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Ilitía, soberana del umbral vital

I. Naturaleza, genealogía y significado teológico

Ilitía, conocida en griego como Εἰλείθυια, es la divinidad olímpica que preside exclusivamente sobre el parto y el alumbramiento. Su dominio se circunscribe al momento crítico del umbral de la existencia, supervisando la transición del no-ser a la vida manifestada y regulando tanto los dolores como los gozos de este proceso. Su nombre, etimológicamente relacionado con el verbo εἶμι -eîmi, "venir"-, la define como "La Que Llega" en el momento decisivo, enfatizando su acción como una epifanía divina necesaria para que el alumbramiento se complete.

Su filiación divina la sitúa en el corazón del panteón olímpico. Hesíodo, en su "Teogonía", la nombra expresamente como hija de Zeus y Hera, vinculándola así a la pareja soberana que garantiza el orden cósmico y social. Esta genealogía no es casual: la conecta con Hera en su arcaico aspecto de diosa de la mujeres y el matrimonio, y con Zeus como garante último de los destinos. Esta relación se profundiza en la poesía lírica. Píndaro, en un fragmento conservado, la invoca con gran reverencia: "Diosa de los nacimientos, Ilitía, criada del trono de las profundas Moiras, hija de la omnipotente Hera". Este verso es teológicamente significativo. Al llamarla "criada del trono de las profundas Moiras", Píndaro no la subordina, sino que establece una alianza funcional esencial: Ilitía es la ejecutora divina en el plano físico del destino (moira) hilado por las tres damas: Cloto, la hilandera que decide cuándo comienza la vida de cada ser; Láquesis, la medidora, determina la longitud de cada vida; y Átropos, la inflexible cortadora.

El papel de Ilitía es indispensable a tal punto que su ausencia o retención paraliza el orden natural. El "Himno Homérico a Apolo"  narra cómo Hera, airada por el próximo nacimiento de Apolo y Artemisa de Leto, retuvo a Ilitía en el Olimpo. El relato detalla el sufrimiento de Leto, quien estuvo "nueve días y nueve noches con dolores de parto", hasta que las demás diosas lograron que Iris trajera a Ilitía, quien entonces permitió el alumbramiento. Este episodio subraya que sin la agencia específica de Ilitía, ni siquiera el poder de Zeus puede consumar un nacimiento; su voluntad activa es el canal obligado de la vida.

II. Culto arcaico en Creta: El Santuario de Amnisos

El culto a Ilitía tiene una de sus raíces más antiguas y profundas en Creta, donde se sincretizó con deidades minoicas de la fertilidad. El principal centro de su veneración fue la cueva de Amnisos, un lugar de culto que operaba como santuario desde la Edad del Bronce. Homero hace referencia explícita a este sitio en la "Odisea", cuando el héroe menciona "la cueva de Ilitía" en Amnisos. La ubicación de esta gruta, cerca del puerto minoico de Amnisos al este de Cnosos, ha sido identificada por la arqueología.

Las excavaciones en la Cueva de Ilitía, dirigidas por arqueólogos como Spyridon Marinatos, han revelado una secuencia de ocupación que abarca desde el Neolítico hasta la época romana, con una intensa actividad durante los períodos minoico y micénico. Los hallazgos incluyen una gran cantidad de ofrendas votivas que delatan la naturaleza del culto: numerosas figurillas femeninas de terracota, muchas representando a mujeres en avanzado estado de gestación o en actitud de parto. También se encontraron pequeños larnakes -ataúdes en miniatura- de terracota, que en este contexto no se interpretan como relacionados con la muerte, sino como símbolos de protección para el recién nacido o como ofrendas por un nacimiento seguro. 

La formación geológica más destacada del interior es una gran estalagmita, que por su forma fue interpretada en la antigüedad como una representación anicónica de la diosa. Este elemento natural, transformado en objeto de culto, ejemplifica la creencia en la sacralidad innata del lugar. Los arqueólogos, basándose en el carácter del santuario y en paralelos con otros cultos cretenses -como el de Zeus en el Monte Ida-, sugieren que aquí podría haberse celebrado un ritual de renovación cíclica, a veces interpretado como el 'nacimiento anual de un niño divino'. Este culto de carácter ctónico y femenino, centrado en la cueva como útero terrestre, muestra la profunda conexión de Ilitía con las fuerzas primordiales de la vida, anterior incluso a su integración en el panteón olímpico clásico.

