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Disección de un carnaval

 

"El entierro de la sardina" por Francisco de Goya (1814-1816)

I. Jueves Lardero 

El carnaval arranca con el jueves lardero, día que marca la ruptura simbólica con la rutina y abre el periodo de exceso previo a la Cuaresma. Su asociación con comer carne y grasas queda documentada ya en la Edad Media. En muchas regiones ibéricas, este día se vincula a salidas al campo, meriendas escolares y primeras aproximaciones al disfraz, que funcionan como ensayo del desorden que vendrá. Se deja atrás el tiempo ordinario y se entra en un espacio ritual de licencia.

 “Lardero” viene del latín lardum o lardus, que significa tocino, grasa, manteca. Jueves Lardero es literalmente el jueves del tocino o jueves de las grasas. En la tradición hispánica, el término señala el día en que se consumían por última vez las carnes grasas antes del inicio de la Cuaresma, cuando comenzaban el ayuno y la abstinencia.

II. Viernes de Carnaval

El viernes marca el paso de lo diurno a lo nocturno y juvenil: empiezan las primeras grandes fiestas de disfraces en colegios, institutos y discotecas, y se abre la puerta a la transgresión lúdica. 

Las máscaras empiezan a ocupar la calle y se alteran los códigos de vestimenta, generando una sensación de ciudad “transformada”. En lugares con tradición satírica fuerte —como Cádiz o Canarias— emergen las murgas y chirigotas, herederas de prácticas medievales, guardan una función clara: criticar sin consecuencias, decir lo que normalmente no puede decirse. 

El carnaval es un espacio donde la risa tiene un poder político específico. En este sentido general, las comparsas como grupo de personas vestidas de forma similar que participa de la fiesta popular, está documentada desde muy temprano, porque forma parte de la estructura básica del carnaval europeo. Este tipo de agrupaciones aparece ya en carnavales medievales y renacentistas, aunque no con el nombre actual..

III. Sábado de Carnaval

El sábado es el día de la gran explosión carnavalesca: el de la máxima visibilidad, mezcla de edades y ocupación del espacio público. Simboliza el triunfo del desorden festivo sobre el orden cotidiano: las calles se llenan de desfiles, carrozas, música y cuerpos disfrazados, es el clímax festivo. 

La ocupación masiva del espacio público, los desfiles y la mezcla de edades reproducen un patrón antropológico común a muchos carnavales europeos: la inversión de jerarquías. El pobre se viste de rey, el hombre de mujer, lo solemne se parodia. Esta inversión no es solo humorística: es un mecanismo social que permite ventilar tensiones, cuestionar el orden y reforzar la cohesión comunitaria. En términos rituales, es un momento en el que se suspenden temporalmente las normas y se experimentan identidades alternativas. Socialmente funciona como un rito de desinhibición colectiva: se permite exagerar, burlarse del poder, experimentar la alteridad y pertenecer, por unas horas, al dominio del juego y el exceso.

Lo que no pudo eliminar la Iglesia, lo consiguió una dictadura. Durante el franquismo se prohibieron los carnavales en España. La prohibición comenzó en plena Guerra Civil, en 1937, el bando franquista emitió una orden circular que suspendía "en absoluto" las fiestas de carnaval en toda la zona controlada, justificándolo por la austeridad de la guerra y para no dar "rienda suelta a las alegrías" mientras los soldados sufrían en el frente. 

Esta medida se extendió tras la guerra: en 1940, el ministro de la Gobernación, Serrano Suñer, la confirmó para todo el país, viéndola como fiesta pagana, descontrolada y potencialmente crítica al régimen, con máscaras que ocultaban identidades.

Aunque formalmente vetados, en lugares como Cádiz y Santa Cruz de Tenerife sobrevivieron de forma semiclandestina: renombrados "Fiestas de Invierno" o "Fiestas de Coros", con censura previa estricta en letras, disfraces y desfiles, y vigilados por autoridades. En el resto de España, solo se toleraron celebraciones privadas en casinos o rurales discretas, pero las máscaras quedaron prohibidas. 

IV. Domingo de Carnaval

El domingo mantiene la intensidad pero con un tono más familiar y comunitario. Es el día en que se facilita que niñas y niños participen plenamente en la fiesta, con desfiles infantiles, concursos de disfraces y actividades de día. 

