"Sexotoño en Amsterdam" por G.Palacios


[Germán de Patricio, escritor algecireño, acaba de regresar de Holanda, donde estuvo por un período de tres años, en cuyo transcurso estudió Filología y, al mismo tiempo, para poder subsistir con cierta holgura económica, se dedicó a desempeñar oficios tan diversos y eventuales como dependiente de un sex-shop. Éste es el relato de su insólita experiencia.]

Cuando entré a trabajar en la sex-shop Madame, al sur de Amsterdam, pude observar que en la Avenida de Kennedy seguían engalanándose las gorgueras de las acacias con esferitas amarillentas, unas bolitas esponjosas y diminutas como testículos de saltamontes japoneses. En Amsterdam las acacias florecen en otoño, y aquel día los pobres árboles apuraban los últimos perfumes y colores antes de los grandes fríos.
El encargado era un tiparrón calvo y con gafas. Me lo había presentado la víspera mi compañero de clase Erik, un belga de Amberes que despachaba a la noche treinta y tres clases distintas de marihuana y hachís en un Coffee-Shop legalizado de la plaza Leidseplein. Tanto el encargado como el amigo que me recomendó eran por demás abstemios, no fumaban, vivían sobriamente con sus estables esposas y eran de costumbres tan fijas como los piñones únicos de sus bicicletas. Todo ello, me aseguraban, les otorgaba aun más derecho a presumir de tolerancia.


Tolerancia. Menudo vocablo. Debo confesar empero que mis conjeturas preconcebidas sobre la labor cotidiana en un sex-shop variarían radicalmente tras una semana en el mostrador, pero no sé certificar si ello se debía a que nos hallábamos en la inverosímil y prodigiosa ciudad de Amsterdam, a que me empleaban sólo cuatro tardes a la semana, o acaso a que yo era entonces un estudiante universitario español, trotamundos y dispuesto a todo. O a casi todo. La iglesia de San Nicolás se alzaba detrás de nuestra esquina. No era un hecho tan exagerado como en el Barrio Rojo, donde la sagrada Oude Kerk abría sus predicaciones, crucifijos, liturgias y misas justo enfrente de la mayor casa de putas del municipio, e infinidad de mujeres casi desnudas guiñaban a la parroquia desde escaparates fetichistas con luces coloradas. No, decididamente, no era algo tan espectacular. Sin embargo, cuando en mi quinta jornada laboral el presbítero protestante franqueó mi umbral entre tetas de plástico, ligueros negros y condones con cabezas de Micky Mouse, temblé, sospechándome un nuevo, orgulloso, insolente discurso holandés sobre la tolerancia.
Aunque tan sólo se acercó, sonriente, a pedir prestada una bufa para inflar la rueda de su bicicleta. ¿Quiere usted que yo le pague medio florín por cinco minutos de aire?, me preguntó. Yo negué con la cabeza, primero porque en aquel otoño medio florín apenas llegaba a veinticinco pesetas, en segundo lugar porque si él era un orgulloso holandés tolerante yo era un orgulloso andaluz desprendido, y también porque, en el fondo, yo agradecía que un ministro divino santificara con su presencia aquella bendita casa.

¿Y las mujeres? ¿Cómo eran las mujeres que visitaban la porno-tienda? Por lo general se trataba de holandesas gordas, horteras, pálidas y feas. Venían en parejas, alardeaban conmigo de tolerancia y reían a carcajadas (reír a carcajadas en un sex-shop sirve para ocultar el azoramiento).
Y lo más atroz del asunto: me engañaban. Sí, me engañaban. Me había acostumbrado a los turistas, que cruzaban el recinto con sigilo como si aquello fuera una casa de espíritus minada de trampas secretas, tratando de reírse de su propia turbación o examinando películas y muñecas hinchables entre murmullos. Pero estas jamonas cerveceras me avasallaban con requerimientos inauditos. "¿Porqué el líquido eyaculador de este consolador a pilas no surge caliente?" "¿Esperas en serio que abone cincuenta florines por un cipote al que se le quiebran los pinchos?" "¿Cómo es posible que las escenas de la carátula no aparezcan después en el filme?" "¿Es que no vas a reintegrarme el importe de este camisón erótico, que no es de mi talla, porque ya lo he usado una sola vez?" Humanitario y caritativo, yo transigía, y sistemáticamente me ganaba los amenazantes rapapolvos del encargado al cerrar la caja.

