I. Limitaciones del dodecateísmo actual
Toda tradición que intenta sostener una espiritualidad antigua en un mundo que ya no comparte sus estructuras sociales, políticas, rituales ni cosmológicas es un blanco fácil de críticas y burlas. Creer en los dioses griegos en el 2026 significa practicar una religión cuyo ecosistema original desapareció hace más de dos milenios.
Resulta evidente que la espiritualidad del siglo V a.n.e. hoy no es recuperable en su totalidad porque no era solo un conjunto de creencias, sino una red de prácticas cívicas, territoriales, agrícolas, familiares, jurídicas y comunitarias. Estaba incrustada en la polis, en el calendario, en los cultos locales, en la relación con la naturaleza, en la estructura social. Cuando ese mundo desaparece, lo que queda son fragmentos: himnos, inscripciones, ruinas, relatos, epítetos. El dodecateísmo moderno trabaja con esos fragmentos, no con el organismo completo. Y eso no es un defecto: es la única forma posible de continuidad.
II. Imperfectos mecanismos de traducción cultural
La dulcificación, la estetización o la simplificación no son “errores” interpretativos. Son mecanismos inevitables de traducción cultural. Toda tradición que se desplaza en el tiempo, se reinterpreta. El cristianismo lo hizo durante siglos: los santos se volvieron protectores de profesiones modernas, patronos de ciudades que no existían en la Antigüedad, figuras de devoción doméstica que nada tienen que ver con su contexto original. La iconografía medieval no se parece en nada a la paleocristiana. La devoción barroca no se parece a la de los primeros siglos. La religiosidad popular transforma, adapta, inventa, dulcifica, exagera. Y nadie lo vive como traición: lo viven como continuidad.
La diferencia es que el cristianismo tuvo instituciones, concilios, órdenes religiosas, comunidades vivas que fueron modulando esa transformación. Un dodecateísta sin comunidad formal, trabaja sin esa red institucional. Eso hace que la responsabilidad simbólica recaiga más directamente sobre el intérprete. Pero el proceso es el mismo: toda espiritualidad viva reinterpreta su pasado para poder existir en el presente. No hay tradición que no lo haga. Lo que cambia es la escala, la estructura y la visibilidad.
III. El objetivo de ElRevisto
ElRevisto no busca “inventar” en el sentido peyorativo sino crear un puente entre un sistema ritual antiguo y un lector contemporáneo. Es inevitable que algo se pierda, pero también es inevitable que algo se gane: claridad, accesibilidad, profundidad, sentido para el presente. La clave está en que la adaptación no plantea erguirse como una verdad incuestionable. Tampoco convertir a los dioses en caricaturas ni en arquetipos psicológicos. Busca no reducir la espiritualidad a mera estética vacía. Trabajamos con respeto, con criterio, con conciencia de los límites.
Probablemente, nadie puede rescatar la espiritualidad de los helenos por completo, porque ya no existe el mundo que la sostenía. Lo que sí podemos -e intentamos- es construir una espiritualidad contemporánea que dialogue con ese pasado sin traicionarlo. Como todo diálogo tiene un punto de continuidad creativa.
IV. ¿Tiene sentido hablar de Hermes en el 2026?
La pregunta de si tiene sentido hablar de Hermes en 2026 toca un punto neurálgico: cómo sobreviven las figuras religiosas cuando el mundo que las originó ya no existe. Hablar de Cristo hoy es hablar de una figura cuya tradición ha tenido continuidad institucional, litúrgica y comunitaria durante dos milenios. No importa cuánto haya cambiado el cristianismo: siempre hubo iglesias, concilios, comunidades, rituales, textos normativos, disputas internas, teologías, prácticas vivas. Cristo nunca dejó de ser actualizado por generaciones sucesivas. Su figura se ha reinterpretado mil veces, pero siempre dentro de un marco que se reconoce a sí mismo como continuidad.
Hablar de Hermes en 2026 es distinto porque la cadena institucional se rompió. No hay una Iglesia de Hermes, ni un cuerpo doctrinal, ni una comunidad ininterrumpida que haya transmitido su culto desde la Antigüedad. Lo que existe hoy es una reconstrucción, una relectura, una recuperación fragmentaria hecha desde textos, restos arqueológicos, epítetos, himnos, inscripciones y sensibilidad contemporánea. No es continuidad institucional: es continuidad simbólica. Y eso cambia el tipo de legitimidad, pero no la invalida.
La semejanza profunda está en que ambas figuras siguen vivas porque siguen siendo significativas. Cristo no es relevante solo porque haya iglesias; es relevante porque sigue siendo un símbolo que articula sentido, ética, comunidad, identidad. Hermes tampoco es relevante solo por su pasado; es relevante porque sigue activando algo en el presente: movimiento, tránsito, ingenio, mediación, comunicación, psicopompo. La pregunta no es si “tiene sentido” hablar de Hermes, sino qué tipo de sentido produce hoy.
La diferencia es que el cristianismo tiene un marco que regula la interpretación, mientras que el dodecateísmo contemporáneo trabaja en un espacio más abierto, más vulnerable a la invención, pero también más libre. El cristiano puede reinterpretar a Cristo, pero lo hace dentro de una tradición viva. El dodecateísta reinterpreta a Hermes sin una institución que lo respalde, y eso puede generar dudas sobre legitimidad, pero también permite una relación más directa, menos mediada, más creativa.
V. Zeus vs. Deus
Hay otra diferencia importante: Cristo es una figura que se ha convertido en universal, mientras que Zeus sigue siendo una figura situada en un marco geográfico específico, territorial, poliédrica, con epítetos locales y funciones múltiples. El cristianismo ha borrado en gran medida la dimensión territorial de su origen; el helenismo no puede hacerlo con tanta flexibilidad. Lejos del Mediterráneo, los dioses griegos ya no son tales. Pueden existir, pero implica un trabajo de reconstrucción ritual y simbólica que no tiene equivalente exacto en el cristianismo contemporáneo.
Pero también hay un punto en común que a veces se olvida: toda tradición religiosa adapta, transforma y reinterpreta. El Cristo del siglo I no es el Cristo medieval, ni el barroco, ni el de la teología de la liberación, ni el de la espiritualidad contemporánea. Cada época ha hecho su Cristo. ElRevisto está haciendo su Hermes. No es menos legítimo: es el mismo proceso humano de traducir lo sagrado a un mundo que cambia.
La pregunta “¿tiene sentido hablar de Hermes en 2026?” no es una duda sobre Hermes. Es una duda sobre el lugar de lo sagrado en un mundo que ya no comparte los marcos antiguos. Y la respuesta, si la miramos con honestidad, es que sí tiene sentido, porque lo estamos haciendo desde una conciencia crítica, desde una práctica reflexiva y desde un deseo de continuidad simbólica que no pretende replicar el siglo V a.n.e., sino dialogar con él.

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