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"Cómo salir del armario sin patetismos" por Ricardo Llamas y Francisco J. Vidarte

Salir del armario implica conocer que es el sexo y supone tener una vida privada. También supone proponer un insólito tema de conversación en casa: "Mamá, Papá, hablemos del sexo".
Para los heterosexuales no se trata de hacer una confesión puntual, sino que simplemente mantienen todo el tiempo informada a la sociedad sobre su heterosexualidad. En nuestra hermosa sociedad decir algo sobre nuestra orientación sexual es sinónimo de problemas.Cuando uno accede a un discurso acerca del sexo, la única vez que se habla de sexo con los padres de nuestra generación, es cuando se es marica y se cuenta. Por lo demás, la heterosexualidad es silenciosa. No necesita confesarse un buen día: «Papá, soy heterosexual». Si así se hiciera lo más probable es que al padre en cuestión le diera un sofoco por no localizar el significado preciso de la palabra a tiempo.
Para romper con la dinámica de la confesión (que siempre jode por lo que tiene de antiguo, culpabilizador y lo mal que se pasa), lo mejor es un buen ataque. Al salir del armario hay que procurar siempre abrir la puerta violentamente, con fuerza, y darle con ella en las narices a quien estaba fuera esperando una confesión victimaria. Una salida del armario no ha de ser pusilánime y autoinculpatoria. Hasta puede ser todo un acto reivindicativo y político. Los heteros (y perdón por generalizar como algunos de ellos hacen cuando hablan de maricas y lesbianas) se ponen nerviosísimos ante una marica agresiva saliendo del armario atacada y como una loca, dando portazos en la cara a diestro y siniestro.

Hay que quitarle la iniciativa al que escucha, cortar todas las salidas, devolverle invertidas todas las preguntas, hacerle ver que hasta la fecha no conocieron nada sobre de su sexualidad porque nunca habían alcanzado un buen nivel de intimidad y comunicación, y mucho menos el óptimo para una confesión de este tipo.
No es lo mismo situarse frente a un armario y que de él salga una Cenicienta, tímidamente, primero asomando su sucia naricilla, luego un dedo, luego toda la manecita, luego un pie, pedir permiso con un hilillo de voz, y decir tan bajito que casi no se oye: «soy lesbiana», «soy gay». «soy homosexual», etc., a que saiga una especie de Chewbacca enfurecido, con todos sus rubios pelos de punta, mascullando no se sabe muy bien qué, pero dejando bien claro que lo suyo no es hacer concesiones. Si no haces esto último, dáte por muerta, entregada y presta a ser degollada. O lo que es peor, a que te traten con condescendencia, comprensión, consuelo, babitas y que te hablen flojito ellos también.

Cuando se sale del armario no sé por qué los heteros siempre empiezan a hablar flojito, muy flojito como quien acaricia a un perrillo asustado para tranquilizarlo y darle confianza. Nada, nada. ¿Para qué darles ventaja? Hay que salir del armario a lo Van Damm, a lo Rambo o a lo Sharon Stone, a lo Juana de Arco (hoy no se me ocurre nada más obsceno y violento). Formando una escandalera de la hostia. No hay que abrir la puerta, sino derribarla a patadas -cuidadín los de afuera con las astillas-, y salir hecho una alimaña, metralleta en mano, pantalones de camuflaje y pintura negra bajo los ojos, que siempre impone mucho (al fin y al cabo tendremos que enfrentarnos con el mito de que nos gusta travestirnos y pintarnos, ¿no?); O tipo el monstruo de Alien. ¿Qué pasa? Soy bollo y a ver si te vov a partir la cara.
Al fin y al cabo, fueron las normas sociales las que nos han empujado al armario y el cabreo es comprensible. Es una liberación, como salir de la cárcel, y para ello no hay que pedir permiso. Es un acto revolucionario. Nada de contemplaciones con el carcelero ni con quienes silenciaban nuestra prisión, la incentivaban o promovían como fuera.