Sin embargo un día me ocurrió algo poco común; acaso a ustedes les resultará insólito, pero nadie en clase se inmutó cuando lo relaté. Eran las siete de la tarde, y el local se hallaba vacío porque las cabinas de monedas para Peep-Show no empezaban hasta las nueve. De súbito entró una chica. Yo ese día andaba algo amargado; debía redactar doscientas páginas sobre el surrealismo en la obra literaria de no sé qué mentecato, encima no lograba que el calvo de las gafas me legalizara para extender permisos y visitar al otorrino de la Seguridad Social, y en definitiva iba tan asqueado por fotos fláccidas que ya ni siquiera me masturbaba. La chica no era gorda ni pálida; es más, tampoco parecía holandesa. Vestía falda negra y medias negras de nylon, y por sus ojillos podría ser una oriental, tailandesa o algo semejante.
Resplandecía en ella esa zona pequeña donde terminan las largas medias y empieza justo esa chispa de carne. Era lo más sutil que veía en una quincena. Era tan sutil que me excitó como un cañón de artillería.
—He quedado aquí. Con mi novio —musitó.
¡Presuntuoso de mí! Me alegré, imaginando que sería una novata y atrevida casualidad, y que 9 su deliciosa torpeza me dejaba en condiciones de ayudarla. Olía a bálsamo de espliegos. Antes de que yo hablara, me preguntó: —¿Te aburres?
—Bueno... a veces viene un cura para hinchar su bici.
De pronto entraron dos magrebíes. El primero se fijó en mi cara y en mi barba, y me preguntó algo en árabe. Yo, un chico listo, le contesté en holandés lírico y casi me rompe la crisma: ¡creían que yo era marroquí y les estaba tomando el pelo! Al fin se calmaron, concentrándose en elegir objetos para una movida de tríos, no sé. Iban hasta el culo de algo —pero tampoco sé exactamente de qué. A mí quien me daba miedo era el segundo, tenía rostro de serpiente de suburbio. Sé cómo son esos tipos. Sujetos hundidos en la mierda de una metrópoli extranjera, tratando de convencerse de que Amsterdam les ofrece algo inmaterial. Tolerancia, supongo. Consoladores de discos giratorios, muñecas de tacto mórbido, condones fluorescentes con cabezas de Bugs Bunny. Tolerancia.
—¿Y si me voy contigo? —le pregunté.
—Cien florines. En casa de mi novio.
Dice el gran poeta Al-Mutanabbi: Es el mayor mérito del hombre que sus defectos puedan enumerarse. Pero ¡cien florines! La vida era realmente dura con un pobre estudiante como yo; al fin y al cabo, las putas del Barrio Rojo costaban menos de la mitad. Minutos después volví a quedarme solo en la tienda y, compungido y desconsolado, recordé los versos de Pablo Neruda: Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Ay, el amor. 

Seguí viendo películas y bragas sobreponiéndome al desengaño. Sobre todo filmes en los que actúa siempre el moro ése con bigote que han contratado los productores pornográficos americanos, no me acuerdo de cómo se llama pero vaya verga gasta el sarraceno, si la llega a emplear de catapulta en la defensa de Granada—pero lo cierto es que cuando me hacía macocas observando las fotos les cambiaba mentalmente el rostro por el de la tailandesa. Decididamente, estaba enamorado. El presbítero siguió viniendo cada tarde a inflar aire en su bicicleta; más tarde me enteré de que en el taller del barrio la máquina del aire costaba efectivamente medio florín. Seguían acudiendo las celulíticas adiposas oliendo a Heineken. Cada noche seguían apareciendo los dos asiduos de las cabinas: un giboso que curraba en unos billares y otro que se dejaba allí la subvención mensual del Estado del Bienestar.
El encargado fue gradualmente tornándose más calvo y más nervioso: me insistía en que las sex-shops iban de capa caída, que eran un invento de los años sesenta y setenta, que en Amsterdam algunas se salvaban gracias al turismo y a su desmesurada fama lúbrico-drogadicta. A todas luces, fama injustificada, vistas las actitudes de él y de Erik. Todo era una cuestión de comercio, me dijo. Y de tolerancia.

Pomadas trempadoras, látigos y anillos con púas, coños de poesía mecánica. Poco después yo aprobé mi megatrabajo sobre el surrealismo en la poesía de posguerra o no sé que leches en vinagre, me ofrecieron manufacturar tarrinas de mayonesa sin colesterol en una fábrica de Rotterdam, y al cabo el calvo con gafas determinó que una rubia risueña atraería mejor a la clientela que un estudiante flaquillo con cara de turco.
—Lo lamento —dije—. No puedo afeitarme a diario. Me salen granos.
—Yo sé que eres español, pero es que así pareces un turco —explicó el encargado; y, luego, limpiándose las gafas metálicas, añadió con mal gesto: —No soporto a los árabes, sabes. No los soporto. No tienen ni idea de tolerancia.

No obstante, el amor acabaría triunfando. Justo en mi último día de sex-empleado, el camión repartidor de Private aparcó junto a la iglesia de San Nicolás para suministrar el último número mensual (con textos en inglés, holandés, alemán y un español literalmente traducido con la polla). Garabateé mi última firma falsa en el albarán y rasgué el precinto del embalaje. Cuando colocaba las revistas en sus casilleros, de pronto el corazón me dio un vuelco. ¡Allí estaba mi tailandesa! ¡Oh júbilo! ¡Oh dicha infinita! Aún recordaba mi vanidad y presunción al creerla novata casual. Ojeé las fotografías: allí estaba, la penetraban su novio y un nórdico con aspecto de futbolista del PSV Eindhoven. Ahí la tenía, para mí y por mucho menos de cien florines: apenas dieciocho. Después de todo, alguna sabiduría había aprendido trabajando en un sex-shop.
Cuando salí a la calle, el cielo amenazaba tormenta. No sé por qué, me fijé en que los racimos de mimositas amarillas, las espinas y las hojuelas se habían caído de las gorgueras de las acacias, y a lo largo de la Avenida Kennedy sólo se distinguían contra el cielo gris sus ramajes de álabes y tánganos, secos y desnudos