I. El Diluvio: Pirra y Deucalión
La historia del diluvio es un motivo compartido por varias civilizaciones del mundo antiguo. En la tradición griega, el relato de Deucalión y Pirra —los únicos supervivientes de una humanidad aniquilada por Zeus a través de un diluvio— resulta emblemático.
El "Diluvio de Deucalión" fue causado por Zeus, quien, enojado con los hijos de Licaón -un rey que había ofendido a los dioses al sacrificar a un niño y ofrecerlo en la mesa a los invitados divinos-, desató una gran inundación para exterminar a la humanidad. Licaón, quien había sido el primer civilizador de Arcadia, fue transformado en lobo por Zeus, y su familia recibió un castigo similar después de servirle un banquete repugnante, que incluía las vísceras humanas. Zeus, furioso, provocó un diluvio que cubrió la Tierra.
Sin embargo, Deucalión, el rey de Ptía, y su esposa Pirra sobrevivieron gracias a un aviso de su padre, Prometeo. Construyeron un arca y se refugiaron en ella mientras las aguas cubrían todo, dejando solo algunas montañas como refugio. El arca terminó descansando en el monte Parnaso tras nueve días de flotación. Después de que el diluvio cesara, Deucalión y Pirra rezaron a Zeus para que la humanidad renaciera. Zeus, a través de Temis, les dio la respuesta, indicando que debían arrojar piedras por encima de sus hombros. Las piedras que arrojaron se transformaron en hombres y mujeres, renovando así la humanidad.
Aunque Deucalión y Pirra fueron los principales sobrevivientes, hubo otros que también escaparon del diluvio, como Megaro, hijo de Zeus, quien subió al monte Gerania, y Cerambo, quien fue transformado en escarabajo por las Ninfas para volar hasta el Parnaso. Los habitantes del Parnaso también se salvaron al ser guiados por lobos hacia la cima de la montaña.
II. El esquema hesiódico sobre la degeneración y su castigo
En "Los Trabajos y los Días", Hesíodo describe cinco edades de la humanidad, cada una marcando un deterioro progresivo en la virtud y la relación con los dioses. La Edad de Oro es una era de armonía; la de Plata, de torpeza e irreverencia; la de Bronce, de violencia; la de los Héroes, una pausa de virtuosismo antes de la Edad de Hierro, la Era de desvinculación total con los dioses.
En ningún momento Hesíodo menciona un diluvio como elemento transicional entre edades. Las edades terminan más bien con el retiro de los dioses, guerras o intervenciones divinas, pero no con una catástrofe hídrica. Esto sugiere que la historia del diluvio, aunque compatible con el espíritu de estas edades, no formaba parte de la concepción original hesiódica.
III. Autores posteriores y fusión de tradiciones
El agua que destruye es también la que purifica. Y en cada ciclo, la posibilidad del renacer no solo está escrita en los dioses o en la tierra, sino también en la mirada del primer hombre que vuelve a soñar con un futuro.
Porque tal vez eso sea lo verdaderamente divino: la capacidad de reconstruir desde el silencio, el barro y la esperanza.
Apolodoro de Atenas (siglo II a.n.e.)
En su "Biblioteca", Apolodoro presenta el diluvio como una respuesta de Zeus a la impiedad generalizada de los hombres. El cataclismo se sitúa como clímax de un mundo ya condenado, reflejando una atmósfera de degeneración moral que recuerda el final de la Edad de Bronce según Hesíodo. Aunque no lo mencione explícitamente, es como si la tradición hesiódica se reinterpretara aquí a través de un marco ético más definido, donde el castigo divino purga la corrupción acumulada.
Ovidio (siglo I a.n.e.-I)
En "Las Metamorfosis", Ovidio ofrece una de las versiones más elaboradas del diluvio grecolatino. La maldad humana —representada por el canibalismo de Licaón y la guerra entre hermanos— lleva a Júpiter a desencadenar un diluvio total que borra casi toda huella de civilización. Aunque no menciona a Hesíodo, la humanidad retratada encaja con la Edad de Bronce: violenta, sacrílega y ajena a la piedad. La narrativa parece asumir, sin proclamarlo, que la aniquilación divina es la única salida posible.
Pausanias (siglo II)
En su "Descripción de Grecia", Pausanias menciona refiere el diluvio en clave fundacional. Al destacar la impiedad como causa de la catástrofe y señalar la regeneración a través de Deucalión, refuerza la lógica de ruptura histórica. El relato ya no es solo castigo, sino origen. La alusión hesiódica aquí es tácita, pero la estructura cíclica —fin de una era, inicio de otra— resulta clara.
Nono de Panópolis (siglo V)
En "Las Dionisíacas", Nono ase centra más en la restauración que en el castigo. Deucalión es presentado como un nuevo patriarca, y el renacer humano tras el diluvio adquiere un tono casi esperanzador. A estas alturas del pensamiento grecorromano, el ciclo de destrucción y resurgimiento ya se funde con tradiciones neoplatónicas y cristianas, que reinterpretan el mito como tránsito entre eras espirituales más que materiales. La idea de las edades de la humanidad ya estaba integrada en varias corrientes filosóficas, lo que explicaría la facilidad con la que se amalgamaban ambas tradiciones.
IV. Parentescos con la Biblia: el diluvio universal
La Biblia, en el libro del Génesis, narra el diluvio universal como castigo divino ante la corrupción humana. Dios elige a Noé para preservar la vida en la tierra. La narrativa incluye elementos que resuenan con los relatos griegos.
Ambos relatos funcionan como una "reset moral" impuesto por la divinidad. Sin embargo, a diferencia del esquema hesiódico, el Génesis no presenta una teoría de las edades. En cambio, el énfasis está en la alianza con Dios y la genealogía posterior.
Aun así, los Padres de la Iglesia y autores cristianos posteriores —como San Agustín— integraron la idea de edades del mundo para leer la historia como una sucesión de decadencias y renovaciones, lo cual contribuyó a establecer puentes entre la cosmología grecorromana y la teología cristiana.
V. Dos tradiciones, una misma narrativa
La fusión entre relatos míticos y corrientes filosóficas expandió de manera decisiva el alcance simbólico de las antiguas narraciones. Esta mezcla no solo enriqueció los significados, sino que también abrió el camino para concepciones más complejas del tiempo y la historia.
Tanto en las cosmovisiones politeístas como en el cristianismo, este entrelazamiento permitió imaginar la existencia humana como parte de una secuencia ordenada, marcada por momentos clave de revelación, juicio o renovación. Los relatos dejaron de ser meros mitos del pasado y se transformaron en marcos interpretativos del presente y del porvenir.
En última instancia, ya sea representado por edades sucesivas o por grandes inundaciones regeneradoras, el núcleo simbólico se mantiene constante: la humanidad está sujeta a ciclos. Ciclos en los que el juicio, la destrucción y el renacimiento son guiados por el pulso divino, ya sea bajo la forma de múltiples dioses o de un Dios único.
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