Y en el silencio de la magra noche,
súbita y cubierta de rocío,
la mano de la tierra, como un nido,
dio cobijo a todos los mortales.
Fecunda adquisición, para nuestros males,
la tierna calidez de los estíos;
Y para los carnavales, ha vestido
de madreselvas las plazas de mi barrio.
Allí, donde los vientos pasan de largo,
Deméter se ha dormido en un suspiro.
Descansa, reina mía, infatigable
fuerza, aliento, espíritu y madre.
Allí, donde los tenebrosos lares
siempre oscuros, lúgubres y yermos
se haya tu hija presa, en el infierno,
ilumínala con una rosa que se abre.
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