Un monstruo no sabe decir perdón ni gracias


La humanidad es un conjunto, un gigante de millones de cabezas que forma una conciencia, billones de brazos obrando a través de la experiencia.
Es difícil para nosotros, como individuos, percatarnos de que formamos parte de un grupo cuando todas las emociones y los pensamientos nos parecen quedar reducidos a nuestra individualidad.
Por ello la conciencia que formamos nos parece forzosamente individual, por que nadie puede sentir el dolor de nadie... o no.
El monstruo de millones de cabezas ve caer sus emblemáticas torres y se lanza enfurecido hacia los montañas en la otra punta de la geografía del globo en busca de culpables a los que destruir.
El monstruo estaba sediento de venganza en el 2001.
El monstruo se lanza a la calle gritando su necesidad de cambiar una estructura política y social en el 2011 al mismo tiempo que se horroriza al ver que sus inventos fallan, explotan y se incendian vertiendo fluidos radiactivos en el "primer mundo".

Si no somos conscientes de ser una unidad, podemos dejar de percibir las consecuencias de nuestros hechos. Que un país como Francia, teóricamente "avanzado", permita lanzar una cruzada contra una población gitana, forzándola al exilio impacta en todo el globo. El mensaje afecta a aldeas de África y a metrópolis europeas: es posible actuar sin derecho, burlando los derechos humanos, una vez más.
El monstruo se debate entre reconocer el valor de cada vida humana, cada una de sus partes y aniquilarlo. El monstruo se divide en credos, orientaciones sexuales, etnias, razas, sexos, edades, condición económica, partidos políticos, lenguas e identifica a la otra parte como un enemigo potente, peligroso a destruir.
Y le resulta difícil reconocer su imagen cuando está dividido. Cuando se arma para autodestruirse.
Tambalea entre la conciencia de que todo ser tiene un valor innato e innegable y la inconsciencia.
Entre el conocimiento que le aporta la experiencia y la vivencia directa y sus impulsos más sangrientos. De esta manera, cuesta caminar y negociar. A veces, le ha resultado más sencillo implotar dolorosamente para luego lamentarse.
Y esta conciencia crece y se pierde,pero no se alza victoriosa sobre el impulso. El monstruo, en fin, no deja de ser un chimpancé furioso al que le cuesta mucho dejar la estaca en el suelo.

La humanidad, en su conjunto, con todos los talibanes y los soldados norteamericanos, con todos los fascistas y los demócratas, con todos los anarquistas y los promonarquicos, con los israelitas y los palestinos, los del sur y los del norte, los bolivianos y los argentinos, las dos coreas, las antiguas alemanias, los magrebíes y los sudeuropeos, sunies y chiitas, tibetanos y chinos, tutsis y hutus, armenios y turcos, turcos y kurdos, indios y pakistaníes, la HUMANIDAD se debe siglos de disculpas, milenios de perdón y algún que otro agradecimiento a la tierra que cobijó al monstruo, lo vio crecer, padecer, intentar dominarla y hasta envenenarla.
La humanidad, por más televisores que invente, sigue sin poder verse a sí misma con claridad.