Culturalmente es una especie de “cara amable” del carnaval: se celebra el imaginario, la creatividad y la pertenencia sin tanta carga nocturna o de alcohol. Al mismo tiempo, las grandes cabalgatas dominicales refuerzan el orgullo local: la ciudad o el pueblo se muestra y se narra a sí mismo a través de sus recreaciones.

Aunque el domingo era el día consagrado al culto cristiano, el carnaval funcionaba como un tiempo excepcional dentro del propio calendario religioso, no como una ruptura externa. La Iglesia medieval y moderna distinguía entre tiempos ordinarios y tiempos extraordinarios, y el carnaval pertenecía a estos últimos: un periodo de licencia controlada. Por eso, cuando el carnaval coincidía con domingo, ese día no se vivía como un domingo “normal”, sino como parte de un ciclo festivo ya asumido por la comunidad.

En la práctica, la misa dominical no se suspendía. La gente acudía al oficio por la mañana y la fiesta continuaba después. Esto está documentado en ordenanzas municipales desde el siglo XV: se prohibían máscaras dentro de la iglesia o ruidos cerca del templo, pero no la celebración en sí. La Iglesia prefería regular el carnaval antes que intentar suprimirlo, porque entendía que cumplía una función social: permitir un desahogo colectivo antes del periodo de ayuno y disciplina.

Además, como el domingo de carnaval tenía un carácter más familiar y diurno, eso lo hacía más compatible con la idea de día del Señor.

V. Lunes y Martes de Carnaval

Aunque no siempre sean festivos, estos días prolongan el tiempo de excepción y marcan la resistencia del  carnaval frente a la vuelta al orden. Culturalmente son jornadas en las que se consolida la sensación de “vivir en paréntesis”: la gente sigue saliendo disfrazada, se celebran finales de concursos, bailes de máscaras y últimas verbenas. 

En muchos lugares, el martes es el verdadero “último día de exceso” antes del corte que supone el miércoles de ceniza, y concentra una mezcla de euforia y cansancio que tiene algo de despedida. También es un momento en que se intensifica la burla a la autoridad y la crítica política, como si hubiera que decirlo todo antes de que se cierre el tiempo festivo.

VI. Entierro de la sardina

Este día tiene un significado doble: religioso y carnavalesco. Desde la tradición cristiana, el miércoles de ceniza marca el inicio de la Cuaresma, tiempo de penitencia, contención y reflexión que prepara la Pascua. Normalmente la ceniza se obtienía quemando los ramos del Domingo de Ramos del año anterior.

En clave de carnaval, se vive como el acto ritual que pone fin al desorden: el entierro de la sardina representa metafóricamente la muerte de la fiesta, del exceso y de la carne. El cortejo fúnebre paródico -viudas fingiendo llantos desconsolados, curas falsos, ataúdes grotescos- juega con la idea de funeral, pero en clave de humor; culturalmente dramatiza que el tiempo de permisividad acaba y que el orden cotidiano vuelve. 

La elección de la sardina tiene primero una base alimentaria muy simple: era el pescado barato y accesible que se consumía durante la Cuaresma, cuando la carne quedaba prohibida. Enterrarla o quemarla al final del carnaval funcionaba como un gesto simbólico de transición: se dejaba atrás el tiempo de abundancia y se entraba en el periodo de ayuno. La sardina representaba, por tanto, el alimento humilde que sustituiría a la carne, y su entierro marcaba el paso del exceso a la contención.

Al mismo tiempo, la sardina actuaba como símbolo del “resto” del banquete. En muchas culturas festivas europeas, el final de una celebración se dramatiza destruyendo o eliminando un objeto que representa lo que queda cuando la fiesta se apaga. La sardina, pequeña y sin prestigio, encajaba bien en ese papel: era un recordatorio de que el tiempo de la abundancia había terminado y que lo que quedaba era lo modesto, lo cotidiano. Su funeral paródico convertía ese tránsito en un acto colectivo.

Por último, la sardina permitía un cierre carnavalesco en clave de burla. El carnaval siempre juega con lo grotesco y lo absurdo, y hacer un funeral solemne a un pez barato era una forma de ridiculizar los rituales serios antes de volver al orden. La sardina se convirtió en el símbolo perfecto porque unía economía, religión y humor: representaba el alimento del ayuno, marcaba el final del exceso y permitía un cierre festivo que mantenía el espíritu de inversión propio del carnaval.

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