, estructura cerrada- es una tradición finesa, independiente del mundo mediterráneo.

En las latrinas públicas se documenta el uso de utensilios compartidos para la limpieza íntima, cuya interpretación y grado de uso compartido son objeto de debate entre especialistas. En el ámbito doméstico se empleaban aceites y esponjas para la limpieza corporal.

La idea de que la Edad Media fue un periodo de abandono total del baño es una simplificación. La práctica de la higiene fue heterogénea: baños urbanos y rituales de limpieza continuaron en muchos lugares, aunque hubo debates morales y médicos sobre la conveniencia del baño. 

La relación entre prácticas higiénicas y epidemias como la peste negra es compleja y depende de múltiples factores demográficos, sanitarios y ecológicos. 

En el Renacimiento reapareció el interés por modelos clásicos y algunos médicos defendieron baños y lavados en contextos concretos, aunque las posturas médicas seguían siendo diversas.

IV. Revolución científica y salud pública actual

Los avances en microbiología y antisepsia durante los siglos XIX y XX transformaron la medicina y la salud pública. La demostración del papel de los microorganismos en las infecciones impulsó prácticas como la esterilización de instrumentos, la higiene en quirófanos y la promoción del lavado de manos.

La producción industrial de jabón y las mejoras en el saneamiento urbano facilitaron la adopción de hábitos higiénicos a gran escala.

En el siglo XX las duchas y los baños diarios se generalizaron en muchas sociedades occidentales; aparecieron productos específicos -desodorantes, champús, pastas dentales- y la publicidad contribuyó a asociar higiene con bienestar social. 

En el siglo XXI conviven la promoción de medidas básicas de prevención -lavado de manos, higiene respiratoria- con un debate científico sobre la higiene excesiva y su impacto en la microbiota humana. La investigación actual explora cómo la diversidad microbiana cutánea e intestinal influye en la inmunidad, lo que ha impulsado prácticas y productos orientados a preservar microbiotas beneficiosas.


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