El factor sorpresa es fundamental y para romper el hielo es suficiente. Luego, poco a poco, sin bajar nunca la guardia, se puede ir llegando a un tono de conversación habitual, sin perder la naturalidad ni la espontaneidad (a estas alturas convendría haberse quitado ya el disfraz de Rambo) y sin mostrar flaquezas, debilidades ni miramientos.
Hay que demostrar -o fingir- que la reclusión en el armario no nos ha afectado para nada. Nos metieron allí para ver si nos curaban o si cambiábamos de idea y al salir hay que dejar bien clarito que las prácticas de reclusión son contraproducentes y que salimos más maricas de lo que entramos y más cabreadas, para no volver a entrar nunca y para luchar por la destrucción de una práctica tan salvaje como la represión perpetua, algo que atenta contra los derechos de la niña, la adolescente, la joven, la adulta y la anciana (porque puede durar para toda la vida). Dan mucha pena los niños en la cárcel pero a nadie le cae una lágrima por los niños y adolescentes metidos en el armario.

Otra estrategia posible, si no se quiere poner en práctica esta salida del armario que puede resultar un tanto a la defensiva, ridícula y sobreactuada (o si nos sienta fatal el disfraz de diva), es eso que ahora se da en llamar la política de hechos consumados. A saber: pasar de tener que decirlo, pasa de verbalizarlo. Si ellos no lo hacen, nosotros tampoco. ¿Que de pronto el hermanito viene con la novia a casa o con la revista porno que le descubre mamá debajo del colchón? Pues nosotras le plantamos a la novia un beso en los morros en medio del salón y colocamos nuestros posters de divas a todo color en nuestra habitación, como toda hija del vecino. Tratamiento de shock. La contraofensiva puede ser brutal pero, si se está alerta y con todo lo necesario en la trinchera para arrasar al enemigo, no hay nada que temer. Siempre te pueden echar de casa. Pues tú vas y te quedas. Que llamen a la policía. Si no te dan de comer, saqueas la nevera. Si no te dan dinero, robas y vendes el televisor. Si no te compran ropa, te pones la de papá. No dejes de llevar a tus amigas más masculinas a casa. Convierte la salita de estar en un video de Queen. Un heterosexual no puede vivir en un estado de cabreo permanente, pero una bollera es bollera las veinticuatro horas del día y para toda su vida. Y ser gay de por sí ya es una lucha asi que... La gente se cansa de estar cabreada, pero una no se cansa nunca de ser tortillera. Nuestra es la ventaja.
¿Que papá sólo al vernos se pone hecho una fiera y le sube la tensión? Pues nosotras tan relajadas con las piernas cruzadas, contemplando como se va poniendo rojo y se le hinchan las venas de cuello, le damos un educado: «Buenos días papi, ¿quieres café con esas cosas que tú comes en el desayuno?». Lo importante es no perder nunca la compostura ni enzarzarse en absurdas discusiones y, sobre todo, no dialogar. No dialogar nunca. ¿Cuál sería el tema a discutir? De qué hay que dar explicaciones si lo más probable es que nunca las tenga ni importen. Pregúntale a tu madre por qué ella es heterosexual y te asombrarás de las tonterías que dice. No tiene explicación. No sabe explicarlo. Lo más racional que diría es: «Pues porque sí, porque es lo normal, como todo el mundo, como mi madre. ¡vaya pregunta! Este niña, además de torta, es idiota». Tranquila, aunque te insulte, tú la has dejado en ridículo y en adelante no tendrás que respetarla como solías y habrás comenzado a destruir una imagen idílica materna (si la tenías). Si quiere recuperarla, tendrá que demostrar que se merece tu cariño y tu respeto. Aunque hay padres que pierden a sus hijos como pierden paraguas, uno cada invierno. Les fastidia, pero no parece pasar de ahí (hasta que se quedan sin más hijos que perder, transidos de dolor por su intransigencia). El problema es que hay más inviernos que hijos, pero eso pertenece a la esfera del "ya lo entenderás cuando crezcas, hija mía".

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