Plenilunio de Hermes


La noche de Hermes del año es, sin duda, la noche más singular por el carácter materialista que pueden tener ciertas ofrendas. No nos referimos al incienso, ni a las velas doradas típicas de esta noche, sino a los ruegos. 

Afirman que Hermes es el dios más cercano de todo el Olimpo al género humano. De ahí que, esta noche, las súplicas y las notitas lleven escondidas frases pidiendo ganancias materiales y trabajo, agradeciendo los bienes disfrutados. Todos caminos que distan de la espiritualidad que se le atribuye a otras celebraciones. Es el conjuro a Hermes Erionios. 

A lo largo de los últimos artículos, hemos dejado en evidencia la naturaleza de Hermes como el dios-diosa que está detrás de cada puerta, de cada cambio, de cada transformación y en la entrada y salida de las dimensiones más trascendentales: la vida y la muerte. 

Pero también Έρμῆς es lo más mundano, lo más cercano y también lo más necesario. Es el Dios del trabajo, padrino de los viajes, presencia en cada pequeña mejora... una oportunidad irrepetible para alzar un ruego al cielo ante sus múltiples dones. 

Es curioso que un dios olímpico que hace referencia a un aspecto inmaterial de nuestras vidas, que no representa ni al mar ni a la lluvia, sea el receptor de las peticiones más mundanas. 

Durante unos cuantos meses estuvimos cultivando una ofrenda de Mercurialis perennis para que esta noche arda en nuestro pequeño altar. Dando comienzo a una noche mágica, pero sin la solemnidad de otros plenilunios. La noche de los deseos y los pedigüeños.