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La noche de las velas

La Noche de las Velas es una celebración bajo la luna llena consagrada a las nueve Musas: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania. Cada una de ellas, hijas de Zeus y Mnemósine según relata Hesíodo en su "Teogonía" (vv. 53–75), preside un arte o ciencia distinta, y su inspiración desciende sobre los mortales como un soplo divino.

“Y ellas, desde el principio, inspiraron a los bardos y les enseñaron a cantar” (Teogonía, v. 94).

En su honor, se encienden nueve cirios, uno por cada Musa. Las velas arden mientras el incienso se alza en espirales invisibles que rozan el cielo nocturno. Es una vigilia dedicada a la inspiración, un retorno ritual al tiempo en que los poetas invocaban a las Musas para poder comenzar su canto. Así lo hace Homero al iniciar ambas epopeyas:

“Canta, oh Musa, la cólera de Aquiles…” (Ilíada, I.1).
“Háblame, Musa, del hombre de multiforme ingenio…” (Odisea, I.1).

Aquellos antiguos sabían que el arte no nacía en el artista, sino que descendía sobre él. Como dice Platón en el "Ion", los rapsodas no crean, sino que son poseídos por las Musas como los aedos lo eran por Apolo. La manía, el frenesí poético, no era un trastorno, sino una bendición.

“No es por el arte que dicen tantas y tan bellas cosas, sino por un poder divino” (Ion, 534b).

En nuestra era de autorías blindadas por contratos y licencias, cuesta imaginar que la obra de arte no pertenezca al creador. Sin embargo, en la Grecia antigua, el arte no era propiedad: era revelación. La inspiración era externa, casi temible, y quien la recibía era solo un transmisor.

La Noche de las Velas, por tanto, no es una simple ceremonia simbólica. Es un intento de situar el Arte en otro lugar: fuera del Yo, más allá del ego. Iluminar con nueve velas el espacio es reconocer que, quizás, lo más bello que hayamos creado no venga de nosotros, sino que pase a través de nosotros.

Apagaremos los cirios mucho antes que se consuman, dado que solo los dejamos arder por una o dos horas. Luego, arderán uno tras otro, durante el período que representa la Segunda Adonia y el Sol invictus. En los quince días que se celebra la plegaria sagrada: "Qui exaudivit me in die tribulationis meæ, salvum me faciat".


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