Parentalia


Independientemente del origen patricio y romano de la Parentalia, la luna llena de hoy merece ser celebrada con los ojos puestos en los ancestros.

Es simple: nosotros somos porque ellos fueron y gracias al esfuerzo y el sufrimiento de muchos miles de seres humanos que lograron sobrevivir y ayudaron a vivir a otros, es que estamos vivos en este preciso momento.


No todos los padres son buenos padres, ni todos los hijos son buenos hijos y no todas las familias son funcionales. Sin embargo, es innegable que, si al nacer no hubiésemos contado con la asistencia de otro ser humano, no sobreviviríamos.

Tal es la fragilidad de nuestra especie que contamos con los otros para poder llegar a ser adultos. En nuestra interdependencia hay, también, belleza y generosidad. 

Más allá de las los casos particulares, la especie humana es una gran familia multitudinaria. Los lazos de aquellos que consiguieron llegar a edad reproductiva y dar a luz, los de aquellos que cuidaron a su prole -o a una prole-, los esfuerzos de todos merecen un mes en el calendario dodecateísta donde desempolvar los retratos y hacer ofrendas. Un mes para salvar a los nombres del olvido.


Como planta, la violeta africana es una especie idónea para adornar los altares y como actividad, nada mejor que la genealogía.


Todos somos gracias a alguien en una cadena que parece casi infinita, que se extiende a través de los parientes más próximos, extiende ramas cruzando familias, uniendo clanes hasta llegar al origen de la especie, hasta el mismo origen del tiempo y de la vida.


Difícilmente desde nuestra individualidad comprendemos que estamos relacionados con los distintos tiempos -Edad Contemporánea, Moderna, Medieval, Antigua- a través de numerosas culturas y, sobre todo, a través de innumerables esfuerzos.


Exceptuando el código genético, todo lo que ellos fueron se va desdibujando con las décadas y los siglos, hasta que nosotros mismos seamos, también, olvidados.

En nombre de todos ellos, un mes de agradecimiento y reconocimiento porque, aún sin querer, la vida se perpetúa a sí misma casi indistintamente como un milagro y como una maldición.