Incomunicación y cultura


Definimos aquello que es arte, reconocemos cuando alguien canta bien, cuando alguien sabe bailar. Reconocemos también el talento. Pero ¿qué es el arte y el talento? Lo reconocible, una serie de patrones de movimiento coordinados hacen la diferencia entre un buen bailarín y un pie de madera.
El talento y el “buen hacer” de un poeta no es más que la utilización correcta de una técnica, de un patrón, del mismo modo que la gran voz de un cantante encaja en nuestros patrones, Pavarotti.

Durante su vida, la falta de perspectiva presente en las pinturas de Van Gogh hizo de su obra algo invendible, objeto de grandes críticas. Es que nuestra noción de lo que es arte y del talento no es más que un filtro construido por intrincadas nociones, reconocidas técnicas y patrones deseables.
De esta forma, lo que no es arte queda relegado a ser un teléfono descolgado, una comunicación unilateral, sin respaldo ni respuesta positiva. Para muestra, un botón: esta página web. Esta incomunicación también es consecuencia de nuestro concepto de arte.

Muchos de nosotros creemos en que la comunicación permite el entendimiento. Seguimos alimentando la insostenible creencia de que, si la humanidad consigue comunicarse y comprender, la paz será una realidad.
Nuestra forma de convencer es a través de las ideas, reemplazando unas por otras, creyendo verdaderamente que hay ideas que nos benefician a todos y esa es la batalla que libramos en el día a día, en busca de una comprensión global... que nunca llega.

Cuando en los años ‘60 Europa del norte recibió las primeras olas de inmigrantes, cobijó el naïve ideal que América ya rechazaba desde el siglo XVI: mucha gente de muchos colores, haciendo una gran ronda de paz alrededor del mundo.
Europa, que desde siempre ha sido un continente emisor de inmigración, adoptaba ahora un nuevo rol frente al mundo como receptor de inmigrantes. Un papel que España desconocería hasta la década del ‘80. En ese rol, pronto comprenderían que la gente que llegaba traían consigo su propia visión de sociedad, de la mujer, de Dios, del trabajo, en fin, del mundo. Y esta visión no siempre permitía una coexistencia sin conflictos, puesto que podía ser antagónica.
Comprendieron, también, que no podían colonizar mediante la razón las creencias de los recién llegados, no había posibilidad de convencerlos y, por ende, los catalogaron de inadaptados.
Muchos culpabilizaron a esas visiones "chocantes" -de la sociedad, de la mujer, de Dios y del trabajo- y definieron la alteridad como una desadaptación que no permitía una relación de igualdad (con sus concepciones). Y el negro, el indio, el blanco y el asiático de postal de Benetton abandonaron las formas ideales para recuperar su sitio en un infierno de prejuicios ancestrales. En la incomunicación actual, ambas partes pierden; unas, obviamente, más que otras.

Los hijos de los inmigrantes parisinos que ocasionaron esa sucesión de combates en las calles de París hace un par de años también padecieron esta incomunicación y, hartos de esperar el bendito momento del entendimiento, decidieron incendiar el bonito coche de quien tuvo una oportunidad que ellos nunca acariciaron.
Es una lectura demagógica y simplista de la conflictividad social, lo admito. Es casi una caricatura, pero pretende ilustrar que lo que nosotros esperamos de la comunicación es un milagro.

Esperamos del arte, del talento y de la comprensión de la idea unos frutos idílicos: la paz y la comunicación. Esas mismas expectativas e ideales, lejos de alcanzarse, generan conflicto e incomunicación. Peras al olmo.
Sin embargo, todos tenemos una persona en este mundo con quien hemos abandonado toda forma posible de diálogo y de comprensión mutua. Pensemos en él o en ella para visualizar este conflicto ¿qué expresión artística, qué idea, ¡qué dios! invertirá esta situación?
En una medida mayor ¿qué expresión artística, qué idea, acabará con la violencia entre Hamás e Israel? ¿Qué acabará con la violencia?

Durante siglos, muchos hombres soñaron con ser capaces de hablar con una persona que ya no estaba a su lado. Hoy, exceptuando los 1500 millones de personas que viven sin electricidad, existen muchos miles que son capaces de acceder a un teléfono o a Internet.
¿Eso ha hecho que los seres humanos alcancen una mayor comprensión del mundo en el que viven? El teléfono o la Red han resuelto los problemas de comunicación pero ¿han mejorado nuestra capacidad de comprender la alteridad?
Durante siglos los seres humanos creímos, absurdos y sin estar al tanto de los indicios, que esta incomprensión, esta incomunicación es un problema de carencia de medios materiales.
Comunicar y comprender son dos caminos que no avanzan por la misma senda: España tiene campañas de prevención del sida, tiene acceso a la profilaxis, pero el número de infectados por el VIH sigue en aumento.
Son sólo ejemplos de que la incomunicación y la incomprensión no son producto de la falta de medios, sino meras consecuencias.

Comprendemos utilizando la mente y a través de la idea, pero ¿es nuestra mente capaz de generar una convivencia pacífica? ¿Es la idea y el pensador capaz de evitar el conflicto que genera? ¿Puede la mente generar el entendimiento que ella misma destruye al concebir la idea?
La destrucción que genera el pensamiento es evidente: una clara noción de lo que es la buena pintura puede destruir la obra de un pintor. Una visión de Dios puede generar la guerra contra infieles y herejes. Un convencimiento de cómo debe actuar la mujer, acaba discriminando a las mujeres que se cubren la cabeza con un velo, pero no a las que se cubre en culo con una falda.

Pero ¿qué entiendes de todo esto?

One Response so far.

  1. Gracias por dejar comentarios, ahora, por favor que los comentarios tengan alguna relación con el artículo. "Incomunicación y cultura" no es una plataforma libre desde la cual uno puede lanzar ataques personales.
    Como escritor, escribo y comunico pero Ud. tiene derecho a no leerme.