Jugando a los Budas de Bāmiyān


La imagen "Piss Christ" de Andrés Serrano fue creada hace unos 35 años, sin embargo hoy ha recibido un martillazo en Avignon, Francia. La obra "Gang Bang" es interrumpida a grito de "¡Viva Cristo Rey!" en el Teatro Nacional de Cataluña de Barcelona, España. No son hechos aislados, llevamos diez años de creciente intolerancia, reducción de libertades individuales y colectivas en la Europa de los -ahora- veintisiete.

Algunas manifestaciones artísticas pretenden enfrentarse al miedo que envuelve lo "sacro", lo "divino", en definitiva, "lo incontestable" a través de la provocación. La irracionalidad de las creencias suele ser abordada desde la pérdida del respeto como una forma deliberada de degradar lo "superior" hasta el nivel de lo mundano. Es una estrategia que puede elaborar piezas de incalculable valor artístico o burdas provocaciones de dudoso gusto, pero que nos puede conducir al autoanális. De este modo pasamos de ser espectadores de lo externo a espectadores de nuestras reacciones, una invitación, a través de la provocación externa, a ver nuestra propia irracionalidad, hurgando en ese difícil "¿qué es lo que tanto te molesta y por qué?"

El espectáculo convencional, tiene una estructura que ha permanecido inalterable durante los últimos dos milenios y medio: un escenario relativamente pequeño frente a un número de mayor de gradas. La acción sucede en las tablas y la reacción en las filas. Y por más que ambas interactúan, no es de esperar que la obra se lleve a cabo desde la fila 24. Son muchos siglos de "sentarse a ver, a leer, a escuchar" sin tener la necesidad de irrumpir una obra para dar su opinión. Este insoportable rol cultural de espectador es un convenio tácito que se adquiere en la taquilla.
La pasividad del espectador, ante la infinita oferta diaria, está evolucionando hacia largos bostezos y cabezadas, hacia una indolencia o indiferencia cada vez meyor.
El espectador intransigente no actúa del mismo modo. Espera con ansias que la obra respete la integridad de sus múltiples limitaciones, o de lo contrario siente el impulso de detenerla, todo lo cual rompe la estructura de la muestra, la escena, la obra, para limitarse a ser un patético alarde reivindicativo del ego que ni los happenings de Yoko Ono.
Al romper la dinámica del espectáculo en espasmos de violencia, el espectador intransigente, parece tener más ganas de emitir un mensaje que aptitudes psicológicas para recibirlo.

El coste de esta actitud nos está llevando a jugar a los Budas de Bāmiyān con todos los ataques y las clausuras, reconstruyendo los daños causados de una intransigencia que se permite el lujo de dinamitar varias obras de arte.
No respetar este contrato tácito al entrar en una galería, teatro o cine, es no comprender el funcionamiento del arte. Una obra puede "no gustar" al espectador y todo espectador puede volverse crítico -y hasta reaccionario- en su crítica, pero destruir la obra de otro como manifestación de una creencia no es aceptable.
Una de las peores experiencias que recuerdo es ver, en Buenos Aires, una película musical en una sala llena de espectadores. En la cual uno consideró que "cantar en el cine era ridículo" y se pasó toda la película gritando "¡Pará de cantar!", "¡Basta!", "¡No cantés más!" lo que degeneró en un griterío aún más triste de oír.
Si no te gusta, no vayas, no mires o aún mejor, propón algo distinto, crea lo que te gustaría. Eso es diálogo en el arte, el resto es intolerancia, violencia y destrucción.
Si cada intolerante tuviera la misma capacidad creativa que evidencia la obra de destruye o arruina, entonces ya no nos encontraríamos con un intolerante sino con un nuevo artista. Que los que destruyen, creen y crean en el diálogo que propone las manifestaciones artísticas es un reto que, dos mil cuatrocientos años después, los espectadores intransigentes, en su impulsividad, parecen no haber alcanzado.