"Déjame que yo decida por ti" por Nacho Corredor Sala


"Al final parecerá normal decir que la gente no puede decidir sobre su propio futuro", dice un profesor en el patio de mi facultad. Yorgos Papandreu, respondiendo a no se sabe exactamente qué intereses, plantea un referendo para preguntar a los griegos si aceptan o no el plan de rescate establecido por la UE (o, mejor dicho, por Alemania y Francia). Días atrás, como recordaba el mismo Paul Krugman, un informe secreto revelaba que los programas de ajuste impuestos (o no) a Grecia eran sencillamente inviables. 


En nombre de una responsabilidad que, por cierto, parece no haber logrado un avance significativo por lo que se refiere a la salida de la crisis, la iniciativa de Papandreu no tan solo ha sido cuestionada (algo legítimo), sino que se ha demonizado automáticamente. De nuevo, se ha evidenciado que no hay margen de decisión para los ciudadanos; el típico "todo para el pueblo, pero sin el pueblo". 



Lo practicaron gentiles reyes bien vestidos; luego, militares que adornaban de folclore su ideología; y, ahora, unos hombres que dicen defender el libre mercado y la libertad de las personas, y que son suficientemente sabios para, en un ejercicio de paternalismo incomprensible, decidir que la gente no tiene mucho que decir. El nuevo totalitarismo se reviste de responsabilidad, elementos técnicos indiscutibles y corbatas de calidad. La política es, cada vez más, víctima y gestora de algo que imponen rostros invisibles, y las reacciones a la decisión de Papandreu lo evidencian. 

Mientras Mario Draghi, ahora presidente del BCE y antaño trabajador de Goldman Sachs (ya saben, quienes controlan el mundo), asume su nuevo cargo –respondiendo a otro extraño juego de ajedrez–, los griegos deben ser conscientes de las consecuencias de su decisión. No obstante, se presume insultante asumir con naturalidad que la democracia es una farsa paternalista que ha delegado poder en instituciones controladas por no se sabe exactamente quién. 

Probablemente, todo proceso de apertura en la toma de decisiones deba ir acompañado de un necesario ejercicio de pedagogía y educación cívica. Y, probablemente, queda mucho camino por recorrer. El futuro que escriban los griegos es incierto; pero tan incierto o más es el resultado final de unas políticas dictadas por determinadas instituciones y personas que no fueron capaces de predecir la quiebra de un sistema económico y financiero y que, hasta el día antes del crash , decían que todo iba sobre ruedas. 

Quizá llegue el día en el que los poderes públicos tengan interés por dotar de cultura cívica a sus ciudadanos y hacerlos partícipes en más tomas de decisiones… Pero, mientras tanto, se debe asumir la responsabilidad que supuso decir que vivíamos en una democracia, y no formar, explicar y hacer pedagogía entre unos ciudadanos que son soberanos. El futuro está por escribir, la Unión Europea por reinventar y la democracia está sumida en una profunda crisis. Papandreu no tiene una varita mágica… Pero ya ha avisado.