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El comienzo del invierno

A partir del 8 de noviembre, las Pléyades -esa bandada de palomas que escapan de Orión-, se ponen al amanecer. En la antigüedad ello marcaba el comienzo del invierno. Las estatuas de Deméter se transforman en rocas y no será hasta el equinoccio que vuelva a hablarse de la diosa. Perséfone y Hécate nos acercan los rigores del frío y la muerte.

Antes o después de ese día, una rama de olivo se le acerca a la diosa en señal de agradecimiento y se alimentan las aves para que la bendición llegue bien lejos. También servimos alimentos en nuestra mesa, organizando un pequeño banquete para celebrar y agradecer toda la protección que la diosa de la fecundidad nos ha dado a lo largo del año. Esto solo puede significar la cercanía de la segunda Adonia. La última fiesta del año religioso que, a comienzos de diciembre, cierra el año.

Las migas de pan y las semillas alrededor de la estatua de Deméter nos auguran un buen final, lleno de bendiciones y beneficios. Algo similar ocurre con la representación de nuestra propia muerte en la segunda Adonia.

Son fiestas de cierre. Un silencio desde el 5 de diciembre al 1ro de febrero, solo quebrado por el solsticio y el fin de año. Apolo, agazapado, genera un aura sobre los meses muertos que nos habla de resurrección y renacimiento.

Ante esa promesa del retorno a la vida, nos sumergimos en las aguas de Lete como lo hace la naturaleza: descansa, hiberna o muere.

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