III. Culto y representación en la época clásica y helenística

En la Grecia clásica, el culto a Ilitía se integró plenamente en la religión cívica, aunque mantuvo su carácter principalmente doméstico y femenino. Pausanias, en su "Descripción de Grecia", documenta su presencia en varios santuarios. En Atenas, menciona un santuario de Ilitía y en Olimpia describe un arcaico grupo escultórico de madera -xoanon- en el Heraion: "Detrás de la Hera de Hebe, está sentada una Ilitiya antigua".

En el arte donde se la identifica por contexto (escenas de nacimiento, como el de Atenea en cerámicas), suele ser una figura femenina sin atributos muy distintivos. El atributo que a veces se le asocia, la antorcha, no es exclusivo y su iconografía no está tan codificada como la de otras divinidades.Su iconografía en el arte clásico es coherente con sus funciones. Suele representarse como una mujer madura y solemne, a menudo velada, portando una o varias antorchas. La antorcha encendida simboliza la luz de la vida. 

El culto era predominantemente propiciatorio y de acción de gracias. Las mujeres, individualmente o en grupos, le ofrendaban ex-votos -figurillas, bandas o cintas votivas llamadas tainiai- antes o después de un parto exitoso, buscando su protección para superar los peligros inherentes al alumbramiento en la antigüedad. Su identidad es puramente funcional y sublime: es la potencia divina que realiza el acto del nacimiento. Como tal, Ilitía no simboliza la fertilidad en su aspecto generativo -ese es dominio de Deméter-, sino en su aspecto culminante y liberador: el momento preciso en que la vida potencial se convierte en vida actual.

IV. Los Partos en el siglo de Pericles (S. V a.n.e.)

Para comprender el marco social en el que se invocaba a Ilitía, es necesario contextualizar la realidad del parto en el mundo griego del siglo V a.n.e., particularmente en las colonias (apoikiai) esparcidas por el Mediterráneo. Esta era una época de gran expansión y contacto cultural, pero también de vulnerabilidad médica.

El parto era un evento exclusivamente femenino y doméstico. Ocurría en el gynaikeion -las estancias de las mujeres- de la casa, asistido por comadronas (maiai) experimentadas, familiares y vecinas. En las colonias, alejadas a menudo de los grandes centros de conocimiento, el saber obstétrico era empírico y tradicional, transmitido de mujer a mujer. La higiene era limitada, y el riesgo de infecciones puerperales -como la fiebre puerperal- o hemorragias era muy alto, contribuyendo a una tasa de mortalidad materna e infantil significativa. En este contexto de riesgo tangible, la invocación ritual a Ilitía no era un mero formalismo, sino una práctica psicológica y espiritual crucial para generar confianza y sensación de control ante un proceso peligroso e impredecible.

La asistencia al parto combinaba prácticas físicas con un fuerte componente ritual y mágico. Las comadronas utilizaban aceites, realizaban masajes y empleaban posiciones específicas -como el parto en cuclillas sobre un diphros o silla de partos-. Paralelamente, se realizaban invocaciones a Ilitía, a Artemisa -en su faceta de Lokheia, protectora de las parturientas- y a Hera. Se usaban amuletos y se desataban todos los nudos de la casa para "desatar" simbólicamente el parto, una práctica atestiguada que refleja la creencia en la acción a distancia de la diosa. El momento de la mayor intensidad del dolor era el clímax de la súplica a Ilitía, visto como la evidencia directa de su presencia actuante.

El corpus hipocrático, desarrollado en este mismo siglo, dedica parte de sus tratados -como Sobre las enfermedades de las mujeres o Sobre la naturaleza del niño- a la obstetricia, intentando racionalizar el proceso. Sin embargo, incluso en estos textos médicos, la frontera entre el conocimiento fisiológico y la creencia religiosa es porosa. Se recomiendan fumigaciones y pociones, pero también se reconoce la influencia de factores "divinos". Esto ilustra que, en la práctica diaria de las colonias griegas del siglo V a.n.e., la figura de Ilitía encarnaba la síntesis entre el esfuerzo humano de la comadrona y la potestad divina sobre el misterio último de la generación de la vida. Su culto era, por tanto, la expresión religiosa de una necesidad biológica y social de la máxima urgencia.


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