Spencer y McCann


07/10/2007
Al encender la televisión o al ojear las portadas de la prensa, puede que caigas en el error de creer que Diana Spencer acaba de morir, pero Lady Di ha muerto hace más de diez años. Sin embargo, todos nosotros, así como no pudimos evitar esa muerte, tampoco hemos conseguido que la misma no se transforme en un triste espectáculo.
Si pudiésemos contabilizar el esfuerzo que ese show supone podríamos tener una pista de cuantas horas, cuantas veces, cuantos miles de periodistas, han repetido durante esta semana los mismos nombres, las mismas imágenes frente a las cámaras de televisión.
Son muchos euros, muchos intereses en juego, peleándose por la última foto de la princesa, buscando su rostro dos segundos antes del choque en el Túnel del Alma.
¿Por qué la muerte de Diana Spencer suscita fascinación? Si hay alguien o varios responsables de una muerte, es la Justicia quien debe obrar, no la prensa. Pero es evidente que hoy la “Dianamanía” está muerta, y lo que sobrevive es un morbo malsano, patológico y enfermizo que campa a sus anchas. Está en los curiosos ojos, en los ávidos dedos que cogen el periódico, en nuestra mente.

Cuando la muerte se transforma en un espectáculo, los consumidores perdemos la conciencia del dolor del otro y, enajenados, percibimos la escena en sí con secreta admiración. Tener conciencia de la muerte nos impulsa a obrar de este modo. Viendo mártires en el anfiteatro romano.
No se trata entonces de “hacer justicia” ni de informar, sino de satisfacer una primitiva demanda que se comporta como un agujero sin fondo y que, en el peor de los casos, se retroalimenta. ¿Hasta cuando? ¿Cuándo se saciará en hambre que engulle cada detalle sobre la muerte de Diana de Gales? ¿Es necesario publicar las fotos más escabrosas, su cadáver y la última expresión de su rostro para satisfacer esta demanda?

El dilema es pura y exclusivamente moral. Pero hay una evidencia clara, el Coliseo ha trasladado su función a la pantalla chica y puedes verlo plácidamente sentado en tu sofá. Sólo en eso hemos evolucionado desde la Antigüedad, porque, exceptuando las formas, el espectáculo, conceptualmente, sigue siendo el mismo.

Madeline McCann no desapareció anoche, aunque la noticia de última hora se repita semana tras semana. No se sabe si está viva o muerta, pero cada gota de sangre que se ha secado en la alfombra causa conmoción en la opinión pública y acalora los debates. La gente sueña con ella, con la niña de la mancha en el iris, los productores admiten que no habrá paz hasta que se la encuentre, viva o muerta. Esto es así porque no es la vida de esa niña lo que realmente le importa a la opinión pública. Estadísticamente más de 500 niños desaparecen anualmente en Europa. Lo único que el público ansía es conocer todos los detalles de su muerte -dónde, quién, cómo y cuando- y si los mismos inculpan a sus padres. La historia de los McCann ha dejado de ser una tragedia familiar para ser un espectáculo que ha incluido al Vaticano y a Beckham por igual.

Al menos Madeline McCann no fue, en vida, víctima de la oscura vorágine de los medios de comunicación, del hambre del consumidor. Diana Spancer no tuvo tanta suerte. Aunque los periodistas no se corten un pelo, nadie debe recortar la libertad de prensa. La única solución es educar al ciudadano a rechazar el panem et circenses. En el mismo momento en el que adquirimos a las primeras Marilyns del siglo XXI, sabemos que no serán las últimas.