¡Viva el porno!


...y el unísono grito dice: "¡Viva!" Aunque a sus detractores les cueste creerlo, la pornografía ha cambiado y marcado el ritmo de la sexualidad. Desde el paleolítico, la Humanidad ha representado los actos sexuales, y aunque griegos y romanos no conocieran este término lleno de desdén -“porne”, palabra procedente del griego significa “postituta”- sus representaciones pornográficas han superado siglos de censura hasta llegar a nuestras manos.

La pornografía es tan inherente a la humanidad como el sexo mismo, y es igual de saludable. Hay muchas razones por las cuales los seres humanos podemos sentirnos orgullosos de crearla y recrearla, y algunas otras por las cuales nuestra sociedad ha decidido condenarla al ámbito privado. Es, sin lugar a dudas, un espejo de la compleja sexualidad humana.
Así vemos que, a la hora de valorar los aspectos más negativos del género, podemos destacar en un primer lugar que el porno actual es una industria. Y como toda industria que se sirva de seres humanos, siempre existe el riesgo de explotación de sus trabajadores. En el caso del porno, esta explotación parece ser más seria, porque esta fuertemente vinculada a nuestros valores morales y éticos.
Muchos obreros que pertenecen a otras industrias pueden sentirse igualmente infravalorados y explotados, denigrados a la condición de objetos. Pero que el elemento de trabajo de actor porno sea el cuerpo para su uso sexual, ha acabado por representar una gran diferencia, al punto que muchos países prohíben y encarcelan a quienes consuman o produzcan porno.

La razón de esta persecución es que seguimos vinculando -para bien o para mal- la sexualidad con la emotividad, la privacidad y la reproducción. Es por eso que los estudios que condenan la pornografía se enfocan en estos tres elementos para realizar sus estudios.
La industria del porno produce grandísimos beneficios e Internet ha resultado ser el gran canal que permitió la difusión y el consumo anónimo del porno. Aún a riesgo de que esta “democratización del sexo” produzca una banalización del acto sexual, el consumo de pornografía resulta positivo en varios aspectos.
Para comenzar, el porno -entendiendo al género en su amplitud desde el erotismo de las series de TV hasta el hardcore- es absolutamente didáctico. El cuerpo deja de ser ese gran secreto por lo que la vagina, los testículos o el pene, la estructura y función de los órganos sexuales deja de ser un misterio a resolver en la primera noche de casados para tener formas reconocibles y recuperar así el lugar que durante décadas ha abandonado: su naturalidad y normalidad.

El porno también es el universo en el que todo se puede, la fantasía se encarna y cobra vida, lo cual ha incitado a hombres y mujeres abandonar la posición del misionero para atreverse a hacer aquella otra postura que resulta tan atractiva a la vista y el tacto.
El porno gay, sin ir más lejos, ha ayudado a incontables hombres y mujeres a darle rienda suelta a su propio impulso sexual de una forma placentera, transformando el condenado sexo anal en una experiencia maravillosa.

Lo bueno del género es precisamente su enorme producción. Muchos se quejan de que en el porno sólo se ven penes enormes, bíceps de hierro y pechos de silicona pero hay porno para todos los gustos, y aún en esto, la industria permite ver el ideal de mujer y de hombre que despierta el deseo de miles de consumidores. Quienes prefieran algo más que ver a Ken y Barbie en acción, sólo tienen que seguir buscando. Y este es precisamente uno de los grandes placeres del porno: encuentrar el tuyo, aquel que te lleva al orgasmo instantáneamente.

Aún así, hay que admitir que la pornografía no ha calado en ambos géneros por igual. Los científicos explican esto alegando que la sexualidad femenina explota aspectos más verbales que visuales, mientras que a los hombres el sexo les entra por los ojos. Y el porno actual es, generalmente, todo ojos. La inmensa mayoría de films tienen unos diálogos absurdos y los actores no son precisamente buenos intérpretes. Esta carencia de buen oído ha ido en detrimento de las consumidoras, aunque más de una vecina admite en privado que aprendió a gemir -y a fingir orgasmos- gracias al porno. Por fortuna, actualmente la industria está explotando un porno “para ellas” y muchos directores están explorando un nuevo porno de trama y actores, pero eso no es “buen porno”.

La buena pornografía, a mi humilde entender, tiene una premisa básica: es un acto sexual directo consentido, efectuado sin miramientos, entre adultos. Claro que es difícil saber la edad de los actores y la naturaleza del sexo, pero mi sentido común me fuerza a condenar de los videos donde aparezcan menores, impúberes, ex-novias o animales.
El límite del porno lo pone un clic y el autocontrol es cosa de adultos, tanto como el sexo.
Una última bondad del género que resultará cuantitativamente asombrosa: las películas y fotos porno, además de su función didáctica y representativa, pueden ahorrar desgracias a sus consumidores. Esto es así porque mucha gente prefiere, esta noche de viernes, masturbarse haciendo uso de una buena película porno en lugar de buscar una relación sexual para satisfacer cada impulso sexual. Lógicamente el Vaticano no contempla este hecho, pero el porno mil veces más accesible que el cuerpo de otro para miles de mortales. Y, a dios gracias, siempre acaba en el preciso momento en el que lo haces tú.