Carnaval

“¿Hasta dónde puedes romper las reglas sin romper a los otros ni a ti mismo?”. El carnaval es una celebración en honor a Dionisio de larguísima trayectoria histórica. Es el único momento del año en el cual se festeja la destrucción de la norma.
Las estrictas reglas sociales, el rechazo al exceso y al riesgo, modulan el comportamiento y la mente consciente. Finalmente arriba la noche donde se cede el control y favorecidos por el consumo de manjares, bebidas o drogas, el caos conquista la calle.

En el calendario es una fiesta solar, por lo que es un día que no suele coincidir, como por fortuna lo ha hecho este año, con los carnavales de los países católicos.

El desafío que la bacanal le plantea al panteísta es: ¿Hasta dónde puede romper las reglas sin romper a los otros ni a si mismo?
El eclipse de la consciencia no tiene porqué ser total, algunos rompen las reglas mientras que otros, aún siguiéndolas, se permiten un menor control sobre sus actos. Desde los que destruyen, hasta los que deconstruyen o simplemente suavizan su control, el carnaval es apto para todas las psiquis.

Dionisio es el potencial inconsciente en el que late la sexualidad -la creatividad- y la destrucción -la temeridad- dentro del comportamiento humano. Nadie como él puede representar la destrucción y la creatividad con igual magnitud. Pocas figuras divinas pueden resultar tan complejas de analizar. De ello hablaremos en los próximos días.

Sexualidad y destrucción son las dos columnas que sostienen la imagen del Oriental. A través de la sexualidad, Dionisio inviste la virilidad desbocada y desproporcionada, la celebración ruidosa y obscena, dando muerte a las buenas costumbres, la decencia y el decoro en una noche de excesos y riesgos.

La licencia para el descontrol y el caos caduca en “el entierro de la sardina”, la fiesta que simula burlonamente un cortejo fúnebre y en la que el espíritu dionisíaco se sepulta en virtud de la norma.

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