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La cura de Filoctetes

"Filoctetes herido" por Francesco Hayez (1818-1820)

Cuando los Aqueos zarparon hacia la Guerra de Troya, llevaban consigo no solo armas y guerreros, sino también promesas y juramentos. Entre ellos estaba Filoctetes, quien había heredado de su padre un destino ligado a los dioses. Filoctetes era hijo del rey Peante de Melibea y de Metone o Demonasa. En cuanto a su lugar de nacimiento, nació en Melibea, una ciudad-estado de Tesalia, en la Antigua Grecia. No era solo un arquero; era el guardián del arco de Heracles, el mismo que el héroe le había entregado antes de ascender al Olimpo. Pero el viaje de Filoctetes, como el de tantos antes que él, debía cruzar el umbral de la prueba antes de alcanzar su propósito.

En la isla de Crisa, mientras realizaban un sacrificio en honor de Apolo, una serpiente surgió entre las sombras del altar y hundió sus colmillos en el pie de Filoctetes. No fue una mordedura cualquiera, sino una marca impuesta por el destino. La herida no sanó, y su carne, corrompida, comenzó a supurar un hedor insoportable. Los aqueos, incapaces de soportar su olor, decidieron abandonarlo en la isla de Lemnos. Allí, solo y despreciado, el arquero quedó al margen de la guerra, como si el mismo cosmos lo hubiese apartado de su misión.

Para su desesperación, antes de abandonarlo en la isla, los hombres lo despojaron de sus armas y tenía muy pocos recursos para sobrevivir. Sin embargo, logró conservar su arco y sus flechas.

En esta representación hecha por François-Xavier Fabre alrededor del año 1800, muestra el momento en que Ulises y Neoptólemo toman las flechas de Hércules de Filoctetes.

Pero los dioses no olvidan a los que llevan sus dones. Apolo, cuya mano había guiado la serpiente, también sería quien lo purificara. Porque todo aquel que posea un arma sagrada debe ser digno de blandirla, y Filoctetes aún no había sido probado en el fuego de la divinidad.

El dios descendió a Lemnos envuelto en la luz del sol naciente. Filoctetes, sumido en el dolor, apenas pudo alzar la mirada, pero sintió el calor de la presencia divina.

—Hijo de Peante —habló Apolo—, la herida que portas no es solo carne corrompida. Es el peso de una promesa, el sello de una prueba.

Con manos firmes, el dios pasó su toque purificador sobre la llaga. El veneno se disipó, el dolor cedió, y la piel se cerró como si nunca hubiera sido herida. Pero Apolo no solo sanó su cuerpo, sino que también restauró su espíritu, dándole la visión de su destino.

—Te han abandonado, pero aún no has sido olvidado —dijo el dios—. Llegará el día en que los mismos que te dejaron aquí volverán a buscarte, porque solo tu arco puede derribar las murallas de Troya. Y cuando ese día llegue, recordarás que la vergüenza no es el final del viaje, sino la senda que conduce a la gloria.

Según las fuentes griegas, Apolo y Poseidón fueron forzados por Zeus a trabajar juntos para construir las murallas de Troya como castigo por haberse rebelado contra él. Los dos dioses se disfrazaron de mortales y ofrecieron sus servicios al rey Laomedonte de Troya. De ello hablaremos en los próximos días.

Apolo partió, dejando a Filoctetes no solo curado, sino transformado. Ahora comprendía: la herida no había sido un castigo, sino un tránsito. Y cuando el momento llegara, su regreso no sería el de un hombre roto, sino el de un guerrero forjado en el abandono, purificado por el dios luminoso y destinado a decidir el destino de Troya.

 Años más tarde, Odiseo y Neoptólemo regresaron a Lemnos para buscar a Filoctetes y sus armas, ya que una profecía había revelado que sin ellas, Troya no podría ser conquistada.

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