El placer que vivimos muere en un soplo breve,
vigoroso y fugaz, como abril cuando llueve.
La caricia del sol que cruzó la ventana
se llevó, sin aviso, una imagen liviana.
Como un Midas inmerso en un trace febril,
encontré un metal gélido, duro y hostil
del que cada recuerdo parece estar hecho
de los sueños que, pétreos, endurecen el pecho,
de las ganas que acaban donde nace la nada.
Hoy son tiempos frustrantes, ayer fuego en la cama.
Del delirio de juntos a soñar con proyectos,
sepultando estas ganas en un páramo muerto.
El deseo se seca si lo nutre lo incierto
y los sueños se enfrían, tensos, rígidos, yertos.
Está desierta la noche, la memoria, la cama
y, en la calle callada, se asomó la desgana.

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