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Antesteria

I. Antesteria

La Antesteria es un festival ático dedicado a Dioniso, durante tres días, Atenas celebra al mismo tiempo el vino nuevo, la llegada de la primavera y la irrupción de los muertos en la ciudad. No es solo “la fiesta del vino”: es un cruce entre banquete, carnaval y pequeño festival de difuntos. Se celebraba del 11 al 13 del mes de Anthesterión -finales de febrero–principios de marzo-, cuando se abre el vino de la cosecha anterior y la ciudad se expone, por un breve intervalo, a fuerzas que normalmente mantiene a raya.

El nombre del mes y del festival viene de ánthos -“flor”-, aludiendo a la floración. Es el momento en el  que las tinajas de vino se abrían tras la fermentación. La Antesteria es, por tanto, una fiesta entre invierno y primavera, entre las primeras flores y la finalización de la fermentación alcohólica. 

Durante esos tres días, la ciudad se comporta como si el mundo estuviera ligeramente desajustado, y ese desajuste es precisamente el espacio de Dioniso. 

La estructura del festival está marcada por tres jornadas con nombre propio: Pithoigia -“apertura de las tinajas”-, Choes -“las jarras”- y Chytroi -“las ollas”-. Cada día tiene su lógica, su público, su relación específica con Dioniso y Hermes. Lo que las une es el vino: no solo como bebida, sino como sustancia que abre el cuerpo, afloja las fronteras y hace posible el contacto con lo que normalmente permanece separado.

II. 11/2. Pithoigia: Apertura de las tinajas

En la Pithoigia se abren por primera vez los píthoi, las grandes tinajas donde el vino ha fermentado desde la vendimia anterior. Es el día en que el vino “sale al mundo”. Se hacen libaciones a Dioniso con el vino nuevo, reconociendo que su maduración no es solo un proceso técnico, sino un acontecimiento sagrado: el dios ha estado “trabajando” en la oscuridad de las vasijas y ahora se manifiesta. 

Este primer día tiene un tono más bien doméstico y agrícola. Los santuarios de Dioniso se abren, se derraman las primeras gotas en su honor y se prueba el vino recién abierto. Se reconoce al dios como responsable de la transformación de la uva en vino y se le da su parte antes de que los humanos se apropien del resto. Es un gesto de reciprocidad: tú nos das el vino, nosotros las primicias.

Al mismo tiempo, en términos simbólicos, la ciudad abre una puerta. Esa puerta, en los días siguientes, no solo permitirá la circulación del vino, sino también la entrada de otras presencias: los muertos, los espíritus, lo que no pertenece del todo al mundo de los vivos.

III. 12/2. Choes: Las jarras, el vino y el desorden controlado

La jornada de los Choes es el corazón del festival. Su nombre viene de las jarras individuales desde las que se bebe vino. Este día se organiza una especie de gran “competición de beber” en la que cada participante tiene su propia jarra y debe vaciarla, pero sin compartirla: no se mezcla el vino en una crátera común, como en el simposio habitual, sino que cada uno bebe por su cuenta. Eso ya es una ruptura del orden normal del beber griego. 

La ciudad entera se ve afectada: se permite participar a mujeres, niños y esclavos, algo excepcional. El vino deja de ser privilegio masculino y aristocrático para convertirse en experiencia colectiva. Se interrumpe o invierte parcialmente el orden social: los esclavos beben, los niños reciben pequeñas jarras decoradas, las mujeres participan en rituales específicos. La Antesteria, en este día, funciona como una especie de carnaval dionisíaco donde las jerarquías se aflojan y el vino circula sin las restricciones habituales. 

En paralelo, se celebra un ritual muy cargado de ambigüedad: la “boda” simbólica entre Dioniso y la Basilinna, la esposa del arconte rey. En un espacio reservado, la mujer más institucionalmente ligada a la ciudad se une ritualmente al dios. La ciudad, a través de su figura femenina más representativa, se entrega por un momento a Dioniso. El vino, el matrimonio simbólico y la suspensión parcial del orden social forman un triángulo perfecto: la ciudad se deja poseer, pero solo por un día.

IV. 13/2. Chytroi: Las ollas y Hermes Ctónio

El tercer día, Chytroi, cambia el foco: ya no se trata del vino, sino de los espíritus. Se preparan ollas chýtroi- una especie de guiso de legumbres -a menudo descrito como panspermia, mezcla de granos y semillas- que se ofrece a los difuntos y a Hermes Ctónio, el Hermes psicopompo. La Antesteria, que había empezado como fiesta del vino nuevo, se revela también como fiesta de los espíritus: durante este día, se considera que los espíritus han salido y vagan por la ciudad. Entre ellos, los atenienses incluían a los Káres, entendidos no como un pueblo real, sino como espíritus extranjeros, “forasteros” rituales que no pertenecían a la polis.

Los vivos comen, beben y celebran, pero lo hacen sabiendo que no están solos. Las casas se protegen con ritos apotropaicos, se untan las puertas con brea, se mastica espino blanco para ahuyentar presencias indeseadas.

Al final del día, se pronuncia una fórmula de expulsión, despidiendo a los espíritus que han sido tolerados durante el festival. Es un cierre: se vuelve a levantar la frontera entre vivos y muertos. En ese contexto, Káres funciona casi como un nombre genérico para espíritus intrusos, no como etnónimo literal. “Θύραζε, Κᾶρες· οὐκέτ᾽ Ἀνθεστήρια.”, es decir, “¡Fuera, Káres; la Anthesteria ha terminado!”

Era un rito apotropaico para cerrar el tiempo liminal y devolver a los espíritus al exterior. Despidiendo al conjunto como Káres, presencias extrañas, impuras o simplemente no humanas.

La Antesteria pone a la ciudad en el borde entre lo visible y lo invisible: abre las tinajas, acceden los cuerpos al vino, abre la ciudad a los muertos, y luego, cuidadosamente, vuelve a cerrar las puertas a todo frenesí. Es un ensayo ritual de desbordamiento controlado.

V. La Antesteria, entre Dioniso y Atenas

La arqueología y las fuentes literarias coinciden en mostrar la Antesteria como un festival donde se mezclan lo festivo, lo sobrenatural y lo fúnebre. Pequeñas jarras infantiles decoradas, cráteras, restos de ofrendas, referencias en comedias y tratados religiosos dibujan un mismo cuadro: una Atenas que, una vez al año, se deja atravesar por Dioniso y por los espíritus, y luego vuelve a cerrarse, un poco cambiada, un poco más consciente del préstamo que es la existencia. 

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